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Tercera parte. El vaso que te ahoga - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Tercera parte. El vaso que te ahoga

         Lluís Llach puso música a dos bellos poemas de Kavafis, piezas ambas que, desde puntos opuestos, se sumergen en la esencia de la vida. De la filosofía que emana de Ítaca, el ansia de vivir, ya hablamos en los anteriores artículos. El otro, El viejoversa acerca de lo contrario, un viejo decrépito que, sentado solitario en el rincón de un café, percibe que la vida se le va. En ese momento trascendental en que la blanca dama viene a buscarlo, reflexiona sobre su vida y se le nubla el alma, pues le embarga el peor sentimiento que a una persona puede acudir en tal trance: sabe que no ha vivido, que su estancia entre los mortales no ha merecido la pena. Postergó su vida –cada placer, cada experiencia- para mejores tiempos, para ese futuro que, sin duda, lo esperaba, ese futuro que, cual sol poniente perseguido, se halla siempre lejos del alcance de la mano, porque tiene inexorable vocación de presente y de pasado. Por fin llegó su último futuro. Ahora sí lo esperó impávido e inmóvil; pero era tarde, pues a él ya sólo le quedaba ser pasado. Se fue quedando dormido y una mueca de amargura desfiguró su rostro.

         No es un viejo poco común en nuestros días. Nunca lo ha sido. ¿Cuántos sueños no se nos han ido a todos por la borda? ¿Cuántos cuando sea mayor, cuántos luego no tenemos guardados, ya olvidados, en los pliegues del alma? Y cuando te quieres dar cuenta tienes más pasado que futuro y sabes que tu tiempo pasó. Nos quedamos esperando la próxima primavera, mas sólo el otoño llega.

         Hay personas que no saben vivir y, descontentas con su vida, responsabilizan al mundo y a sus congéneres de su realidad. Es más, como piensan que la vida las ha tratado mal y está en deuda con ellas, se creen con derecho a sus pequeñas miserias, sin darse cuenta de que son ellas mismas con su pusilanimidad y falta de coraje para cambiar las cosas las responsables de su situación. Paradójicamente, pudiendo ver el vaso medio lleno o medio vacío, son estas últimas las que no hacen pie y se ahogan.

         Yo creo en el pesimismo, pero no en el de quien pone ante sí el muro infranqueable de su negro destino, sino en el de aquel que prevé los flancos débiles de una acción e intenta superar los obstáculos. Lanzarse al vacío sin paracaídas, sin considerar las consecuencias, tiene más de tonto que de loco. De loco es hacerlo previéndolo y, en ese caso, bienvenida sea la locura.

         En muchas ocasiones la vida no es justa. Sin merecértelo, sin venir a cuento ni previo aviso, te deja tiritando en el suelo de tamaño zurriagazo que te mete; y ahí te quedas sin saber qué hacer ni por dónde salir. A otros, sin embargo, a veces también sin merecerlo, les sonríe y les extiende la alfombra roja del éxito. Nos alegramos cuando mima a la gente de bien, mientras que a los no merecedores de la gracia les deseamos su San Martín.   

        Para miles de millones de personas, el maltrato de la vida no es achacable a ella misma, pues es el hombre el motor de la iniquidad, injusticia diseñada por el Poder inmoral, que traza estrategias y políticas que guían a aquéllos, países enteros, hacia el hambre, la sed, la falta de futuro… la muerte en vida. Y más, que no hay que irse lejos para encontrar ejemplos, no ya de hambre, pero sí de futuro condenado, condena asimismo diseñada, permitida y promocionada por los mismos. No hay hambre porque aún existe el sustento del Estado, mas no por ello el futuro es menos incierto.

         Me he metido en un jardín; un jardín al que el asunto me conduce, porque a lo que viene ahora he debido hacer la salvedad de la injusticia impuesta, la del Poder contra el Hombre. Voy a ver cómo me zafo de las enredaderas. La anterior es la sinrazón nacida del egoísmo; pero hoy quería hablar de esa mala fortuna que achacamos a la propia vida, aquella a la que aluden ricos y pobres, guapos y feos, letrados e iletrados, esa que tiene que ver con que mi novia me ha dejado, mis padres me dieron mala infancia, no apruebo los exámenes o no me gusta donde vivo. Y nos quejamos de que la vida esté siendo injusta con nosotros, ¿qué he hecho yo para merecer esto?, ¿por qué a mí y siempre a mí? y ¿qué tiene ése que yo no tenga?

         Es absurdo pedir explicaciones a la vida o quejarte de tu mala fortuna. La vida es de cada uno, el bien más preciado que tiene, el único que puede considerar realmente suyo, un bien intransferible e inaplazable; y es la persona responsable de su propia vida, y no al contrario. Es como la rosa del pequeño príncipe, ese regalo que debe cuidar. Su dueño es quien debe conseguir que esté hermosa y resplandeciente, que brille entre todas las demás.

         Hay personas que han creado un sentido especial que anula los demás. La NEMPE, o negatividad exacerbada nacida de tus propias entrañas, sólo conduce a no saber apreciar nada de lo que te rodea, ese olor a lavanda o a azahar, la belleza de un paisaje, un buen trago de agua tras una caminata veraniega, la enriquecedora plática con amigos, Lole cantando el dolor de tus hermanos, el magnetismo de entre dos aguas … Seguro que son alérgicos a los olores intensos, llegaron tan cansados a esas vistas que no les mereció la pena, el agua estaba demasiado fría, los amigos les produjeron jaqueca y el flamenco los aburre.

         A mí, estos individuos que lo ven todo mal me desinflan; sólo con verlos pierdo toda mi energía y trato de poner pies en polvorosa. Un verano aposté que una persona a la que veía asiduamente no habría de decir nada positivo hasta Navidad. Lo triste no fue que yo ganara, sino que todos sabíamos de antemano que sería así. Años después sigo ganando.

      Muchas de estas personas disfrazan la negatividad haciendo creer a los demás que ellas son inconformistas. No tiene nada que ver. No saber apreciar lo que uno tiene no es inconformismo, o deseo de cambiar la realidad, sino mera falta de ganas de vivir. Hay tantos deleites a nuestro alrededor, tantos pequeños placeres, tantas cosas que nos han llegado sólo por el hecho de estar aquí, que es imposible no concebir la vida como un regalo, un merecido regalo que debemos cuidar y alimentar, sin jamás darle la espalda.

 

Fernando Rivero García

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Francisco Javier Gil Ruiz 05/19/2015 09:25

De nuevo felicitarte por el escrito, y aprovechar para saludarte, y para no cambiar mucho el rumbo, estoy de acuerdo contigo. A mi modo de ver, cada uno sigue el camino que de manera inconsciente escoge. Es mucho mejor enfadarte y levantarte blasfemando cada vez que la vida te golpee e intentar devolverle el golpe, que quedarte callado y no armar jaleo. En mi día a día puedo ver estos dos casos, siendo yo el que blasfema y una persona muy allegada a mi el otro; te ves impotente observando como un ser querido acepta las pequeñas injusticias que le da la vida sin elevar la voz, los cuales, según mi opinión, se solucionarían con un golpe en la mesa a tiempo. En conclusión, y como tú me enseñaste cierto día de 4º de la E.S.O., no se ha de ser borregos en un redil, siempre hay que discutir, con educación y respeto, por supuesto, pero nunca aceptando lo que no consideres justo.
De nuevo un abrazo bien fuerte. Y pedirte que no dejes el blog, en estos tiempos, pocas personas hacen críticas CON FUNDAMENTO. Es muy fácil quejarse de lo establecido, pero encontrar alguien que razone sus quejas, a día de hoy, es una tarea dantesca.