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Matrimonio - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Matrimonio

       Tanto desde el punto de vista de los sentimientos, como de las relaciones humanas, el Amor es el concepto en el que más incisiva y tozudamente han tratado de inmiscuirse el Estado y el Poder, para institucionalizarlo y a la vez reprimirlo, para hacer, en definitiva, a los individuos menos libres. Dado en libertad, y no me refiero exclusivamente al carnal, es el sentimiento que hace a las personas más libres y generosas, menos sujetas al Estado. Éste ha hecho lo que suele hacer con todos los sentimientos libertarios: institucionalizarlo, domesticarlo y, al fin, destruirlo, asignando papeles que alienen a los amantes. Ése es el fin primero y último del Matrimonio: poner nuevos yugos y grilletes a las personas. ¿Cómo se va a permitir que la gente haga lo que le venga en gana, que ame a quien quiera? La Iglesia ha desempeñado desde siempre un papel fundamental en esto de encerrar el Amor en una jaula, aun cuando sea de oro, labor más que como expendedora de permisos para amar, como proclamadora de leyes morales que estrechen y dirijan en línea recta la senda del Amor, de la que nadie se debe salir. Y para esas ovejas descarriadas que deciden abandonar el redil ha usado secularmente a las encarriladas, que apuntan a los proscritos con su dedo acusador, sin darse cuenta de que lo que han hecho con ellas es limitar su libertad, dinamitándola con cargas de profundidad que aniquilan su esencia. De hecho, cuando un hombre o una pareja no se casan a su debido tiempo se les recrimina más o menos cariñosamente con frases como “a ver cuándo sientas (o sentáis) la cabeza”, que es lo mismo que decir “a ver cuándo agachas (o agacháis) la cerviz para que se os pueda poner el yugo”. Si es una mujer la que, por la razón que sea, no pasa por el altar (o por el juzgado, que viene a ser lo mismo a estos efectos), se le tiene conmiseración pues se va a quedar para vestir santos, es decir, va a quedar fuera de la seguridad del matrimonio, pues es el hombre el responsable de la misma, y se le va a pasar el arroz, lo cual significa que no va a tener hijos, que, eso nos han enseñado, es su razón de ser, el único motivo por el que se la necesita en el mundo. Creo, aunque esto del feminismo es motivo para otro artículo, que la meta de las mujeres no ha de ser destruir nuestra lengua, como ahora se pretende, sino exigir su derecho a la igualdad, acabar con la inequidad en sus relaciones personales y laborales y, sobre todo, reivindicar su derecho a ser personas individuales y completas.

       Nos echamos las manos a la cabeza cuando oímos hablar de matrimonios de conveniencia, personas que se casan para unir fortunas o apellidos. Pero, ¿no es el dinero o el interés económico en general la mejor razón para casarse? ¿Por amor? Por amor jamás, pues el Matrimonio ha sido concebido precisamente para matar el Amor, descafeinándolo y domesticándolo. Eso lo saben muy bien los ricos, que no se suelen casar sin antes haber firmado un contrato prematrimonial que siente las bases para un buen divorcio. Para amar a alguien no se necesita el permiso del Estado o de la Iglesia, sino simplemente hacerlo. Debe ser un acto libre e individual. Ello no tiene por qué significar que dos personas no pasen la vida juntas, ni siquiera que necesiten algo o a alguien más. Es más, mucho más poderosa es la relación de una pareja, mucho más fuerte el vínculo que la une, si es la propia voluntad y no las necesidades económicas u obligaciones contractuales lo que la mantiene unida. No estoy, por tanto, escribiendo contra la familia, sino contra la obligatoriedad de rendir cuentas al Estado, y mucho más a la Iglesia.

      Pero todo está diseñado para beneficiar a las parejas que se han unido legalmente. A principios de siglo hubo un conato de equiparación (siempre y cuando se inscribieran como parejas de hecho, lo cual es otra forma de pedir permiso o informar al Estado). Sin embargo, los matrimonios siguen teniendo aún grandes ventajas económicas en la declaración de la renta, la pensión de viudedad o la transmisión de patrimonio, lo cual obliga a contraer matrimonio a personas que abjuran de la institución.

       Hasta ahora sólo el colectivo de los homosexuales se había librado del yugo, más por negación de sus derechos que por ansias propias de libertad. Sin embargo, muchos de ellos, demostrando una inquebrantable vocación de redil, han exigido y conseguido que se les abran las puertas de la cerca, que ellos también quieren entrar, decisión que yo entiendo poco y mal, si bien menos entiendo la postura de la derecha y de la Iglesia, tan cercanas ambas al Poder. La situación no puede hallarse más en el centro de la esquizofrenia: los unos, hombres y mujeres libres, pidiendo entrar en el redil; los otros, encargados de domesticar su libre albedrío, cierran las puertas y prohíben su paso, porque donde siembro perales quiero peras y manzanas si manzanos siembro; cualquier otra cosa significa una falta de uniformidad y una variedad inadmisibles. Zapatero, por el contrario, adoptó una actitud más inteligente, no sé si a sabiendas o sin saberlo: promulgando una ley en el fondo reaccionaria, se ha presentado ante los ojos del mundo como un personaje libertario, sólo porque ha concedido a los ciudadanos que no lo tenían el derecho a ser marcados, también ellos, como las reses.

 

Fernando Rivero García

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