Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
10 Marzo 2013
Sólo mi desprecio te concedo, impostor falaz y miserable, a quien sólo el mal ajeno proporciona dicha y gozo. Tú, que no posees más importancia que la hormiga que mis pies aplastan sin saberlo, porque nada bueno ofreces, nada que haga el mundo mejorar –te lo dice cada noche la almohada y siempre el alba con tan triste sentimiento te despierta-. Tu gris mediocridad bien la conoces, lucha estéril por ser otro, -mas no rasques, que no hay-, el triste afán de aquel que nunca llega adonde quiere –que de infecunda tierra nada brota-.
Es la envidia el fuelle de tu llama, y la impotencia, forjadora de tu espíritu, que anhela en balde destruir lo bello y bueno, en vez de permitir que lo seduzca, pero cuanto más desees el mal y la desdicha para el prójimo, mayor será por siempre tu infortunio, que la vida a todos pone en su lugar.
Detesto más que nada tu impostura, máscara que oculta tus facciones, la negrura de tu alma corrompida. Víctima del mundo te nos muestras –el lamento tu único argumento-, pero tienes alma de verdugo, como aquel cobarde terrorista al cual llamaron mártir, porque le explotó en la cara su inmundicia y sólo con su vida terminó. A veces la fortuna sí sonríe. Te exijo pues que enseñes tu semblante verdadero, que la víctima no puede ser verdugo, ni el verdugo aparecer jamás como la víctima. Me complace conocer a aquel con quien camino.
Te he visto en otros rostros ancestrales –ni siquiera en eso eres exclusivo-, en nombres innombrables de por suerte ya olvidados compañeros, de tiranos caídos en desgracia, harpías quejicosas… Perteneces a ese tipo de personas que de todo culpan a los otros, de su mísera existencia, mas la vida a nadie debe nada. Y al cabo, no deseo tu infortunio ni desdicha, sino sólo tu partida, ausencia eterna: mal no te deseo, sólo olvido.
Fernando Rivero