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Días contados - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Días contados

        Cuando perdemos a una de esas personas sin cuya presencia la vida se nos hace insoportable –tupido velo negro que todas las cosas cubre, suelo que abandona nuestros pies y nos deja en caída libre a merced de la nada, frío que hiela el alma-, nos damos cuenta de la necesidad que de perdurar tiene el ser humano, de trascender, de proyectarse una vez que se ha ido. No es sólo la necesidad de permanencia, de seguir viendo el sol cada mañana y saber de tus hijos, de tu gente, de seguir sorprendiéndonos con el estruendo de la garganta, con las pequeñas y grandes cosas… Es también afán por aferrarnos a aquel que parte, ese que ha sido tu suelo y tu cielo, el que hacía más fácil tu respiración sólo porque sabías que respiraba, el que estaba ahí. Aunque seas ateo –no sé muy bien qué es eso del agnosticismo, un no creo, pero por si acaso-, aun cuando sigas creyendo que Dios es la gran invención universal, el mayor invento de todos los tiempos, cuando desaparece aquel a quien quieres, necesitas creer en los fantasmas, sentir que una voz etérea te viene a susurrar en el oído, que una mano incorpórea se acerca y te acaricia la mejilla, como diciendo “sigo aquí; no te preocupes”.

       Sin embargo, no hay nada racional que mueva a creer en un Ser Supremo, sino ese mero instinto de supervivencia. Éste es el que ha permitido a los animales sortear los peligros que la vida les regala. Nosotros, seres con raciocinio y ambición, más que a la vida, buscamos sobrevivir a la propia muerte y así nos imaginamos una vida más allá de ésta.

        Sé que me estoy metiendo en camisa de once varas, que sobre este tema personas infinitamente más sesudas que yo ya han reflexionado y llegado a conclusiones que difieren de la mía. Pero qué le voy a hacer si disfruto metiéndome en los charcos. Yo creo que el sentimiento religioso nació cuando el primer ser racional tuvo conciencia de la muerte. La frase “tiene que haber algo más” es la que ha debido de impulsar ese sentimiento desde tiempos remotos. Algo así como la fiesta no puede haberse acabado tan pronto o no puede irse para siempre quien hasta hoy conmigo estaba. Ese afán de proyección universal es el que nos hace concebir una vida más allá de la vida, explicada y detallada por cada religión a su manera, pero con una base común a todas ellas: la posibilidad de alargar la vida eternamente. ¿Habrá alguna religión que no prometa la vida eterna, un más allá idílico para aquellos que lo merecen? Yo no apostaría por ella, desde luego.

        Es el vértigo a la nada, a la desaparición total, abstracción imposible de concebir, pues desde que nacemos siempre ha habido algo. No podemos entender lo que no conocemos ni imaginamos. Ese sentimiento de miedo que nos impele a aferrarnos a cualquier cosa ha sido desde tiempo inmemorial aprovechado por el Poder, que ha sabido sacar partido en todas las épocas y latitudes, porque no hay mayor sumisión que aquella propiciada por el miedo. Ése es el germen de las religiones, que, digan lo que digan, más que el crecimiento y el florecimiento del alma, buscan su subyugación.

         Es más fácil creer en otra vida que no creer, más llevaderos ciertos trances. Es doloroso pensar que no habrá nada más cuando el telón se eche y la función termine, pero al mismo tiempo es pensamiento que impulsa a vivir la vida aquí y ahora, a disfrutar y hacer disfrutar a quienes contigo comparten la suya. No creo que para nosotros haya algo distinto de lo que la muerte depara a un perro, una hormiga o una encina. Sólo una vida que termina. La única diferencia es que nosotros tenemos la capacidad de imaginar, de inventar un más allá que nos reconforte.

       Para mí todos morimos dos veces. La primera muerte es concreta y fechable, el instante en que tu corazón deja de latir y tu cuerpo te abandona. Pero no es aún momento de partir, pues te quedas en concepto alimentando la sangre de aquellos que te quieren y comienzas a formar parte de sus pensamientos y anhelos, de sus recuerdos y añoranzas. Aunque no estés, sigues estando. La segunda muerte es menos dramática y más confusa y borrosa, tan dilatada en el tiempo que no es posible decir cuándo sucedió. Cuando ya nadie te recuerde, cuando tu imagen en la comisura de ningún labio dibuje una leve sonrisa, cuando nadie te pida ya silencioso consejo, habrás partido para siempre y habitarás las sombras del olvido.

           Por eso no permito que se vayan aquellos a quienes quise, por eso los recuerdo y los añoro, por eso los atrapo y me los guardo, por eso hablo de ellos, porque mientras los mantenga dentro de mí, mientras consiga transmitirlos y buscarles acomodo en otras almas, mientras yo viva, ellos seguirán vivos. El enemigo del hombre no es la muerte: es el olvido.

 

Fernando Rivero García

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Héctor Lorenzo 05/08/2015 11:22

No sé cuando puede durar el rastro de una persona que se ha ido para siempre, lo que sí sé, es lo hondo que calan su recuerdos y sus enseñanzas. En cuanto a lo de dar continuidad a lo que se tiene que acabar algún día...no conozco más cielo que el suelo que piso, ni más paraiso terrenal que ver a los míos cada día.

El Canario.

Fernando Rivero 05/07/2015 13:11

También tú pareces estar hablando desde mañana.

Luis 05/07/2015 13:35

¿Esto es un blog o una máquina del tiempo?

Manuel Rivero 05/07/2015 10:15

El olvido no es ningún enemigo de nadie.

Luis 05/07/2015 13:06

Veo que tengo que daros la razón a ambos, porque efectivamente el olvido es una bendición para la vida, pero el recuerdo de lo querido y perdido nos alimenta y regala, al menos como personitas.
En todo caso, felicito a Nando por un texto sin duda emocionante (otro más), y no me atrevo a discutir contigo, Manolo, porque veo que hablas con una perspectiva que yo no alcanzo, ya que, al menos según mi ordenador, escribes desde el futuro (el cinco de julio volveremos a hablar de esto, si no has seguido llevándonos la delantera).