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Dos amores - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Dos amores
Dos amores

           Me gusta que llueva, dejar que el agua resbale por mi piel y me moje poco a poco, o torrencial me empape, que se apodere de mi cuerpo –de lluvia el alma siempre tuve- y me abrace y me regale su manantial de besos húmedos. Es una sensación que me hace sentirme vivo, saber que Natura sigue ahí, que no nos abandona aunque le hayamos dado la espalda. Los que somos de La Vera no podemos concebir la vida sin agua, esos perennes lagrimales imprevisibles que la montaña llora y surcan frenéticos nuestra tierra, regalándonos la vida con su constante rumor bronco.

Tengo grabadas en mi mente tormentas memorables, que parecían querer recordarnos que los dioses también se enfadan y gustan de amedrentarnos con el rayo y con el trueno, nubes que la sabia montaña detiene y aferra con sus avariciosas manos para que no sigan su curso y nos regalen su elixir sólo a nosotros. Detesto los paraguas. Me gusta mojarme y que las gotas reboten por no saber ya dónde meterse, que me obsequien con sus efluvios cuando empapan la tierra. Hay olores que me alimentan: las tahonas, los jazmines y azahares…, pero nada supera el de mi tierra mojada, porque no se huele con la nariz, sino con el alma.

Vengo de una tierra que en otoño se viste de gala y de fiesta en primavera. La policromía de chopos y alisos pugnando por su intenso amarillo, junto al rojo cerezo y al ocre del roble, el castaño y ese manto de helechos que todo lo cubre, hace del otoño la época más especial en La Vera. Ya se huele el pimentón en la molienda, ya se ven las ristras de pimientos rojos colgados a secar en la solana, el tabaco en el secadero, ya se oye el rumor indescifrable de la garganta. Si además el cielo te concede la experiencia de vivir una de sus torrenciales tormentas otoñales, puedes decir, sin miedo a mentir, que estuviste en el Edén. En primavera el aire trae la fragancia de mil hierbas, penetrante olor que invade el alma, pero el más familiar es el del cantueso, al que por ahí llaman lavanda. Los bosques se engalanan con sus recién estrenadas hojas de roble y de castaño, la retama con la blanca jara batalla por ver quién es más bella y la nívea nieve del cerezo parece decir “soy efímera y hermosa, quiéreme”.

Cada vez que me voy de mi tierra siento un pequeño vacío interior. No es extraño: me voy dejando allí mi corazón.

 

 

Ya viene floreciendo la altruista buganvilla y generoso el jazmín te alegra el día con su envolvente aroma, los grandes jacarandas vuelven malva la ciudad ansiosa, y el rosal rosalea y el clavel clavelea seguros de su valía, altaneros y frágiles, efímeros y eternos. Ella prepara sus sentidos para la inminente explosión de azahar, que llena de gracia divina calles, plazas y avenidas. La fragancia de la flor del naranjo es una caricia enamorada que la piel eriza. Llegó la primavera y Sevilla la acoge con alfombra roja y voluntad de incienso, aprovechando cada minuto, cada instante, porque sabe cuán efímero es su ángel.

No han sido torpes en esta lírica ciudad al haberla elegido para sus fiestas mayores, pues estación no hay en que Sevilla esté más bella que en primavera, ni en primavera ciudad más hermosa que Sevilla.

 

Fernando Rivero

         Me gusta que llueva, dejar que el agua resbale por mi piel y me moje poco a poco, o torrencial me empape, que se apodere de mi cuerpo –yo siempre he tenido alma de lluvia- y me abrace y me regale su manantial de besos húmedos. Es una sensación que me hace sentir vivo, saber que Natura sigue ahí, que no nos abandona aunque le hayamos dado la espalda. Los que somos de La Vera no podemos concebir la vida sin agua, esos perennes lagrimales imprevisibles que la montaña llora y surcan frenéticos nuestra tierra, regalándonos la vida con su constante rumor bronco.

Tengo grabadas en mi mente tormentas memorables, que parecían querer recordarnos que los dioses también se enfadan y gustan de amedrentarnos con el rayo y con el trueno, nubes que la sabia montaña para con sus manos avariciosas para que no sigan su camino y sea sólo a nosotros a quienes regalen su elixir. Detesto los paraguas. Me gusta mojarme y que las gotas reboten por no saber ya dónde meterse, que me obsequien con sus efluvios cuando empapan la tierra. Hay olores que me alimentan: las tahonas, los jazmines y azahares…, pero nada supera el de la tierra mojada, porque no se huele con la nariz, sino con el alma.

Vengo de una tierra que en otoño se viste de gala y de fiesta en primavera. La policromía de chopos y alisos pugnando por su intenso amarillo, junto al rojo cerezo y al ocre del roble, el castaño, la higuera y ese manto de helechos que todo lo cubre, hacen del otoño la época más especial en La Vera. Ya se huele el pimentón en la molienda, ya se ven las ristras de pimientos rojos colgados a secar en la solana, el tabaco en el secadero, ya se oye el rumor indescifrable de la garganta. Si además el cielo te concede la experiencia de vivir una de sus torrenciales tormentas otoñales, puedes decir, sin miedo a mentir, que estuviste en el Edén. En primavera el aire trae la fragancia de mil hierbas, penetrante olor que invade el alma, pero el más familiar es el del cantueso, al que por ahí llaman lavanda. Los bosques se engalanan con sus recién estrenadas hojas de roble y de castaño, la retama con la blanca jara batalla por ser más bella que ella y la nívea nieve del cerezo parece decir “soy efímera y hermosa, quiéreme”.

Cada vez que me voy de mi tierra siento un pequeño vacío interior. No es extraño: me voy dejando allí mi corazón.

 

Ya viene floreciendo la altruista buganvilla y generoso el jazmín te alegra el día con su envolvente aroma, los grandes jacarandas vuelven malva la ciudad ansiosa, y el rosal rosalea y el clavel clavelea conociendo su valía, altaneros y frágiles, efímeros y eternos. Ella prepara sus sentidos para la inminente explosión de azahar, que llena de gracia divina calles, plazas y avenidas. La fragancia de la flor del naranjo es una caricia enamorada que la piel eriza. Llegó la primavera y Sevilla la acoge con alfombra roja y voluntad de incienso, aprovechando cada minuto, cada instante, porque sabe cuán efímero es su ángel.

No es de extrañar que esta lírica ciudad la haya elegido para sus fiestas mayores, pues no hay estación en la que Sevilla esté más bella que en primavera, ni en primavera ciudad más bella que Sevilla.

Fernando Rivero

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Manuel Rivero 03/25/2013 13:27

Siento tener que disentir de







Yo quizás soy de esos desarraigados a los que dices no comprender, a mi me gustan muchos sitios pero no me siento de ninguno en particular y no es por las tierras ni los campos es por la falta de identificación con las gentes que las habitan que mayormente lo que hacen es destrozarlas.

Fernando Rivero 03/28/2013 16:48

Entiendo lo que dices. De hecho, hace años aprendí que los sitios nos son en sí mismos ni buenos ni malos; esa percepción tiene que ver, más bien, con cómo te vaya a ti allí, y eso depende mucho de las personas que te rodean. Sabes bien que la sierra de La Zarza ha adquirido para nosotros un significado especial desde que mi padre la habita. Pero, aparte de eso, los lugares son algo más que las personas; son colores, olores, vivencias y recuerdos... Sé también que mi concepción de Extremadura tiene mucho de nostalgia por no habitarla regularmente, lo que no te ocurre a ti, pero yo siempre tengo añoranza y para mí significó una vía de escape y una fuente de aprendizaje en mis años de formación.

Lola G 03/23/2013 12:32

Me alegro, hijos, de ese amor a la tierra que demostrais. Supongo que en algo habremos influido papá y yo y me siento orgullosa por ello.
Nando, comparto lo que dices de la primavera sevillana y del otoño verato, que como sabes es mi estación favorita. Este año he disfrutado del magnífico otoño turingio,que me traía a la memoria el de mi tierra.
Recuerdo a D. Antonio, el del museo de Garganta,cuando decía que allí estaban sus raices telúricas y que le daban pena sus nietos, y los que como ellos eran hijos del asfalto, pues en él difícilmente crecen raices.

Antonio Jiménez 03/22/2013 11:32

Comparto esa fijación por los paisajes, el olor de la tierra mojada, las fragancias de la vida natural que se dispersa sabiamente desde la tierra generosa. También noto el anclaje profundo de las raíces que se desarrollaron en la infancia. Voy y vengo con frecuencia a nuestra tierra. Pero algo tengo por cierto. Nunca me voy del todo.

Luis Rivero 03/22/2013 12:11

Bueno, la vida es compleja y uno la vive como puede. Los romanos entendían que uno va empujando la vida hacia adelante, como el pastor su ganado, pero a veces da la impresión de que la vida viene detrás, empujándolo a uno. Con ello te quiero decir que a mí también me resulta doloroso imaginar la vida sin mis pueblos (ya sabes que yo tengo dos), pero las otras vidas hay que entenderlas en sus respectivos encuadres.

Fernando Rivero 03/22/2013 12:10

Yo sé que cada persona es un mundo -como dicen por allí, ca uno tie sus caunás- e intento ser comprensivo con otros puntos de vista, pero no puedo comprender a los desarraigados. Creo que tener un pueblo al que ir, un lugar donde hayas asentado tus raíces, es esencial y me apena que haya gente que sólo tenga una ciudad. Por eso no entiendo que el que teniendo pueblo se reniegue de él, de esa hermosura, ese rincón de libertad.

Luis 03/22/2013 11:39

No sabía, Antonio, que fueras paisano. Respecto de lo último que dices, hace años me sorprendí a mí mismo contándole a un amigo algo de Extremadura y diciendo sin pretenderlo: "Cuando vuelvo por la tierra...". Entonces me di cuenta de cuál era mi perspectiva: a Extremadura yo nunca voy, siempre vuelvo.

Luis 03/22/2013 09:59

Hermosísimos retratos olfativos y visuales, Nando. Como bien sabes, cuando llega el azahar a Sevilla a mí también se me sevillaniza el corazón.