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Feminismo - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Feminismo

     Siempre me he sentido a gusto hablando con mujeres. Siempre que el tema me interese, me agradan su conversación y sus puntos de vista. Prefiero, sin embargo, que haya una sola, porque cuando hay dos, me cuesta indecible esfuerzo terciar y paso a un tercer plano. Si tres o más, lo que diga yo importa un bledo y, simplemente, para ellas dejo de existir.

    Me gustan las mujeres que me gustan, aquellas de conversación interesante, ágil y fluida, las que plantean visiones diferentes, mas nunca las que tienden a caer en lugares comunes. Me pasa lo mismo con los hombres, pues de fútbol yo no hablo, al menos si es el tema estrella. Yo no sé de diferencias entre hombres y mujeres; me importa, más bien, si es interesante o insufrible aquel o aquella que tengo enfrente.

       Criado en una casa en la que la equidad era la tónica, con una mujer, una madre y una hermana profesoras, acostumbrado a relacionarme con muchas mujeres que son magníficas en su trabajo y como personas, no encuentro ningún motivo en mi vida para el machismo, ni para sentirme superior. Aquellos que se dicen mejores que otros por ser de distinto sexo, raza o condición tratan con ello de esconder su propia vulgaridad, su complejo de inferioridad y su mediocridad desmedida. La excelencia es individual y no algo que el grupo te pueda aportar.

     Creo modestamente que en mi responsabilidad profesional como gestor (trece años al frente de las Jefaturas de Estudios de varios institutos) jamás he distinguido entre hombres y mujeres, maestros y licenciados, interinos y funcionarios… Y eso es así porque yo sólo creo en la profesionalidad, las ganas y el trabajo bien hecho, y con respecto a eso, buenos y malos hay en todos los sectores. La mía es, además, una profesión donde abundan las mujeres y el sexo del docente no condiciona en absoluto su papel dentro del instituto.

     Dicho esto y a pesar de creer que en España han cambiado las cosas desde que en mi adolescencia las niñas estaban obligadas a hacer el sábado, mientras ellos se levantaban tarde o hacían deporte, ellas tenían que llegar a las diez y salían con menos dinero, mientras para ellos la noche comenzaba cuando dejaban a la novia en casa, a pesar del cambio, España sigue siendo un país profundamente machista. La visión que tenemos del mundo se ve condicionada, como es lógico, por lo que nos rodea. Pero hay mucha más gente. Una encuesta que se ha hecho en Andalucía habla de un veinticinco por ciento de respuestas machistas entre los adolescentes, cosas como que el lugar de la mujer es la casa y aberraciones y estupideces semejantes. En los centros públicos los alumnos son educados en la igualdad y si tienen convicciones machistas, las traen de casa o de la propia sociedad. Pero al acceder al mundo laboral, y muchas veces al matrimonio, ellas se dan cuenta de que la vida no es justa. En el sector privado sigue habiendo muchas empresas que pagan y valoran más el trabajo de un hombre que el de una mujer, quedando éstas relegadas a puestos de menor responsabilidad; y las que sí acceden lo hacen adoptando papeles masculinos, tanto en la indumentaria como en la forma de hacer las cosas. Es así porque los cimientos y las estructuras de esta sociedad son machistas.

      Zapatero, antes de que la crisis lo devorara, luchó y abrió caminos en pos de la igualdad, promoviendo leyes a favor de la inserción de las mujeres en el mundo laboral e intentando compatibilizarlo con la vida familiar. Si bien no estuve ni estoy de acuerdo con la obligación de la paridad, entiendo que era el camino para que las mujeres estuvieran en puestos de responsabilidad. Hubo más leyes encaminadas a ello, como la ley contra la violencia de género o la de la dependencia. La primera fue injustamente criticada, porque, siendo verdad que el maltrato tiene dos direcciones, no lo es menos que en la inmensa mayoría de los casos las víctimas son mujeres, así como en prácticamente todos los que acaban en asesinato. Lo que trató de hacer Zapatero no fue sino adelantar el futuro, pues éste es de las mujeres, que son las que estudian más y mejores resultados obtienen en general.

     El PP de Rajoy, sin embargo, está dejándonos bien claro cuál es su punto de vista acerca de este asunto y las está devolviendo al sitio que, según ellos, les corresponde. El alcalde de Valladolid es un buen ejemplo de las viejas formas.

      La visión machista no es algo que se circunscriba a las empresas o a la Política. Desgraciadamente, en el ámbito familiar y en la sociedad hay una base a veces intangible que condiciona nuestra visión del mundo. Si por circunstancias laborales de su mujer un hombre debe encargarse de sus hijos por la tarde, tras toda una mañana trabajando, lo consideramos un buen marido y padre y elevamos el hecho a la categoría de heroicidad; y verdaderamente lo es. El caso contrario, que sucede con mucha frecuencia, lo vemos con una injusta naturalidad, porque a ella se le atribuye automáticamente la responsabilidad de la casa y de los hijos, siendo el trabajo un extra. No es menos heroína ella que él, pero lo apreciamos de muy distinta manera. Es con esta visión tradicional con la que debemos acabar, con ese “estudia cuanto quieras, pero cuando te cases, ya sabes cuál es tu sitio, el lugar secundario que te corresponde en el mundo”. Ésa debe ser la verdadera lucha feminista, la que lleve a las mujeres a ser y sentirse personas completas e independientes que compartan con los hombres todas las responsabilidades con que la vida los abrume y tengan los mismos derechos y oportunidades de progreso que ellos.

 

      Haría a todo lo anteriormente dicho, si me lo permitís, una excepción con el coche. ¿Por qué esa agresividad?, ¿por qué ese “hago lo que me da la gana cuando conduzco?" “Y no digas nada, jodío machista, pero de copiloto no dejo de decir lo que haces mal”. ¿Por qué frenar al final si se ve de lejos que el anciano está cruzando? “Si iba a parar”. “Sí, pero eso lo sabes tú, no él”. ¡Qué necesidad hay de asustar, qué de pegarse tanto al que va delante! ¡Relájate! Y de la relación con la palanca de cambios mejor no hablar. A una amiga mía le costó el matrimonio. Conducía Maite por la ciudad con su marido de copiloto cuando, bien por aversión fálica, bien por excesiva querencia, al meter la primera en un semáforo, se quedó con la palanca de cambios en la mano. Aterrado me contó Juan el dolor que sintió en el bajo vientre cuando aquello vio.  El síndrome del champiñón cercenado lo llevó a salir del coche, correr despavorido hacia su casa y encerrarse en el baño, habitáculo que convertiría en morada. “¡Déjame entrar, cariño; ábreme la puerta, amor!”, imploraba ella con voz melosa. Pero él la imaginaba Escila de pies voraces y se hacía un ovillo en la bañera. Tras varios días, convinieron tener habitaciones separadas, pero los muchos pestillos que lo defendían no lo salvaron de las pesadillas que noche tras noche acudían puntuales y acabó yéndose a tierras más solitarias y seguras.

    Soy consciente de que esta broma ha podido herir sensibilidades; es ahí donde radica una parte del problema. España es un país que ha disfrutado riéndose de sí mismo y afilando el lápiz del humor inteligente. Aletargados, sin embargo, por los aires puritanos que del norte vienen -¡cuánto mal están haciendo!- éste se ha convertido en otro tema tabú; y si bromeas lo más mínimo, serás tildado de machista recalcitrante. Poco me importan a mí las tildes si vienen de personas grises. Yo creo en la gente en la que creo y no me gusta dejarme influir por otras diferencias. Por eso digo lo que pienso, evitando en todo momento la corrección política y el lenguaje co-educado; y si ofendo al puritano, me apunto un tanto. En la lucha por la verdadera igualdad entre hombres y mujeres me encontraréis, en el trato al ser humano como tal, pero jamás en la negación del hombre, en el nuevo puritanismo ni en la destrucción de mi lengua. Hay una corriente feminista que está en mis antípodas: aquella que como reacción a siglos de opresión trata de imponer la supremacía de la mujer y anular, cual Amazona, al hombre, despreciando cualquier cosa que de él provenga, lo que denominan cultura falocéntrica. Pues nada, Beethoven, Cervantes y Shakespeare ya se pueden ir a paseo… ¿Qué se gana sustituyendo los testículos por los úteros? La base de esta visión es exactamente la misma que la del machismo: la lucha por la supremacía, un quítate que me ponga yo alejado de la deseable búsqueda de la equidad e igualdad de oportunidades.

 

Fernando Rivero García

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Ana R 05/02/2015 16:11

La verdad es que el tema es complicado y daría para largo, pero me encanta que lo hayas sacado. Yo no hablaría tanto de "machismo" como de "opresión a la mujer", y ese término engloba todas los ámbitos de la vida de una mujer en la que se dan condiciones de desigualdad, que son casi todos, públicos o privados (político, laboral, doméstico, sexual...) Encontrar el origen de esta opresión no es tarea fácil (justo ahora estoy empezando a leer "El segundo sexo" de Simon de Beauvoir e intuyo que va en esa línea), pero de ello depende en gran medida intentar solucionarla.
Creo que no es suficiente, aunque sí necesario, que en los insitutos se enseñe a respetar al otro como igual (es alarmante el aumento de machismo entre los más jóvenes y el control a través de las nuevas tecnologías), si el sistema continua ejerciendo una opresión estructural. Lo que sí está claro es que, desde este punto de vista, el hombre es tan víctima de la opresión a la mujer como ella misma, ya que, aunque pueda parecer que se beneficia como ser humano, también a él le ha tocado jugar el papel de hombre, el contrario, al que también les están vedados los papeles del otro. No creo que alguien sea más feliz teniendo al lado a una persona que no lo es. Y todo esto conforma un sistema que sólo beneficia a unos pocos y que sólo se puede romper desde la lucha conjunta. Ayer mismo fue 1 de Mayo, momento para darse cuenta de que luchar por los derechos de los trabajadores pasa obligatoriamente por luchar por las desigualdades de la mujer en el ámbito laboral, que son la mitad de la clase trabajadora. Pocos lemas se gritaron en este sentido.
Respecto a lo de la conducción, ¡totalmente de acuerdo!, debería incluirse, si no se ha hecho ya, entre las causas de divorcio, pero creo que el problema no es que conduzca una mujer, sino que los hombres se mueren de miedo si no son ellos los que están conduciendo. ¿Tendrá esto su origen en las carreras de Mamuts?
¡El primer párrafo es toda una realidad! También dependiendo de las mujeres y el tema de conversación, claro, que tiende, en estos casos, a girar en torno a nosotras. Me han llamado la atención sobre esto en algunas ocasiones y pensé que era sólo cosa mía. Puede que sea por la necesidad de espacios de encuentro e intercambio de experiencias, que falta nos hace a todos.

Bes@s...

Fernando Rivero 05/08/2015 00:35

Hola Ana. Perdona pero hasta ahora no he visto tu comentario. Estoy de acuerdo con todo lo que dices. Creo que habría que hacer cambios estructurales en la sociedad y no sé si por ahí van los tiros. Me temo que no.

Héctor Lorenzo 04/29/2015 14:00

No puedo estár más de acuerdo y en mayor sintonía con tu opinión, permítaseme parafrasear al gran Gabriel García Márquez..."Yo diría que el machismo, tanto en los hombres como en las mujeres, no es más que la usurpación del derecho ajeno. Así de simple."

Fernando Rivero 04/30/2015 12:21

Bueno. El dinero también ha influido un poco.

Héctor Lorenzo 04/30/2015 09:17

Los complejos y los miedos a los distinto, han provocado la mayoría de las guerras en este mundo.

Fernando Rivero 04/30/2015 00:17

¡Cómo me gusta leerte por aquí, Canario! Los machistas, xenófobos, racistas, homófobos... no son más que acomplejados que temen que el distintos venga a acabar con el lugar en el mundo que no les corresponde.