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Viaje a Turquía - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Capadocia

Capadocia

     Un señor viaja en un tren de principios de siglo, ensimismado, pensando en su joven esposa que vive el último estadio de una enfermedad definitiva -rota, agónica-, contemplando el paisaje para él muy querido de los campos de Castilla, y ve a la orilla del río un árbol partido por el rayo y corrompido por el tiempo, al cual le ha salido una rama verde. Él lo asocia a sus fúnebres pensamientos y, llenando su pecho de infinita esperanza, escribe un poema esencial, sacado de sus propias entrañas. Muchas veces me digo que si Machado hubiera viajado en el AVE, no habría visto las hormigas, ni la rama, ni el olmo; probablemente ni siquiera el Duero, y nos habríamos quedado sin ese poema fundamental en nuestra literatura. Me pregunto cuántos bellos poemas, cuántos pensamientos trascendentales habitan estériles el mundo de las Musas y nos son hurtados por las prisas, por la velocidad con la que hemos decidido viajar y vivir. Ansiamos tardar diez minutos menos que la vez anterior, con lo cual conseguimos en el mejor de los casos tiempo para una cerveza más y diez minutos más de sofá, en el peor. Consideramos el trayecto del viaje algo tedioso que hay que afrontar si queremos movernos y a nuestros hijos les instalamos DVDs para amenizar su hastío y conseguir que no nos molesten, en vez de enseñarlos a disfrutar de la majestuosidad del vuelo del buitre, el águila, la cigüeña o el milano, de las interminables dehesas de encinas y alcornoques, de los miles de matices marrones de los campos castellanos…

     Mis mejores viajes han sido aquellos que he disfrutado con amigos entrañables, con poco dinero y motos pequeñas y viejas. Con mi Vespa inmemorial he recorrido muchos lugares, dejando que el viento y el sol curtieran mi piel, aceptando el regalo fragante de la jara, el intenso amarillo de la retama, durmiendo al raso y desayunándome con los vinos peleones del lugar.

   A finales de los ochenta, tres amigos recorrimos la Europa meridional buscando Ítaca: un coche viejo, sesenta mil pesetas, un mes y toda una vida por delante. En ese viaje aprendimos a flotar, a vivir entre las brumas del ensueño. Dormíamos en playas de guijarros –mandíbulas desencajadas al amanecer-, buscábamos esos testigos de la historia que llamamos ruinas y todos los días nos sucedían cosas dignas de ser vividas. No se necesita mucho dinero para emprender un viaje memorable, tan sólo ánimo para hacerlo y ganas de aprender. A mis alumnos siempre les aconsejo que viajen con Inter rail, con poco equipaje y mucha ilusión, con la cámara de fotos en la retina del ojo de la memoria.

     Pero, precisamente con uno de los náufragos de Grecia, José María, y mi prima Tere, poco después fui a Turquía en un viaje organizado. Primero y último. Desplazamiento a Estambul en avión y miles de kilómetros en autobús. Los autobuses de los viajes organizados son microcosmos en los que encuentras los diversos tipos sociales. Estaba el inevitable listo, que desde el principio contradijo al guía en todos los datos que éste ofrecía, porque él lo había leído en la Espasa, el personaje más abominable de todos. Estaba, cómo no, el gracioso que gracia no tenía, contador de chistes infumables de los que se reía él más que nadie. Pensaba el buen hombre que ser andaluz te otorga un don especial para el humor. También viajaban tres trotamundos que, por ser scouts, o parecerlo, creían que eran personas de mundo, tres tíos calzonillas que poco habían salido de su Murcia natal. Había un chino cabrón cuya mirada rezumaba casi tanta mala leche como sus actos. Y estábamos nosotros, los disidentes, que nos escapábamos del grupo cada vez que podíamos.

    Poco aprendimos en ese viaje, poco nos dejaron ver fuera de la ruta típica, Ahora la familia se baja en caravanserai, que no era sino un enorme bar con tienda en medio de la nada. Dos horas. Ahora la familia se baja para hacer la foto en Capadocia. Diez minutos. Sólo vimos cosas de interés cuando nos perdíamos del grupo. Ahora la familia ve un espectáculo del baile de los siete velos y nosotros, acordándonos de los tablaos flamencos, nos íbamos a una discoteca lugareña; Ahora la familia hace ruta por Ankara, y nosotros nos perdíamos en el barrio chino de la ciudad. El listo, comandante en jefe de la familia por autoproclamación, vio Turquía a través de un objetivo, nunca con sus propios ojos, ya fuera de vídeo o de fotos. No me habría gustado estar en el pellejo de sus amigos a la vuelta. A veces hacía ambas cosas a la vez, un Rambo de la imagen bien pertrechado de carretes y cintas de vídeo en su cartuchera y en su guerrera, con cámaras en sendas manos sin dejar de disparar. Yo pasé miedo, porque pensé que en una de ésas me alcanzaba un flashazo tonto, una bala perdida… Nadie estaba a salvo de aquel demente, que de nada se enteró, el listo, que no pudo ver, el pobre, con sus propios ojos la magnificencia de la Capadocia, la Mezquita Azul o Santa Sofía después de haber recorrido tantos kilómetros.

     Poco aprendimos, nada memorable que llevarnos al alma en aquel viaje, a excepción de aquella noche fatídica en Estambul, en que dos errores de interpretación nos dieron motivos para recordar el viaje y casi para perder la vida. Fuimos a un bar que encontramos cerca del hotel y al entrar, nos dijeron mirando a Tere de arriba abajo It’s an American bar. Interpretamos erróneamente que era un bar de tipo occidental, pedimos una cerveza y miramos el ambiente. Quizá haya sido la cerveza más rápida de mi vida: arrastramos la mirada mesa por mesa y, viendo cómo las parejas se comían con los ojos y sintiendo el desdén con que nos miraban, llegamos a la rápida pero acertada conclusión de que era un burdel. En esto llegaron los tres trotamundos en calzonillas comiéndose un bocadillo de chopped, acompañados de una de la familia que tenía una belleza rara, de las que no gustan a nadie, y el nerviosismo del camarero se hizo más que evidente. Le preguntamos por algún sitio que estuviera bien y nos respondió, ávido por que nos fuéramos, que el barrio de Taksim era un buen lugar. Paramos un taxi cuyo propietario resultó tener aun más mala leche que el chino cabrón. Me senté delante, Tere y José María detrás, y seguimos conversando. Pronunciamos la palabra tarifa, que debe de ser igual en ambos idiomas, y el iracundo taxista, al reconocerla, interpretó que pensábamos que nos engañaba. Escupiendo su bilis por la boca, ojos inyectados en sangre de ira, y quizá también de coca, vociferando y maldiciendo en su lengua infiel, nos reprochaba, intuíamos, nuestro mal pensar y aceleró con la intrepidez que confiere la demencia. No se paraba en los semáforos, los peatones, temerosos, lo esquivaban in extremis, conductor suicida con tres pasajeros que llevaban más miedo que vergüenza. En el puente del Cuerno de Oro, que une Europa con Asia, de tres o cuatro carriles por sentido, íbamos a ciento y pico por hora por el carril rápido del sentido contrario, los coches apartándose como podían de nuestro taxi, que era la muerte motorizada. Aterrado, yo no hacía más que pisar mi freno imaginario, mientras repetía compulsivamente Slowly, slowly. Cuando a mi prima los nervios la traicionan, se convierten en risa inagotable e irreprimible, Nos vamos a matar decía entre las lágrimas de su carcajada histérica y José María le clavaba el codo en las costillas, Vamos a morir y ésta se descojona, cállate ya, que lo encabronas más. Al final, otra vez en el carril de la derecha después de varios zig zags de montaña rusa, vimos cómo el taxista cabrón dejaba atrás una señal que indicaba Taksim. Se lo hice saber, frenó en seco y dio marcha atrás a toda velocidad en el puente atestado de coches. Llegué a desear que tuviéramos un accidente, para poder salir así del taxi de la muerte. Seguimos nuestro viaje desquiciado y, al volver a dejar atrás otra indicación a Taksim, le ordenamos que parara. No sé por qué paró. No sé por qué le pagamos. Pero así ocurrió y continuamos la ruta a pie. Lo que siguió fue una noche memorable. Taksim es un barrio lleno de bares con música de jazz en directo y el ambiente bohemio que buscábamos, no la ciudad del decorado y el zoco, sino una Estambul real con turcos viviendo su noche y permitiéndonos compartirla con ellos. Y la familia viendo el baile de los siete velos. No quiero viajes organizados, no quiero guías ni grupos con pañuelos verdes, no quiero que me lleven ni me traigan. Cuando viajo, sólo deseo que me dejen en paz, vivir el viaje a mi manera, conocer gente y dejar que la vida me embista, que ya trataré yo de salir vivo y entero.

Fernando Rivero

 

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manuel 01/15/2013 23:52

El viaje es toda una odisea; que apuro, que miedo en el taxi; me has tenido tenso mientras leía tu relato. Lo importante es que veo que te quedas con lo positivo y lo que merece la pena.
Y felicidades por plasmar todas esas emociones con tanta maestría.
Un saludo.