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Palizas profesionales - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Palizas profesionales

       Hace años el estrés me perseguía, pero yo siempre fui mucho más rápido. Si tenía que hacer dos cosas, no tenía por qué hacer las dos el mismo día y una cervecita improvisada era siempre bien recibida. Era dueño absoluto de mi tiempo y gastarlo, o incluso perderlo, no suponía un trauma que no se resolviera con un simple "vaya noche absurda". Tenía toda la vida por delante y era más inconsciente, por tanto, del paso del tiempo.

        Ahora, sin embargo, estoy en la edad de usar cortaúñas de gran tamaño y de poder clasificar los recuerdos por décadas, ahora gran parte de esa vida por delante ya ha quedado atrás y me hallo en el centro de un voraz torbellino cargado de estrés y actividad, en gran medida por voluntad propia, aunque también porque mi trabajo y mi familia así lo requieren. Por ello, concedo una importancia capital al tiempo, que es lo que no tengo, y al paso de los años, pues siento que la vida se me escurre, huidiza como el mercurio, entre mis trémulos dedos.

      En estas circunstancias comprenderéis que no soy muy proclive a aguantar a los palizas, esos seres insufribles que disponen de tu tiempo y tu paciencia como si fueran ilimitados, reyes del circunloquio gratuito, de la palabra vacua y sin sentido. Creo, de hecho, que no tienen ningún derecho a ser como son y que sus actos deberían estar tipificados en el Código Penal con la misma gravedad que las agresiones físicas o morales, con los agravantes de premeditación y alevosía. Premeditación, porque estos individuos salen de casa sabiendo que van a fastidiar la vida de alguien con sus necedades y cuentos chinos; alevosía, porque buscan tu momento de mayor indefensión para darte la estocada. Estoy convencido de que cuando llegan a casa se hacen muescas en la lengua para celebrar su victoria, hoy han caído dos. ¿Atenuantes? Ni uno. Es que el mundo me hizo así, me siento muy solo y nadie quiere hablar conmigo. Pues te jodes, que lo que tú haces no tiene nombre.

       Hace años me gustaba jugar a un juego que hoy me parece tremendamente cruel: veías entrar en el bar al plasta profesional y le hacías señas para que se acercara. Cuando estaba llegando, tú te ibas, pero tus amigos, inconscientes del peligro mortal en que se hallaban, caían indefensos en sus redes. Pecados de juventud.

    A veces estos individuos te abordan en momentos intrascendentes, otras van con el sueldo –que mucho hay que aguantar en los institutos-, pero en otras ocasiones te atacan en momentos idílicos y trascendentales, bien porque se reúnen amigos que hace tiempo que no se ven, bien porque la soledad te llama y acudes a ella ávido de silencio. A mí me encantan ambas cosas y, como dijera el cantor, si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor cállate.

        Debo reconocer con pudor que me he vuelto un elitista. No es un clasismo a la antigua usanza que tenga que ver con los apellidos o el dinero, sino más bien con el aburrimiento. Entiendo, sin embargo, que no todos tenemos los mismos intereses y eso no significa que los demás no sean interesantes. Lo que define al paliza profesional es una forma de hablar, gente que te cuenta sus simplezas con diez palabras cuando sólo necesita cuatro, que gusta de seguir con temas que ya no tienen más recorrido. Pero hay un tipo de paliza que me pone muy nervioso: el que habla muy despacio, pensando cada palabra que dice, regodeándose en sus absurdos pensamientos. Es como la muerte a pellizcos. Media hora antes de que diga la sandez que lo ha llevado a ti, tú sabes de sobra qué va a decir, pero debes aguantar estoicamente hasta el final. Me entran ganas de gritar “¡acaba ya de parir!”. Otras veces le acabo yo las frases y me hago así un favor impagable. Hay otros tipos que, no contentos con la eficaz tela de araña que han urdido a tu alrededor, te agarran del brazo cuando ven que estás a punto de zafarte. Ah no, eso no, chico. Eso ya es un truco de tahúr.

     No estoy hablando de la frivolidad. Las conversaciones frívolas pueden traer también momentos de gloria, dependiendo de con quién estés y en qué condiciones. La risa es buena aliada de la vida. Me refiero más bien a la gente que no calla no teniendo nada que decir ni que aportar. Habrá quien piense que este blog es un coñazo, que gente hay para todo, pero habría en cualquier caso una diferencia: leerlo o no es un acto voluntario.

        Por mi parte, muchas veces reniego de la buena educación que me dieron mis padres -que me impide ser grosero con mis congéneres- y he decidido utilizar sin piedad las únicas armas eficaces que nos quedan a los sufridores de los palizas: el desdén y la frase cortante y definitiva.

Fernando Rivero

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Antonio Jiménez 11/28/2013 21:58

Suscribo cada palabra. Temibles las horas vacías de algunas personas que conozco. Y es cierto que en los Institutos se viven situaciones que merecerían el cielo como premio, si el cielo existiera. Los Jefes de Estudio lo tenéis claro... ¡No les dejéis huecos en el horario!