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El tedio - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

El tedio

   Comencé este blog con la intención de hacer una sana y meditada crítica acerca de cuestiones políticas. Sin embargo, me he dado cuenta de que me siento más cómodo al hablar de las personas, si bien es imposible desvincular aquélla de éstas, por la mucha importancia que tienen las decisiones políticas en nuestras propias vidas.

      Llevo ya un tiempo aparcando un tema que me gusta –se me meten los Bárcenas por medio- y ya es hora de coger el toro por los cuernos (tenga o no derecho a la vida). Asunto es éste en el que pocos vais a darme la razón y pensaréis incluso que se me ha ido la cabeza, pero os aseguro que las próximas reflexiones nacen de profundas convicciones.

      Muchos padres de hoy en día, excesivamente preocupados por estar haciendo las cosas bien, dedicamos a nuestros hijos el tiempo que el trabajo nos permite. No voy a plantear como crítica algo que me parece bien, pero en ciertos aspectos esto se está volviendo en su contra. Anhelamos que nuestros hijos sean Einstein, Messi y Falla, todo en uno, y estudiamos con ellos, los llevamos a jugar al fútbol y a clase de música. Hasta ahora todo perfecto, pero, ¿cuándo les dejamos tiempo para ellos?

       En el Londres de los años ochenta yo me dedicaba a cuidar unos niños que tenían todo su tiempo regulado. Llegaron las vacaciones el veintidós de julio y me dije ahora les llegará lo bueno. Pues bien, el día antes su madre me dio el horario semanal con las actividades. Me resultó absolutamente aberrante una de las entradas del martes que decía “de cinco a siete jugar en casa de los tal”, hijos de unos amigos. Eso era todo, nada de pegar patadas a las latas, y yo di gracias al cielo por ser español y tener este sol que nos permitía vivir y criarnos en la calle. Sabremos hacer menos cosas, me dije, pero al menos somos más libres. Ahora tenemos el mismo sol, o más, que antaño, pero hemos adoptado la forma de vida anglosajona hasta los últimos detalles, hasta por fin olvidarnos de quiénes fuimos alguna vez.

      Hemos llenado tanto la vida de nuestros hijos, sus días, que son incapaces de estar solos. Una de las peores cosas que un niño le puede decir a su padre es “me aburro”, cuando el aburrimiento es bueno, enseña a convivir con uno mismo. Nuestros días, desde que nos levantamos antes del alba hasta que nos acostamos, son puro estrés, con horarios de actividades que cumplir y prisas para poder cumplirlos. Legado envenenado, trasladamos a nuestros hijos dicho estrés y una concepción del tiempo regulado que un niño no debe tener.

      Nos dicen “me aburro” y de repente saltan todas las alarmas, “ay, ay, que se aburre, eso no debe ocurrir, a ver si voy a ser un mal padre” y nos tiramos al suelo a jugar con ellos. No nos damos cuenta, sin embargo, de que el aburrimiento los lleva a la reflexión, a la observación y percepción de los hechos que los rodean. No digo que el tedio sea el estado perfecto para un niño, por supuesto, pero sí que necesitan momentos de soledad para meditar acerca de las cosas.

      La actual forma de vida en las ciudades los hace menos autónomos. Vivimos con miedo a ciertos peligros y no queremos dejarlos solos ni un momento. El resultado es que ahora están siempre acompañados, siempre un adulto al lado sacándoles las castañas del fuego y mediando en sus disputas. Si juegan al fútbol, lo harán en un campo de deportes bajo la supervisión de un entrenador, y en el colegio y el instituto, los profesores estamos obligados a vigilar su tiempo de ocio, sus relaciones entre iguales.

      La influencia de los padres en el desarrollo personal de sus hijos es vital, pero también lo son otras relaciones de la vida cotidiana que hoy en día están bastante tuteladas, al menos en las ciudades. Intentamos protegerlos de todo lo que consideramos negativo: la injusticia, las disputas, los agravios y ofensas, el aburrimiento, la soledad, la falta de integración en el grupo… -yo el primero, como padre y como profesor- y, sin embargo, considero que son conceptos que una persona debe conocer y sufrir alguna vez en carne propia para poder luchar contra ellos.

      Ahora se están dando muchos casos de trastornos por hiperactividad. ¿Nos extraña? La mayoría de los niños pasan el tiempo que sus obligaciones les permiten viendo la tele o jugando con los videojuegos, siempre recibiendo información, unos valores en muchas ocasiones poco recomendables, siempre algo de fuera hacia dentro, siempre receptores, en vez de ser ellos los que creen sus propias ideas.

      Me pregunto si el que les regalamos es un tiempo de calidad, tiempo que aprovechamos para enseñarles e inculcarles los valores que nosotros recibimos, aquellos que los llevarán con el tiempo a crear una sociedad más justa y humana. Me temo que no los estamos preparando tanto. Para eso está la escuela.

Fernando Rivero

      Comencé este blog con la intención de hacer una sana y meditada crítica acerca de cuestiones políticas. Sin embargo, me he dado cuenta de que me siento más cómodo al hablar de las personas, si bien es imposible desvincular aquélla de éstas, por la mucha importancia que tienen las decisiones políticas en nuestras propias vidas.

      Llevo ya un tiempo aparcando un tema que me gusta –se me meten los Bárcenas por medio- y ya es hora de coger el toro por los cuernos (tenga o no derecho a la vida). Asunto es éste en el que pocos vais a darme la razón y pensaréis incluso que se me ha ido la cabeza, pero os aseguro que las próximas reflexiones nacen de profundas convicciones.

      Muchos padres de hoy en día, excesivamente preocupados por estar haciendo las cosas bien, dedicamos a nuestros hijos el tiempo que el trabajo nos permite. No voy a plantear como crítica algo que me parece bien, pero en ciertos aspectos esto se está volviendo en su contra. Anhelamos que nuestros hijos sean Einstein, Messi y Falla, todo en uno, y estudiamos con ellos, los llevamos a jugar al fútbol y a clase de música. Hasta ahora todo perfecto, pero, ¿cuándo les dejamos tiempo para ellos?

       En el Londres de los años ochenta yo me dedicaba a cuidar unos niños que tenían todo su tiempo regulado. Llegaron las vacaciones el veintidós de julio y me dije ahora les llegará lo bueno. Pues bien, el día antes su madre me dio el horario semanal con las actividades. Me resultó absolutamente aberrante una de las entradas del martes que decía “de cinco a siete jugar en casa de los tal”, hijos de unos amigos. Eso era todo, nada de pegar patadas a las latas, y yo di gracias al cielo por ser español y tener este sol que nos permitía vivir y criarnos en la calle. Sabremos hacer menos cosas, me dije, pero al menos somos más libres. Ahora tenemos el mismo sol, o más, que antaño, pero hemos adoptado la forma de vida anglosajona hasta los últimos detalles, hasta por fin olvidarnos de quiénes fuimos alguna vez.

      Hemos llenado tanto la vida de nuestros hijos, sus días, que son incapaces de estar solos. Una de las peores cosas que un niño le puede decir a su padre es “me aburro”, cuando el aburrimiento es bueno, enseña a convivir con uno mismo. Nuestros días, desde que nos levantamos antes del alba hasta que nos acostamos, son puro estrés, con horarios de actividades que cumplir y prisas para poder cumplirlos. Legado envenenado, trasladamos a nuestros hijos dicho estrés y una concepción del tiempo regulado que un niño no debe tener.

      Nos dicen “me aburro” y de repente saltan todas las alarmas, “ay, ay, que se aburre, eso no debe ocurrir, a ver si voy a ser un mal padre” y nos tiramos al suelo a jugar con ellos. No nos damos cuenta, sin embargo, de que el aburrimiento los lleva a la reflexión, a la observación y percepción de los hechos que los rodean. No digo que el tedio sea el estado perfecto para un niño, por supuesto, pero sí que necesitan momentos de soledad para meditar acerca de las cosas.

      La actual forma de vida en las ciudades los hace menos autónomos. Vivimos con miedo a ciertos peligros y no queremos dejarlos solos ni un momento. El resultado es que ahora están siempre acompañados, siempre un adulto al lado sacándoles las castañas del fuego y mediando en sus disputas. Si juegan al fútbol, lo harán en un campo de deportes bajo la supervisión de un entrenador, y en el colegio y el instituto, los profesores estamos obligados a vigilar su tiempo de ocio, sus relaciones entre iguales.

      La influencia de los padres en el desarrollo personal de sus hijos es vital, pero también lo son otras relaciones de la vida cotidiana que hoy en día están bastante tuteladas, al menos en las ciudades. Intentamos protegerlos de todo lo que consideramos negativo: la injusticia, las disputas, los agravios y ofensas, el aburrimiento, la soledad, la falta de integración en el grupo… -yo el primero, como padre y como profesor- y, sin embargo, considero que son conceptos que una persona debe conocer y sufrir alguna vez en carne propia para poder luchar contra ellos.

      Ahora se están dando muchos casos de trastornos por hiperactividad. ¿Nos extraña? La mayoría de los niños pasan el tiempo que sus obligaciones les permiten viendo la tele o jugando con los videojuegos, siempre recibiendo información, unos valores en muchas ocasiones poco recomendables, siempre algo de fuera hacia dentro, siempre receptores, en vez de ser ellos los que creen sus propias ideas.

      Me pregunto si el que les regalamos es un tiempo de calidad, tiempo que aprovechamos para enseñarles e inculcarles los valores que nosotros recibimos, aquellos que los llevarán con el tiempo a crear una sociedad más justa y humana. Me temo que no los estamos preparando tanto. Para eso está la escuela.

Fernando Rivero

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Luis 03/18/2013 09:40

De acuerdo en todo, Nando, con especial énfasis en esta generación de "padres pachuchos" en que parece que nos convertimos (pachuchez que sufrís en colegios e institutos, por cierto, con cierta "hiperparticipación" de padres en la vida diaria).
Una nota sobre el "aburrimiento": todo el mundo tiene un momento en el que no sabe muy bien qué hacer, por lo que no voy a negar que el aburrimiento sea experiencia universal. Lo que sí digo es que en la civilización desarrollada que sufrimos el aburrimiento es parte esencial del tiempo. Me explico: si la diversión consiste en rellenar un tiempo permanentemente vacío con actividades dirigidas y -not least- económicamente productivas (en tu artículo das bastantes ejemplos, y Elena V. los enriquece), en cuanto falta una de esas actividades la persona descubre el vacío abismal del tiempo que vive, y eso la lleva a decir: "Me aburro". ¿Creéis que un chiquillo que viva en un pago de la Patagonia se aburrirá más o se aburrirá menos que nuestros hijos?

Elena V. 03/16/2013 21:45

Mal pinta esto, ¿quién no se ha saltado una clase en el instituto?: no apetecía, el profe era un rollo , la tertulia con los amigos (y el porro) venía mejor...... Mis padres nunca se enteraron de nada, yo llegaba del insti. me ponía a estudiar (lo que estimaba oportuno) a leer, jugar o ver la tele y eso si a dormir a mi hora que al día siguiente madrugón y hay que descansar para rendir!!! Ahora los profes informan casi al instante de si el niño y no el tan niño se ha saltado alguna clase, saltan las alarmas: justificantes, broncas al escaqueado.... y ¿a qué hora se duermen? ¿a qué hora dejan de ver youtube, recibir y enviar whatapp....? ¿quién pelea para restringir el tiempo dedicado a ese tan de moda mundo de las TICS? Es complicado reflexionar, pensar, analizar, crear cuando tu cabeza no descansa.Reivindico el aburrimiento!!!

Manuel 03/16/2013 11:58

Me puedo equivocar, pero creo que era José Antonio Marina quien argumentaba que el aburrimiento es el caldo de cultivo en que se desarrolla la imaginación. O algo así.