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Lo mejón der mundo - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Lo mejón der mundo

     Tan importante era para mis padres la educación de sus hijos que decidieron llevarnos a un colegio público, a pesar de que los de nuestro barrio eran privados. Sin embargo, tengo guardados ciertos reproches ancestrales, cosas que no les puedo perdonar.

      El primero y fundamental es lo que se demoraron en traerme a esta maravillosa ciudad iluminada. Cuando llegamos a Sevilla, yo ya tenía año y medio, demasiado mayor para poder zambullirme en la idiosincrasia de este lugar. Ese sentimiento de desarraigo me ha acompañado toda la vida, pero ahora que me gustaría entrar en política, como alcalde o concejal de urbanismo mismo, no pido más, veo que sin hartarme de fino en la Feria ni bailar sevillanas, sin saber de vírgenes ni pasos y sin permitir que un gato me lama el pelo a lengüetazos de gomina, no puedo aspirar ni a asesor de la Diputación. ¡Te quieí ya, quillo, con esa poca grasia y ese malaje que tienes…!

      ¡Qué equivocados estaban mis padres! “Estudia y lábrate un futuro”, me decían, “que el esfuerzo siempre tiene recompensa”. Más les habría valido prohibirme usar el Domingo de Ramos o el día del Corpus la ropa más zarrapastrosa que tenía –sólo por molestar- y haberme obligado a vestir esas elegantes chaquetas azul marino con botones dorados a juego con los pantalones grises de tergal. ¡Cuán lejos habría llegado!

    Sí, en vez de tanto estudiar y tanta leche, más rentable habría sido hacerse socio de una caseta en la Feria y llevarnos a una academia a aprender a bailar sevillanas, aunque poco podrían haber esperado de mí. En 1992, aún no sé por qué, fui a la Feria y la madre de una amiga me sacó a bailar. “No, señora, yo no soy de ésos”, le advertí. Pero dio igual. Al acabar la primera (¿primera qué?), me dijo “¿Tú no tienes más grasia, hijo mío?” y se dio media vuelta, dejándome con esa sensación de tierra trágame y qué pinto yo aquí tan desoladora. Muy listos estos sevillanos, que en las fiestas del instituto ponían las lentas justo después de las sevillanas para poder llevarse así el gato al agua y dejar fuera de juego a los foráneos.

     Vivir rodeado de iglesias y conventos tiene su encanto. Total, para una vez al año que sacan los pasos… ¿Una vez al año? Y dos a la semana, más bien, que no he visto vírgenes más callejeras que éstas de Sevilla. Tanto es así que el alcalde está pensando crear la concejalía de tráfico de cofradías, con sección delegada para cruces de mayo. Buscar motivos para salir y tomarte una copita cualquier día del año es siempre loable, pero a veces se dan situaciones ciertamente esperpénticas, como cuando con mi padre estuve parado en el coche durante veinte minutos, para acabar viendo pasar por Peñuelas una cruz de mayo llevada por un par de niños y escoltada por la policía municipal. Mi padre maldijo hasta su sombra un día que tardó hora y media en recorrer setecientos metros. Se habían llevado las imágenes mientras restauraban la iglesia de San Román y aquella noche se congregaron con devoción miles de personas en la plaza porque traían a la Virgen a ver las obras. Y ni casco le pusieron. A veces me costaba trabajo compartir la opinión de mi padre. Él pensaba que esto no era sino folclore rancio y casposo, pero para mí es evidente que si los feligreses acompañan a su Virgen hasta para que vea las obras en su templo, es un profundo misticismo y una fe inquebrantable lo que guía sus sentimientos.  En esta ciudad mariana hay vírgenes para todos los gustos; si consiguiera sabérmela, la retahíla sería inacabable. Ésa es la razón de que a Sevilla le cueste tanto trabajo superar los setecientos mil habitantes: con tanta virgen el crecimiento demográfico tiene que ser por fuerza negativo.

     En la iglesia de Los Terceros, además de la Santa Cena, tienen a la Virgen del Subterráneo. “¡Pero, coño!”, me dije cuando lo supe, “¡si está todo el día en la calle!” Más adecuado a su nombre sería que la pasearan por el Metro, que para algo se ha hecho. Y eso no es todo: para poder sacar los pasos en Semana Santa, tanto bandas como costaleros tienen que ensayar durante mucho tiempo. Y quéjate si te atreves. Lo curioso es que son éstos mismos los que protestan por las molestias que ocasiona el botellón. Yo no me quejo de nada porque sé que todo es culpa de mis padres, que no supieron hacer de mí un sevillano de pro; y mía, por no dejarme influir por mis amigos; por ser el raro, el perro verde que no quiso adaptarse, mamar como dicen por aquí; el huraño al que han estorbado siempre las multitudes y las bullas; el rancio que prefiere la barra de un bar a una caseta de feria, Doñana al Rocío, que ni canta ni baila sevillanas, ni falta que le hace; el irreverente que no se molesta en asomarse al balcón a rendir pleitesía al paso que sale justo debajo y jamás lo adorna en los festejos; el aguafiestas que sufre de sarpullidos en los tímpanos con las marchas procesionales y de añoranza de lejanos planetas cuando oye a los Cantores de Híspalis; el singrasia que no monta el guirigay cuando ganan el Sevilla o el Betis. “No te gusta nada” me dicen aquellos que creen que la vida acaba en Camas, Carmona y Dos Hermanas. Yo me limito a contestar que “mi reino no es de este mundo”.

     ¡Ay mis padres, cómo se equivocaron al sacarnos del Círculo Mercantil, desoyendo las llamadas del rancio abolengo! ¡La de fiestas que habríamos tenido si hubiéramos sido gente como dios manda! Quizá, por qué no, un busto o un monumento en una plaza. ¡La de puertas que se nos habrían abierto!… No como ese Machado, que yace olvidado por su ciudad, la cual prefiere a don Guido antes que a don Antonio. ¡Qué poca visión la de mis padres! Si Sevilla es un microcosmos antiguo y perfecto, ¿para qué estudiar otras cosas teniéndolo aquí todo? ¿No tenemos bastante con la Giralda? Más besamanos y besapiés y menos viajar, que cuando vives en el mejón sitio der mundo, todo lo demás sobra.

 

   Pero Sevilla guarda tantas riquezas, ofrece tantas posibilidades que hay espacio para que disfruten y crezcan personas con diferentes puntos de vista, gustos y aficiones. No es sólo la ciudad de la cruz y la caseta, el cirio y el Quema. Más allá de la sevillanía y el enterismo, hay una Sevilla con una amplia oferta cultural y de ocio, con parques modernistas y otros modernos y espaciosos, bellos cada uno en su estilo, con fragancias de jazmines y azahares que se te clavan en la piel y te alegran el día, colores que el ánimo levantan cuando los acompaña el sol radiante. Sevilla es de todos los que la quieren y la cuidan, todos los que se extasían con la magnificencia del Guadalquivir, que la baña generoso, los que no la ensucian y hacen, en definitiva, una ciudad mejor, más humana y habitable. No será, pues, el tradicionalismo o el vanguardismo lo que convierta a las personas en mejores ciudadanos, sino lo que cada uno aporte a la ciudad.

 

Fernando Rivero García

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manuel 04/22/2014 00:47

Me ha encantado tu artículo. A veces exageras un poquillo, aunque estoy muy de acuerdo contigo, de que nos sobra en esta ciudad mucho traje azul, vestidos de flamencas, trajes cortos y caireles. pero al final se nota que ya estás echando tus raíces aquí, y que en Sevilla has encontrado tu espacio.
Saludos.