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Turistas y viajeros - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Turistas y viajeros

     Sabia como siempre, nuestra lengua alberga palabras diferentes para referirse a conceptos que no son iguales, aunque sea una mínima cosa la que los distinga, incluso el tipo de personas que las utiliza. Todos conocemos vocablos que no vamos a usar jamás por considerarlos demasiado cursis, pijos, peyorativos, vulgares, chabacanos o, simplemente, estúpidos. Por ser de pueblo, yo nunca he hecho ni haré senderismo, pues siempre he preferido patear el campo, no necesito ir vestido de revista Decathlon para pasear por mis bosques de robles, ni gafas adaptables que me eviten el contacto con la importuna mosca que allí habita y gusta de beber de los humanos ojos. Pero está bien que existan los senderistas, para saber con quién no deseo salir al campo.

     Me exaspera hasta lo indecible el uso desmedido que hacemos del verbo hacer. Hacemos senderismo, trekking, rafting, footing, ala delta, zapping, un lifting… en vez de andar, correr, volar, cambiar de canal o estirarnos el pellejo. Parece que todas las acciones del hombre tienen que estar reguladas y definidas. A la vuelta de un viaje, un día me dijo un amigo que se había hecho Croacia, Bosnia y Serbia -¡Coño, qué nivelazo! ¿Y tú solo te hiciste esos países, con toda la sangre que se ha derramado? Quizá recorrer o visitar sean verbos más apropiados para dicha acción. Esto me recuerda a la Sevilla de la Expo, en la que se instauró una absurda competición colectiva por el número de pabellones visitados. Dígase lo que se diga ahora, era más importante contar qué y, sobre todo, cuántos sitios se habían visto, que lo que uno pudiera aprender en dichas visitas. Y, por supuesto, si, viviendo en Sevilla, decidiste no hacer de la Expo tu meta en la vida, tus convecinos te consideraban un alienígena disfrazado, un impostor sacrílego e incrédulo que no se postraba ante la nueva y efímera diosa.

     Algo parecido sucede con los viajes: importa más decir “yo estuve allí” que el hecho de haber estado. Decidimos ir a Cuba y pasamos cinco días (y cuatro noches) en Varadero en una playa de postal, herméticamente cerrada, inaccesible para el cubano que no trabaja allí sirviéndonos. Nos bañamos en las cristalinas aguas y nos relajamos en las tumbonas mientras bebemos mojitos y daikiris. A la vuelta tenemos la desfachatez de decir que hemos estado en Cuba, que conocemos Cuba (o Santo Domingo, la República Dominicana, Tailandia…), que nos hemos impregnado de esa cultura y sabemos ya cómo son los cubanos porque nos pasamos las noches bailando con unos cuantos.

     Ésa es la diferencia fundamental entre el turista y el viajero: la forma de afrontar el viaje. El viajero busca empaparse de la cotidianeidad de los lugares adonde va, ese día a día que es el referente real de las distintas culturas, si bien es lógico pensar que desee ver aquellas cosas que hacen de ese sitio un lugar especial. Cómo ir a Madrid y no visitar El Prado o extasiarse contemplando la desembocadura del Miño desde el monte Tecla, la Mezquita en Córdoba, etc. Pero, imaginemos que el paquete de visita a Madrid incluye un chocolate con churros en un decorado de la Verbena de la Paloma. ¿Es eso Madrid? El turista busca el cliché, la copita de fino o manzanilla en un tablao flamenco con músicos y bailarines sacados de películas antediluvianas y se lleva la idea de que aquí todos sabemos cantar y bailar y que estamos todo el día con la guitarra y las castañuelas.

     Intentar mimetizarse es también absurdo. Uno lleva escrita su procedencia en la frente; lo malo es que también lleva ahí la palabra dólar y la mayoría de los que se te acercan lo hacen buscando sacarte algo. Eso pasa mucho en La Habana, donde nació toda una casta de arrimados al guiri a los que sólo interesa el trasvase de billetes de un bolsillo a otro, y de ésos poco o nada se puede aprender. No siempre es así, pero si haces un viaje gregario tienes menos oportunidades de conocer a algún lugareño interesante, que si vas solo.

      El turista no viaja, se desplaza, otorga más importancia al destino que al camino y necesita sentirse como en casa allá adonde va, disponer de todas esas cosas a las que está acostumbrado, sentirse en todo momento seguro y arropado por Occidente; muchos, si pudieran, se llevarían sus cuatro paredes con ellos. Yo comparto la idea de viaje que encontramos en Machado, que proponía ir ligero de equipaje. Más que por lo que somos, las personas nos definimos por aquello que la sociedad nos concede. Conocemos a alguien y nos interesamos por su titulación y su profesión, y en ciertos ambientes, la procedencia social y los apellidos son también muy importantes. Nos definimos como arquitectos, comerciales, ganaderos, funcionarios, ingenieros, licenciados en Historia, Biología… Parece que cómo sea uno tiene menor relevancia y, sin embargo, lo que debe importar es si uno es buena o mala persona, envidioso, pusilánime, solidario, mezquino… Cuando uno viaja es bueno que vaya con pocas cosas, materiales o no, no llevar nada, no ser nadie, pues cuanto menos tengas y menos seas en un viaje, más tú mismo serás. Sefarad habla de un individuo que viajó durante todo un año y no aprendió nada porque, según Muñoz Molina, “se llevó entero a sí mismo”. Los viajes son momentos fundamentales para el aprendizaje y enseñan cosas que se clavan en la memoria para siempre. Pero debemos afrontarlos con mucho ojo, mucho oído y poca boca, empapándonos de las cosas que vemos y nos suceden, departiendo con personas que viven, piensan y hablan de forma diferente, olvidándonos de nosotros mismos, de nuestra procedencia, y jamás comparando aquellos lugares con el tuyo propio. ¿Qué más da si la Puerta de Brandenburgo es más o menos bella que la de Alcalá, el Big Ben que la Giralda? Es probable que lo nuestro salga mejor parado, pues no lo vemos con los ojos, sino con el alma, y así poco objetivos podemos ser. Sea como sea, dichas comparaciones son tan estériles como estúpidas, síntoma de que ha viajado poco aquel que las hace.

     Como decía, el viajero vive el viaje desde la partida y no es el destino lo esencial. El turista, por el contrario, está más preocupado por los vídeos que va acumulando, por qué contar a su regreso. Desde mi punto de vista, dichos reportajes, igual que los de la boda, se hacen con voluntad de soledad, para que no vuelvas por su casa, porque, desde luego, si voy a casa de alguien y me embiste con el vídeo, una y no más Santo Tomás, dame al menos una cerveza para digerirlo.

     Como todos, yo también tengo algo de lo que arrepentirme, un pecado oculto bajo la alfombra, yo también padecí una vez de los dolores del turista, pero el peor viaje de mi vida os lo contaré otro día.

Fernando Rivero

 

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manuel 01/10/2013 20:48

Muy bueno Fernando. Me ha gustado mucho y lo he pasado leyéndote una jartá de bien.
Saludos.

diego 01/08/2013 20:51

Bien definidos. Se me han venido a la memoria mi amigo javi "el manager", viajero donde los haya, un madrileño del mundo y de vallecas. Tambien he imaginado a los japoneses con sus camaras, aunque en este sentido cada vez hay mas japoneses por el mundo... Gracias por el ratito que me has hecho pasar leyendote.