Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
22 Marzo 2013
Me gusta que llueva, dejar que el agua resbale por mi piel y me moje poco a poco, o torrencial me empape, que se apodere de mi cuerpo –de lluvia el alma siempre tuve- y me abrace y me regale su manantial de besos húmedos. Es una sensación que me hace sentirme vivo, saber que Natura sigue ahí, que no nos abandona aunque le hayamos dado la espalda. Los que somos de La Vera no podemos concebir la vida sin agua, esos perennes lagrimales imprevisibles que la montaña llora y surcan frenéticos nuestra tierra, regalándonos la vida con su constante rumor bronco.
Tengo grabadas en mi mente tormentas memorables, que parecían querer recordarnos que los dioses también se enfadan y gustan de amedrentarnos con el rayo y con el trueno, nubes que la sabia montaña detiene y aferra con sus avariciosas manos para que no sigan su curso y nos regalen su elixir sólo a nosotros. Detesto los paraguas. Me gusta mojarme y que las gotas reboten por no saber ya dónde meterse, que me obsequien con sus efluvios cuando empapan la tierra. Hay olores que me alimentan: las tahonas, los jazmines y azahares…, pero nada supera el de mi tierra mojada, porque no se huele con la nariz, sino con el alma.
Vengo de una tierra que en otoño se viste de gala y de fiesta en primavera. La policromía de chopos y alisos pugnando por su intenso amarillo, junto al rojo cerezo y al ocre del roble, el castaño y ese manto de helechos que todo lo cubre, hace del otoño la época más especial en La Vera. Ya se huele el pimentón en la molienda, ya se ven las ristras de pimientos rojos colgados a secar en la solana, el tabaco en el secadero, ya se oye el rumor indescifrable de la garganta. Si además el cielo te concede la experiencia de vivir una de sus torrenciales tormentas otoñales, puedes decir, sin miedo a mentir, que estuviste en el Edén. En primavera el aire trae la fragancia de mil hierbas, penetrante olor que invade el alma, pero el más familiar es el del cantueso, al que por ahí llaman lavanda. Los bosques se engalanan con sus recién estrenadas hojas de roble y de castaño, la retama con la blanca jara batalla por ver quién es más bella y la nívea nieve del cerezo parece decir “soy efímera y hermosa, quiéreme”.
Cada vez que me voy de mi tierra siento un pequeño vacío interior. No es extraño: me voy dejando allí mi corazón.
Ya viene floreciendo la altruista buganvilla y generoso el jazmín te alegra el día con su envolvente aroma, los grandes jacarandas vuelven malva la ciudad ansiosa, y el rosal rosalea y el clavel clavelea seguros de su valía, altaneros y frágiles, efímeros y eternos. Ella prepara sus sentidos para la inminente explosión de azahar, que llena de gracia divina calles, plazas y avenidas. La fragancia de la flor del naranjo es una caricia enamorada que la piel eriza. Llegó la primavera y Sevilla la acoge con alfombra roja y voluntad de incienso, aprovechando cada minuto, cada instante, porque sabe cuán efímero es su ángel.
No han sido torpes en esta lírica ciudad al haberla elegido para sus fiestas mayores, pues estación no hay en que Sevilla esté más bella que en primavera, ni en primavera ciudad más hermosa que Sevilla.
Fernando Rivero
Me gusta que llueva, dejar que el agua resbale por mi piel y me moje poco a poco, o torrencial me empape, que se apodere de mi cuerpo –yo siempre he tenido alma de lluvia- y me abrace y me regale su manantial de besos húmedos. Es una sensación que me hace sentir vivo, saber que Natura sigue ahí, que no nos abandona aunque le hayamos dado la espalda. Los que somos de La Vera no podemos concebir la vida sin agua, esos perennes lagrimales imprevisibles que la montaña llora y surcan frenéticos nuestra tierra, regalándonos la vida con su constante rumor bronco.
Tengo grabadas en mi mente tormentas memorables, que parecían querer recordarnos que los dioses también se enfadan y gustan de amedrentarnos con el rayo y con el trueno, nubes que la sabia montaña para con sus manos avariciosas para que no sigan su camino y sea sólo a nosotros a quienes regalen su elixir. Detesto los paraguas. Me gusta mojarme y que las gotas reboten por no saber ya dónde meterse, que me obsequien con sus efluvios cuando empapan la tierra. Hay olores que me alimentan: las tahonas, los jazmines y azahares…, pero nada supera el de la tierra mojada, porque no se huele con la nariz, sino con el alma.
Vengo de una tierra que en otoño se viste de gala y de fiesta en primavera. La policromía de chopos y alisos pugnando por su intenso amarillo, junto al rojo cerezo y al ocre del roble, el castaño, la higuera y ese manto de helechos que todo lo cubre, hacen del otoño la época más especial en La Vera. Ya se huele el pimentón en la molienda, ya se ven las ristras de pimientos rojos colgados a secar en la solana, el tabaco en el secadero, ya se oye el rumor indescifrable de la garganta. Si además el cielo te concede la experiencia de vivir una de sus torrenciales tormentas otoñales, puedes decir, sin miedo a mentir, que estuviste en el Edén. En primavera el aire trae la fragancia de mil hierbas, penetrante olor que invade el alma, pero el más familiar es el del cantueso, al que por ahí llaman lavanda. Los bosques se engalanan con sus recién estrenadas hojas de roble y de castaño, la retama con la blanca jara batalla por ser más bella que ella y la nívea nieve del cerezo parece decir “soy efímera y hermosa, quiéreme”.
Cada vez que me voy de mi tierra siento un pequeño vacío interior. No es extraño: me voy dejando allí mi corazón.
Ya viene floreciendo la altruista buganvilla y generoso el jazmín te alegra el día con su envolvente aroma, los grandes jacarandas vuelven malva la ciudad ansiosa, y el rosal rosalea y el clavel clavelea conociendo su valía, altaneros y frágiles, efímeros y eternos. Ella prepara sus sentidos para la inminente explosión de azahar, que llena de gracia divina calles, plazas y avenidas. La fragancia de la flor del naranjo es una caricia enamorada que la piel eriza. Llegó la primavera y Sevilla la acoge con alfombra roja y voluntad de incienso, aprovechando cada minuto, cada instante, porque sabe cuán efímero es su ángel.
No es de extrañar que esta lírica ciudad la haya elegido para sus fiestas mayores, pues no hay estación en la que Sevilla esté más bella que en primavera, ni en primavera ciudad más bella que Sevilla.
Fernando Rivero