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Usuarios - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Usuarios

     Tenía una planta y un planeta, pero no por afán de poseer, sino, más bien, como un acto de amor y de responsabilidad. El Principito poseía una rosa porque la cuidaba y protegía, porque sabía distinguirla de entre un millón de ellas. Facundo Cabral era rico porque no necesitaba tener un pájaro enjaulado. Se conformaba con verlo volar y escuchar sus trinos. Así, todos los pájaros eran suyos.

   Estos dos pensamientos son los que subyacen en la universalización de los servicios públicos, esos a cuya cabeza la derecha ha puesto precio y fecha de caducidad, pensamientos que a su vez nacen de la generosidad y la solidaridad: disfrutar sin poseer y cuidar esos bienes compartidos. En España una persona o familia sin recursos es infinitamente más rica que un estadounidense que se halle en las mismas circunstancias, porque la solidaridad de nuestro país ha posibilitado hasta ahora que todos tengamos nuestras necesidades básicas cubiertas. Si de algo podemos estar orgullosos en España, con todos los peros que les queramos poner, es de nuestros servicios públicos, que han influido notablemente en la mejora de nuestra calidad y esperanza de vida. Me temo que ahora debemos poner en entredicho algunas de estas afirmaciones pues, aprovechando que el Pisuerga pasa por la Crisis, el PP está dinamitando estas bases de protección social y nos quiere llevar al insolidario modelo norteamericano.

     Pero estos bienes compartidos no son maná caído del cielo. Nacieron, más bien, del esfuerzo y del compromiso de una generación reciente que decidió que merecía la pena pagar impuestos para acometer y sostener tan ingente tarea. Exigimos que los distintos gobiernos inviertan un porcentaje mayor de dinero en estos servicios, lo cual es loable, y nos comparamos con los países del norte de Europa, más experimentados en esto, pero queremos pagar pocos impuestos, sumergir nuestra economía trabajando en B, y los ricos se llevan sus ganancias, obtenidas con ayudas del Estado, a paraísos fiscales donde su dinero pueda ser feliz. En esos países cuyos servicios envidiamos, los ciudadanos contribuyen con un porcentaje mucho mayor de sus ingresos y la letra B está mal vista por la sociedad, lo que redunda en que el Estado tenga más para invertir. Lo nuestro podría compararse con una salida de un grupo de amigos que quieren poner un fondo para atiborrarse de ostras y champange. Cuatro no tienen dinero, ocho se van al baño a la hora de pagar y los otros seis ponen cinco euros. Calimocho, señores, pidan ustedes calimocho; y de la casa.

       Por otro lado, me niego a pagar más impuestos en un país donde éstos están tan descompensados, donde muchas personas que trabajan no cotizan, donde las grandes empresas utilizan argucias legales o ilegales para evadir sus bienes y no pagar impuestos, un país donde el Gobierno desvía ingentes cantidades de ese dinero proveniente del esfuerzo y de la solidaridad para rescatar bancos que han transgredido todas las leyes.

     Sólo por ser españoles o residir en España podemos disfrutar gratis o por poco dinero de unos servicios que nos permitirán estar sanos, ser cultos e instruidos, desplazarnos fácilmente, tener limpias las calles… Pero debemos cuidar estos bienes, como hiciera el Principito con su rosa.

     Creo que el concepto de usuario está haciendo un daño terrible a nuestras instituciones públicas: yo pago mis impuestos -o no- y tengo derechos. Sin que eso deje de ser verdad, también tenemos el deber de protegerlas y mimarlas, de hacer que sean lo menos gravosas posible y su rendimiento óptimo en relación al dinero que en ellas se invierte. Desgraciadamente, muchas personas de nuestro país han adoptado la filosofía todo-el-monte-es-orégano, como si los servicios gratuitos fueran ese maná que Dios en su infinita misericordia y magnificencia nos hubiera enviado en los años setenta para deleite y disfrute imperecederos.

     Voy a centrarme en la Enseñanza, que es el tema que más domino: no son pocos los alumnos de Bachillerato que se matriculan a ver qué pasa o a sabiendas de que no van a hacer ningún esfuerzo para instruirse. A ellos y a sus padres les resulta gratis y lo pueden hacer cuantas veces quieran, siempre que anulen la matrícula, pero al Estado, en este caso a las Comunidades Autónomas -a todos, en definitiva- cada alumno que se matricula en ese nivel nos cuesta más de cinco mil euros por curso, dinero perfectamente invertido (más debería ser) cuando los beneficiarios se lo toman en serio, pero un absoluto despilfarro en esos muchos casos de alumnos que van porque sus padres los prefieren allí que en casa.

     En lo que se refiere exclusivamente a su gestión interna, acostumbrados a estar a la cuarta pregunta, los colegios y los institutos somos muy precavidos en el gasto, porque sabemos, además, que el dinero no es nuestro: simplemente somos responsables de gestionar el escaso dinero que se nos ha asignado para que un bien compartido funcione lo mejor posible. Me resultan, por tanto, de todo punto intolerables ciertas actitudes de niño de papá, como ensuciar sin motivo o destrozar sólo por hacer daño. “Ya lo arreglará otro” piensa quien lo hace, “para eso está la limpiadora”. Aun gastándonos el triple de dinero en limpiar las calles, éstas seguirán sucias, pues es la desidia la responsable, y contra eso es difícil luchar.

     Otro aspecto que me gustaría mencionar es el talante con que los usuarios acuden a las instituciones públicas. Mal estaba el trato incorrecto con que los funcionarios, dueños del cortijo, antaño despachaban a la gente. Ahora han cambiado las tornas y ese usuario, bien aleccionado en eso de que el cliente siempre tiene razón, adopta muchas veces una actitud despótica y grosera, porque su sueldo lo pago yo y conozco mis derechos.

     ¡Ay, cuándo aprenderemos en este país a conocer también nuestros deberes como personas que viven en sociedad y comparten bienes, cuándo que el grito o el insulto no nos otorga más razón, sino que nos aleja de ella, cuándo a respetar a los demás y no en cuanto a su rango, sino sólo por el hecho de ser personas, y porque faltarle al respeto significa faltárselo a esa institución de la que nos estamos beneficiando!

Fernando Rivero García

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