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Palabra de honor - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Palabra de honor

         Hace algunos años leí un delicioso libro llamado La Balada del Abuelo Palancas en el que el entrañable poeta Félix Grande hace un recorrido atávico por la historia de su familia, con su abuelo como personaje central. Palancas es un ser admirable, iletrado pero cargado del sentido común y la sabiduría ancestral que la vida otorga a las personas avezadas y reflexivas. Precisamente porque aconsejo fervientemente su lectura, no voy a contaros casi nada ni a desentrañar sus entresijos, pero permitidme una anécdota que sirve para introducir el tema que nos ocupa.

       El abuelo Palancas, que era famoso por su desmesurada fortaleza física, no había sido jamás vencido en un pulso típico en su tierra. Consistía en aferrar un hierro con ambas manos, sentados en el suelo frente a frente, acuchillándose los contendientes con los ojos y empleando la fuerza de todos sus músculos para conseguir levantar al contrario. Procedente de un pueblo vecino, llegó a Tomelloso un hombretón para batirse el cobre con el invicto Palancas, se sentaron ambos tras los iniciales parabienes e intercambios de saludos y el descomunal rival aferró el hierro con una sola mano e infinita altanería. Ante tamaña ostentación, Palancas soltó la barra, se levantó desdeñoso y se marchó despacio sin pronunciar palabra. Tras comprender la falta de respeto en la que había incurrido, el hombretón partió para su pueblo y se encerró en su casa para dejarse morir, cayendo en un terrible estado de depresión. Semanas después, al conocer Palancas las consecuencias del fallido pulso, emprendió el camino para ver a su rival. Un solo apretón de manos, una mirada franca y un abrazo sirvieron para devolver al hombretón a la vida. Según cuenta Félix, cuando años después la muerte vino a buscar a su abuelo, en el entierro había un viejo fornido -alto y corpulento- a quien las copiosas lágrimas no dejaban ver el mundo.

       Fue el propio autor quien me habló del libro cuando lo conocí a finales de los noventa. Félix, cuya voz profunda y sosegada transmite confianza y la certeza de que la belleza absoluta existe, es persona afable y cercana, lejos siempre del endiosamiento presumible en un insigne poeta. Le confiere su venerable cabellera de nieve la imagen de hombre sabio, mas sus ojos dicen que aún está en el camino y aprendiendo.

      El abuelo Palancas significa para mí la generosidad, la sensatez y la inteligencia, producto de aquella época en que la mayoría de las personas no tenían apenas sino a sí mismas. No creo que nadie lo oyera jamás pronunciar la palabra “honor”, pero estoy convencido de que si te estrechaba la mano, con su palabra empeñaba la vida. No digo que todas las personas de antaño fueran así, por supuesto, pero parece que hay cosas importantes que han pasado de moda. ¿Creéis que hoy una persona que hubiera cometido un acto como el del hombretón habría sufrido una depresión como la suya?

        Como ya he mencionado en alguna ocasión, me gusta ser persona pasada de moda –decadente me han llamado alguna vez-  y creo en algunos conceptos desgraciadamente obsoletos. No me gusta, sin embargo, hablar de “honor”; me parece vocablo hueco de tan manido y utilizado torticeramente. (¿No es palabra arraigada en el mundo militar? ¿No dicen incluso que Pujol es honorable?).

         Recelo de la palabra pero creo en el concepto si lo asocio al de “buen nombre”. Creo en la palabra dada o el apretón de manos como únicos símbolos necesarios para confiar en el otro; y si alguna vez no pudiera cumplir –cosa que en el alma me dolería-, no tendría reparos en disculparme y explicar por qué, pero nunca me oiréis decir que no lo prometí o no lo dije, si así fue.

       Busco la bonhomía por encima de todo, me interesa la gente más dispuesta a dar que a recibir, la que con más ahínco desea el bien ajeno que el beneficio propio, aquella en cuya palabra se puede confiar, porque, pienso yo, la hombría de bien es el mayor bien que puede atesorar un hombre. Al mezquino sólo el camino de vuelta le concedo.

     Las sociedades modernas se basan en la confianza: llevamos a nuestros hijos al colegio porque confiamos en que lo van a hacer bien, compramos algo porque sabemos que va a funcionar o nos lo van a descambiar… y, sin embargo, necesitamos firmar contratos para cualquier cosa. Si no hay contrato escrito, parece que tampoco existe la necesidad de cumplir lo prometido, si no hay un papel por el cual un juez pueda mediar en la disputa. Pues bien, conmigo los contratos no son necesarios, no mi rúbrica plasmada en un papel, porque ni digo Diego donde dije digo, ni mi palabra se la lleva el viento.

Fernando Rivero

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antonio jiménez 04/07/2013 09:32

Ese respeto a la palabra dada ha sido siempre mi código. No podría asegurar que haya podido cumplirlo siempre. Así lo aprendí en ls época en que uno aprende los códigos que regulan las relaciones con los otros. También me ha bastado la palabra del otro para aceptar los compromisos. En las relaciones personales casi siempre funcionó en honor a la verdad. En las comerciales sabemos que sería una estupidez porque no se respeta ni el contrato escrito. Y hay una palabra en la que ya no podemos confiar, la de quienes asumen compromisos durante la campaña electoral. En resumen, si el abuelo Palanca se comprometía algo, se dejaría la vida en el empeño de cumplirlo. Si el abuelo Palanca se hubiera predentado como candidato a presidente de gobierno por el PP,Merkel lo habrìa tenido más difícil para imponernos sus inhumanas condiciones.

Fernando Rivero 04/07/2013 09:39

Cierto, pero el Abuelo Palancas era demasiado íntegro. No creo que este militante socialista hubiera durado mucho en política.