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A vista de pájaro - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero García

A vista de pájaro

Artículo publicado por L.R.G. en la revista PENCONA 7 (2011)   

     El círculo de vuelo de los buitres era más expansivo y más moroso, menos concentrado. Disponían aquéllos a su antojo de las anchuras del aire como si todo espacio y tiempo les pertenecieran, como si en cada giro no les fuera la vida o alguna de sus metas esenciales. Ella, en cambio, tan tímida y huraña, tan en minoría, ajustaba su geométrico rumbo con la economía de quien conoce bien el trecho de su plazo, el precio del destino.

    Contemplaba, allí abajo, las aguas casi opacas del río detenido y sin fragores, el solemne caudal que casi por milagro conservaba su majestad, su hondo prestigio de portador de oros y testigo de amores en sus vegas. (Tienen esa virtud los ríos: trasportan las ofensas, los insultos de algún sucio ribereño que en su torpeza tiene por eterna y por segura la provisión divina que alivie sus desmanes, y aun así mantienen vivo el respeto de esas gentes, que en el fondo imaginan cuántas albas ha presenciado el río, qué bocas tan sedientas ha saciado, cuántos nuevos acentos abreva en sus orillas, cómo surge y renace al paso de sus hoces). Recordaba el ave la turbulencia azul de otras corrientes que apenas días antes había sobrevolado, evocaba la sal y el aguanoso viento sobre los que su exacta silueta había trazado un puente milenario entre el norte y el sur. (Eran tierras más secas aquéllas de donde venía, tal vez también más generosas o puede que tan sólo maternales, primigenias. Era tierra infinita en la que el hombre valía poco más que un hombre, poco más que esa cebra que persigue al trote la ración de vida de su día, poco más que el husmo atenazado en los agónicos ollares de la fiera. El suelo que hoy veía, sin embargo, guardaba remembranzas de aquel otro: el bosque claro y limpio en la dehesa, surcado aquí y allá de algún arroyo, tachonado de charcas; algún lejano olor a olvido y soledumbre; el rastro humano limitado al uso necesario, al mero recorrido del terreno).

     Eran tipos curiosos aquellos buitres, con su rubio leonado, con su gorguera hidalga y su cabeza monda, esos viejos caballeros del aire (eso sí, peones patizambos) que con el rostro parecen delimitar su judería. Más modestos, como parientes pobres de linajuda alcurnia, su vuelo entrelazaban los rubios alimoches, venidos también ellos del sur y su riqueza. Habían encontrado recóndito acomodo en la misma escollera, en aquellos espacios en los que el buitrerío no alcanzaba a acomodar su oronda demasía. Aun así, se diría que éstos pidieran mil perdones, mil disculpas por usurpar el aire que aquéllos detentaban todo el año (su vuelo era discreto, callada y sigilosa su presencia; aguardaban su turno reverente en la carroña): era el precio por hacerse perdonar su más viva inteligencia, sus ojos con más mundo. Al emplumado enjambre vino a sumar su aporte de centella la rauda silueta peregrina del diminuto halcón. Su vuelo era una recta fugaz, línea secante que vertebra el ovillado enroque de sus convecinos.

     ¡Lejos de barullo tal! Ansiaba escapar de aquella banda de pueriles fantoches que cifraban la alegría del momento en exhibir su vuelo magistral ante aquellos diminutos hombres, allí abajo. Mejor salir, mejor buscar espacios puros en el aire helado y cristalino de aquel marzo primero. Tenía largas horas por delante. El sol había apenas comenzado a entibiar los verdigrises farallones y a endulzar el aire intransitable de la noche. Hoy había decidido alejarse del río y sus jarales y poner rumbo al norte, en busca de dehesas en las que hacer acopio de alimento o de ramas y demás calambucos para el nido.

     Abandonó, pues, el turbión de rapaces, la cresta con las ruinas del castillo, la umbría que alfombraba su costado con maravilla de vida y de espesura. Puso rumbo al nordeste, a merced de un viento con barruntos de lluvia (el mismo que otrora la trajera hasta aquí) y se dejó llevar sintiendo el aire alisar su irisado plumaje, creyendo que su cuerpo era saeta que un Titán arrojara desde el río contra la ciclópea mole nevada que cerraba su horizonte. Cruzó serrezuelas que intentaban despertar al letargo de invierno, entrevió bajo las aguas los perfiles del puente que el clérigo quisiera más longevo, asistió al abrazo de los dos caudales, amagó una sonrisa al contemplar las chozas de juguete que los hombres habían construido en un poblado cada vez más postizo y de mentira.

     Entonces vio los cerros muertos. Pero no, sin duda estaba equivocada: brotaba tal caudal de vida en cada palmo de sus lomos, que no cabía hablar de muerte en esas tierras. Habían intentado, eso sí, trocar aquella vida por dinero los de siempre: siempre hombres, siempre sin nombre ni rostro, siempre extraños a la tierra, eternos defensores de cualquier magnicidio bajo el pretexto de un progreso colectivo cuyo buen fin nadie conoce. Esta vez hubo suerte y las gentes del lugar hicieron piña en defensa de su tierra: dijeron simple y llanamente “no”. Hoy nacen otra vez por esas crestas los árboles y arbustos que nada tienen que ofrecer salvo su aroma y su belleza, su maternal abrigo, tesoros sin moneda.

     Vio entonces la senda plateada del río somero que, nacido en la montaña, venía de nutrir las ricas tierras del tabaco y del pimiento, el valle floreciente que de él tomaba el nombre y en sus aguas se espejaba. Ahora el río se movía tranquilo y perezoso, cumplida su jornada, y en sus orillas abrevaba a las criaturas comarcanas y daba abrigo y resguardo a otras aves también tímidas y hurañas, también negras e irisadas, hermosas sin saberlo. Pero bastó superar una portilla – nocturno predio del Gran Duque – para que nuestra ave se encontrara sobre una dehesa deleitosa que apacentaba en armonía nemorosa animales ganados por el hombre junto a otros que se hurtaban al dominio. A medida que avanzaba río arriba y dejaba atrás los matorrales últimos, escaseaban sus congéneres (alguna cierva aquí, seguida de su choto; una zorra o comadreja por allí...) y el campo clareaba más y más hasta ser casi solo pasto para ovejas y vacadas.

     Eran buenas tierras para hallar alimento. No quiso, sin embargo, descender aún: algo la impulsaba este día hacia el norte, hacia las montañas. Llegó al costado del valle y las tierras comenzaron a elevarse en catarata de verdes. Las encinas daban paso al alcornoque y éste iba poco a poco haciendo sitio a los robles desnudos, al desnudo castaño. El herbazal se iba estrechando y empezaba a ser anécdota entre la masa de los bosques. Derramados sobre la ladera se divisaban los pequeños pueblos, cercanos entre sí como por huir de la soledad, como para oler los quehaceres del otro, para buscarle el mote con que olvidar los fallos propios. Subió aún más por aquellas inusuales veredas del aire y descubrió que la luz se hacía horizontal, que debía vigilar sus movimientos laterales, pues estaban a su altura y aun por encima de ella los repechos junto a los que volaba, imperio absoluto de cascadas y chorreras, de canchos y cantuesos.

      El aire se había enfriado mucho en poco rato, pero todavía quedaba espacio por explorar más a lo alto. Era un ámbito extraño para una criatura tan avezada en su corta vida a soles de justicia, pero quiso saber qué era sobrevolar un suelo enteramente blanco, sentir cómo el frío endurecía sus ojos. Y trepó y trepó sobre valles angostos surcados por gargantas milenarias, sobre bosques helados en los que a duras penas prosperan jabalíes, sobre cortados y barrancas reservados a la cabra cimarrona, y al fin llegó a la cumbre, a lomas llanas desde las que la nieve volvía a descender en busca de otras tierras, de otro valle. Se abrían a su vista nuevas crestas heladas, el techo de otro mundo, de otros pueblos. Giró y, bajo las nieves de la cuerda, volvió a divisar esos pueblos hermosos a su modo (alguna vez las obras de los hombres no eran del todo absurdas ni resultaban bufas para su saber de ave), los huertos de los que las gentes extraían sustento y alegría, con los cuales guardaban el escaso contacto con la tierra que aún les pertenecía.

     Más abajo, las gargantas se iban tornando ríos, declives los repechos. Los bosques volvían a ceder el paso a campos de tabaco y de pimiento. El río somero seguía desplegando su ondulación de plata en busca de descanso y moridero. Se vislumbraba en lontananza, humilde y diminuta, la ruinosa imagen del castillo que amparaba su nido, los montes donde el aire sigue siendo libre. El sol, casi en lo alto, presenciaba el soberbio escenario con una sonrisa complacida. La cigüeña, seria y satisfecha, se dijo por fin en sus adentros: “Sí, decididamente: aquí vive la vida, todavía”.

 

Luis Rivero García

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Fernando Rivero 04/12/2014 09:10

Sí..La verdad es que cuanto más lo leo, más hermoso me parece este relato. Siento que me elevo en ala delta y surco el cielo de mi tierra, oteando cuanto ocurre abajo.