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Publicación de Ruidos. Silencio. Ruidos. - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero

Primer libro de poemas de Míriam Palma.

Publicación de Ruidos. Silencio. Ruidos.

M. PALMA CEBALLOS, Ruidos. Silencio. Ruidos, Sevilla: Ed. Bienza, 2012 (ISBN 978-84-937630-3-9), 78 pp.

El título de este nuevo libro de Miriam Palma – su primer poemario a solas – parece invitar al disfrute del silencio. Sorprende, sin embargo, descubrir con su lectura que el gozo de ese silencio se identifica con los propios versos o al menos con el efecto de su fabricación, de su composición. Ya en su arranque mismo, al final del preámbulo (p. 8) y después de referirse a la labor poética como un proceso de “litigios de chirridos (...), rumores, perturbaciones, marañas de murmullos”, la autora reconoce que “[a] veces se ha conseguido hablar desde algún paraje de silencio. A veces se han descubierto territorios calmos después de escribir”.

Y digo que esta identificación me sorprende porque la poesía es – por encima de todos sus demás ingredientes – sonido. Tanto me voy convenciendo de ello con el pasar de los años y las páginas que cualquier producción poética que renuncie a su sonoridad se me antoja mero exabrupto o alevosa pedantería. Ahora bien, – vaya esto por delante – en modo alguno incurre este libro en ese defecto. Es más, basta con leer cualquiera de las páginas de la anterior novela de Miriam Palma: La huella de las ausencias. Un relato sobre Walada (Córdoba: El Almendro, 2010) y podrá el lector certificar este moroso juego con la música que emana de la acertada selección y ordenación de las palabras. Como puede adivinarse, en Ruidos. Silencio. Ruidos, lejos de disminuir, aumenta este mimo, este cuidado, tratándose de vocablos al fin y al cabo abismados al borde de cada verso.

La autora reconoce en ese preámbulo (p. 7) tener “serias dudas de si esto realmente son poemas”, pero con ello no hace sino inscribirse en una larguísima tradición poética según la cual el poeta expresa sus dudas de partida sobre lo que su público podrá encontrar en las páginas en que se adentra. Tampoco la falta de un “intencionado sentido unitario” (p. 8) en las piezas hurta a este libro su condición de poemario, organizado – diría yo – según la muy antigua, literaria y erudita poikilía o variación al estilo alejandrino, siendo además elementos reveladores de esta condición libresca tanto el preámbulo programático (el primer poema: “Urgencia”, comparte esta función) como el sello o sphragís contenido en el “Epílogo”.

No todo en este libro, sin embargo, es literario o metapoético. Es más, lleva razón la autora en que su esencia misma no lo es... afortunadamente. Como corresponde a la buena poesía lírica, a aquella que trasciende los límites del pobre “yo” del poeta, este libro sabe a vida, sabe a gente, por decirlo evocando la ajustada formulación del epigramatista Marcial. Es realmente envidiable la – aparente – facilidad con que Miriam Palma convierte en poemas situaciones cotidianas, a veces incluso calificadas por ella misma como “prosaicas” (pienso en el “Prosaico domingo de ramos”). La autora aspira (p. 74) a “escribir como quien mira y calla”, y realmente lo consigue. Un ejemplo sobresaliente de esta capacidad encuentro en el poema titulado “Sobremesa”, en el que elementos anodinos engarzados con otros rayanos en lo sórdido dan como resultado una pieza que basta por sí sola para salvar el brillo de un día. Otro tanto, aunque en el espacio de una noche, podría decirse de su “Balada nocturna en A bastante menor”. Cotidianidad y anonimato se dan la mano, en fin, en la escena de “Promesa invernal”.

Miriam Palma, en efecto, sabe extraer de una mirada de su gata (p. 27) la fascinación de cualquier mirada felina; en la imagen de unos “Viejos sentados” (p. 59) percibe y nos transmite la conmoción que en todos produce la vejez de inminencia amenazante; la inmensidad del mar y su arrasadora “escala de turquesas” vienen, también aquí (p. 67), a recordar nuestra reducidísima estatura; nos deja de regalo la risa y el amor de una hermana (p. 42) pero también el grito desgarrado del amor de una madre (p. 60).

El amor es tema vinculado a la lírica desde sus comienzos, y tampoco está ausente de estas páginas. Eso sí, no espere el lector grandes pasiones ni un corazón inflamado de esperanza: el amor transita estos poemas con la perspectiva de la experiencia desencantada, con el atuendo del desamor y la nostalgia, en ocasiones tierna (p.ej. “Incipit”, “Quince años”, “Contorno de mujer”, “Hoy”, “Ausencia”, “Cartografías de la memoria”), irónica otras veces (“Balada de amor meetico”, “Quizá, quizá, quizá”, “Fugaz reencuentro”, “Insomnio inútil”).

Hay poemas en los que la autora va dejando pistas – eso sí, de modo involuntario o al menos con esa apariencia – de sus lecturas, de su condición de persona letrada, pero el resultado mantiene la frescura de un buen poema neotérico: a través de la ventana de un tren casual (p. 49) asistimos al milagro verde de la primavera y su contradictoria invitación al disfrute del hoy y al temor de mañana, en la mejor línea lírica de Horacio; o bien se nos ofrece una visión muy epicúrea de sufrimiento humano mientras los dioses “se tocan los cojones” (p. 15), o se nos regala, en fin, una superposición de planos vitales en “Puro teatro” (p. 48) que traen a la memoria el ajedrez de Borges.

En esta misma línea literaria, siempre muy lírica, la colección recoge algunas piezas que ahondan en una de las preocupaciones de la autora: su poesía, los poemas. La reflexión metapoética se hace, en todo caso, sin resabios de pedantería, acaso con ironía, como en “Alternativas”, en ocasiones incluso con algún toque “canalla”, como en “Reto poético”, en “Maldita poetisa”, o en “Liposucción”, que comienza así (p. 50): “Les he hecho una liposucción a mis metáforas, / a veces muy grasientas”...

La poesía, pues, los versos son en este libro el ámbito del gozo del silencio. Si cabía alguna duda, basta ver los versos de la Margherita de Riccardo Cocciante que encabezan el poema “Hoy” (p. 47): E per poi farle cantare / le canzoni che ha imparato, / io le costruirò un silenzio / che nessuno ha mai sentito. Que nadie se deje engañar por el aparente pesimismo que ofrece la secuencia del título: Ruidos. Silencio. Ruidos, es en realidad una promesa de nuevo silencio, de nuevos versos que Miriam Palma sabrá regalarnos tras la ruidosa descarga de su urgencia de “contar nuevos cuentos” (p. 11). La propia autora lo vislumbra cuando al final nos deja “un epílogo o una promesa” (pp. 73-74), que cierra precisamente con este verso: “escribir amar escribir callar escribir callar ¿escribir?”. Sí, Miriam Palma seguirá escribiendo, y sus lectores le estarán agradecidos por ello.

Luis Rivero García

http://www.uhu.es/luis.rivero

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