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El dedo acusador - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

El dedo acusador

     No me avergüenzo de ser blanco, ni payo, ni heterosexual, ni español. Bueno, tampoco diré que estoy orgulloso de ello. Simplemente nací así. Hay racistas, pero ésa no es mi condición; machistas, pero yo no fui educado en eso; homófobos, pero yo no otorgo importancia a los gustos sexuales; xenófobos, pero yo no menosprecio a los que vienen de otros lares. Ése no soy yo.

     No pertenezco a ninguna minoría, no he sufrido persecución, ni escarnio, ni vejaciones; nunca me he sentido infravalorado por mi sexo, el color de mi piel o por mi cuna. Y aun así, no me siento culpable de actos y pensamientos que tienen otros protagonistas. En mi ámbito de acción los combato con energía, no sólo sancionando, sino también educando. Siempre he pensado que uno es responsable de sus actos y de aquellos que de algún modo apoya o cubre con tupido velo; y nada más. Sin embargo, hay personas ávidas de reprocharte tu propia condición. Se equivocan porque ése no soy yo.

    Si no me siento responsable del genocidio de América porque mi antepasado Pedro de Alvarado fuera un codicioso sanguinario, ni culpable de que mi tatarabuelo Diego de León, que pertenecía al ala más reaccionaria de su tiempo, conspirara para secuestrar a Isabel II, cosas éstas que, aunque lejanas, de alguna manera me atañen, menos culpable me sentiré de que algún malnacido viole a una mujer, veje a un homosexual, desprecie a alguien por su raza o agreda a un inmigrante. Ése no soy yo.

    Es cierto que la vida es mucho más fácil en el lado de la mayoría, en el bien visto, y no lo es menos que debemos un profundo respeto, no por voluntad, sino por obligación moral como personas, a quienes no están en ese sitio. Y no sólo respeto, sino que es necesario, y diría que imperativo, adoptar una actitud beligerante contra los que los ataquen impunemente, sean animales individuales o Estados xenófobos, homófobos, racistas o machistas. Pero estoy cansado de tener que estar midiendo las palabras (aunque no lo hago), de que por ser payo o blanco se me presuponga racista, machista por ser hombre, xenófobo por vivir en mi tierra u homófobo por ser heterosexual. Ése no soy yo.

     Si he de ser sincero, yo no soy nada. No tengo conciencia de ser payo si no es a ojos de un gitano, me gusta sentirme más persona que hombre y pocas palabras me parecen tan huecas como “heterosexual”. Prefiero pensar que soy simplemente un ser humano, ni más ni menos; si alguna vez tengo conciencia de lo que soy es para avergonzarme de que un español haya humillado a un inmigrante, un hombre haya maltratado a una mujer o se haya insultado o vejado a un homosexual. Los puritanos, que en todas partes hay –sobre todo en estos tiempos-, buscan esa debilidad tuya en esa frase que te desenmascara y deja ver la bestia que llevas dentro y tratas de ocultar. Deben de sentirse felices cuando atrapan a uno, mas yerran porque, por mucho que lo deseen, ése no soy yo.

  Las personas disfrutamos encasillando a nuestros congéneres, señalándolos con el dedo acusador y marcándolos con esas etiquetas que nos hacen sentir seguros, dueños del espacio, eres un racista, y yo no. También nos gusta situarnos en el lado del bien, el reconocido como bueno por la sociedad, y no escatimamos medios para conseguirlo. Recuerdo la Santa Compaña (así los llamé) hace veinte años, un grupo tumultuoso que recorría las calles de la localidad, amenazando a yonquis y camellos de poca monta para que se marcharan. Los buscaban por todos los bares del pueblo –¿qué importa cuál?- y calva pintaban la ocasión para tomarse dos o tres pelotazos un lunes por la noche. Bonita excusa, me dije, para ponerte tibio entre semana. Lo que me pareció más curioso de esa banda de ciudadanos decentes era que entre ellos había no pocos que se solían poner hasta las orejas, otros que acostumbraban a enseñar a sus mujeres quién mandaba en casa con puño recio y cerrado y alguno que otro con alma fascista que osaba pedir la documentación a los desconocidos; pero todos estaban del lado del bien, porque ellos yonquis no eran. Años después supe que el Campaño Mayor, el organizador de las pararredadas, era al mismo tiempo y sin que nadie lo supiera el camello mayor del reino. ¡Qué bonito debe de ser sentirse en el lado del bien y poder así juzgar libremente a los demás! De ese modo, las faltas propias, esas pequeñeces, no serán juzgadas con severidad ni mancharán tu decencia impoluta.

      Encasillamos al prójimo y le cae un completo. Si vemos a un tipo con cara, indumentaria y ademanes de pijo, lo prejuzgamos facha, machista, ultracatólico, represor… y nos sentimos decepcionados si sus palabras y actos no siguen la línea que hemos dibujado para él, como si se tratara de un personaje creado por nosotros y no fuera coherente con su papel, como si sus pensamientos, más que de él mismo, dependieran de lo que esperáramos de él. Estoy convencido de que algunos de los artículos de este blog han podido resultar más conservadores de lo esperado, lectores que tienen claro de antemano, por los artículos leídos, cuál es mi línea y qué pienso de cada asunto concreto. Siento resultar a veces una decepción, pero no tengo un pensamiento monolítico que camina en una sola dirección. Eso es lo que se estila en este país y, por tanto, yo no lo hago. Una de las razones por las que nunca he sentido la tentación de entrar en un partido político ha sido precisamente que ello condicionaría mi manera de pensar, debiendo asumir, defender y promocionar las ideas de otros.

    No somos personajes planos de una mala novela, sino personas cuyas experiencias y reflexiones nos han llevado a pensar y sentir con criterio propio, y nadie debe dibujarnos el camino, nadie clasificarnos y prejuzgarnos, porque nada hay más injusto que un juicio previo sin derecho a réplica.

Fernando Rivero García

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Antonio Jiménez 05/16/2015 08:37

Lo del rapto de Isabel II no me parece una inicciativa tan reprobable, mira tú!

Fernando Rivero 05/16/2015 09:50

Depende de donde viniesen las críticas y él pertenecía al ala reaccionaria.