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Nos queda la palabra - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Demóstenes

Demóstenes

     También los monos tienen dedos prensiles, también las hormigas y las abejas están organizadas en sociedades perfectas para conseguir el fin que persiguen. No somos los humanos los más fuertes e invulnerables, aunque sí, quizá, los que mejor hemos sabido adaptarnos a las condiciones de vida de los distintos lugares. Los dedos prensiles y hábiles nos proporcionaron el poder de crear armas con que imponernos sobre el resto. Pero nada habría sido posible sin el logos, sin la capacidad de razonar y de compartir el pensamiento. Éste, y la posibilidad de transmitirlo, es lo que realmente nos diferencia de las demás especies.

     Conceptos unidos e indisolubles, la lengua es pensamiento y el pensamiento es lengua. Por mucho que las imágenes la intenten suplantar, ella se mantiene ahí, firme y omnipotente, como único elemento diferenciador entre personas y animales. Es ahí donde reside su grandeza: en la capacidad de dar forma a los sentimientos y pensamientos y trasladarlos de una persona a otra.

     Por ello, siendo la virtud, el talento fundamental y básico del ser humano, debemos cuidarla y mimarla hasta el extremo. Como creadora y sustentadora de la razón, debemos a nuestra lengua el mismo respeto que a una madre, porque es la que nos otorga el poder de comunicarnos, de ser algo más que una simple existencia. No me refiero a utilizar un registro excelso y elevado en cualquier circunstancia o ambiente. La pedantería no es menos vulgar que la propia vulgaridad. Todo el mundo sabe ya que hablar bien tiene que ver con la facultad de cambiar de registro cuando la ocasión así lo requiera. Lo que abunda en nuestro país, sin embargo, no es más que vulgaridad, frase fácil, pensamiento manido y predecible, improperio, lugar común y muletilla.

    No es sólo importante lo que se diga, sino cómo se diga, qué vocabulario, giros y expresiones se utilicen, con qué riqueza o qué pobreza se transmita. Es tristísimo oír hablar a la mayoría de las personas. Parece que se hubieran puesto de acuerdo en que ya no hay nada interesante que decir, nada nuevo bajo el sol, y en que no importa cómo se hable.

     Todo está relacionado: una clase política (que no políglota) cuya seña de identidad es la mediocridad, un país que hace aguas, una sociedad que ha perdido su asidero, el desprecio más absoluto por la propia lengua, es decir, por el razonamiento… ¡Qué le vamos a hacer! Ésta es la grisura que nos ha tocado vivir.

     Estoy cansado de oír a la gente hablar de las mismas cosas y con las mismas expresiones. Cuando los móviles allanaron todas las moradas, el tema de conversación fundamental versaba acerca de las compañías, las cuotas y la maldita cobertura. ¿No había otra cosa de qué conversar? Para este tipo de conversaciones ninguna respuesta mejor que aquella con la que el médico ebrio de Amanece, que no es poco reconvino al tabernero parlanchín: “Me cago en todos tus muertos, Tirso. Me cago en todos tus muertos uno a uno. La tabarra que me estás dando, virgen santísima. Pero ¿yo qué te hecho a ti, vamos a ver?" Ahora no es muy diferente, el what’s app convertido en la nueva deidad de la estulticia. Los heraldos de la nueva diosa se pasan el día repitiendo “te mando un guasa”, o sus variantes “mándame un guasa”, “¿te ha llegado el guasa?” o “¿por qué coño no me contestas al guasa?”. Pues bien, harto y cansado del tedioso what’s app y sus letales consecuencias para la inteligencia, hace tiempo decidí borrar hasta el recuerdo de que un día lo tuve. Ahora vivo en la más deliciosa ignorancia, la más apacible soledad. Llegarán otros temas estrella que ocupen el tiempo y la voluntad de la gente, y yo seguiré esquivándolos.

      En sus Tratados Morales, Séneca dice que el filósofo es el ser perfecto, el que dedica todo su tiempo a la búsqueda de la Verdad. Todo lo que aleje al hombre de eso, el trabajo y la Política por ejemplo, es, según él, deplorable. Él se lo podía permitir. Hoy en día, gracias a los medios de comunicación, televisión, móviles, internet…, la banalidad es lo que impera, la gracieta más o menos graciosa, pero siempre banal, porque no buscamos vivir, sino llenar el tiempo que nos ha sido asignado.

 

     Con respecto a la lengua, otro asunto que quebranta mi ánimo es el de las muletillas. El empobrecimiento del uso del Castellano está adquiriendo cotas alarmantes, fundamentalmente en la falta de un vocabulario rico y variado. Cuando hablas con otras personas te das cuenta de que hay frases que se repiten una y otra vez. Siempre ha habido muletillas. ¿Quién no se recuerda, con rubor, diciendo “chachi”, “guay”, “tronco” o “dabuten”, palabras que no nacen de uno, de su especial forma de hablar, aquellas que lo hace diferente del resto, sino que son impuestas por modas más o menos pasajeras. Cuando era aún más joven de lo que soy me molestaba enormemente la anteposición del prefijo “super-” a cualquier adjetivo o adverbio. Empezó siendo un elemento identificador de pijos, pero su uso se extendió superrápidamente. De repente desaparecieron como por arte de birlibirloque todos los adverbios intensificadores y los superlativos. Ya nada era muy bueno ni buenísmo, pues todo se hizo superbueno. A mí los nuevos usos siempre me cogen a contrapié, que ya sabéis que no vivo ni a la moda ni en el siglo, como diría Galdós. Por eso, cuando hace unos años escuché por primera vez “¿sí, o qué?” no me escandalizó, pero el bombardeo sucesivo –granadas arrojadas a la cara por la mayoría de mis interlocutores- me entristeció sobremanera. Gentes que yo sabía inteligentes, e incluso instruidas, cayendo de aquel modo tan burdo en ese redil lingüístico, orgullosos de ser uno más, uno de tantos.

      Ahora ha nacido una estrella, la reina magna de las muletillas, la poderosa e inconmensurable “en plan”, expresión que incita a la violencia y la náusea. Al menos a mí, me entran ganas de pegar un buen pescozón al individuo que en mi presencia mancilla mi lengua tan impunemente. Me molesta también porque su uso desmedido me impide utilizarla. De hecho, yo de vez en cuando usaba esta expresión, que es normal y aceptada en el lenguaje cotidiano. Sin embargo, no es sólo la desmesura lo criticable, sino que en muchos casos, además de las reglas del gusto y el decoro, transgreden las de la gramática. Frases como “quedamos en plan a las ocho” (cosa que he oído), me hacen dudar de que cerebro y cráneo siempre cohabiten.

     Esta falta de recursos lingüísticos lleva inexorablemente a la acritud y a la violencia. Debe de ser muy frustrante no ser capaz de dar forma a los sentimientos y pensamientos, convertirlos en palabras y frases, hilar ideas y armarte de razón al confrontar puntos de vista. Mencionar a personas fallecidas, hacer referencia al carácter vulgar y prostibulario de las madres ajenas o dejar caer la mano sobre el otro es más fácil que debatir siguiendo el hilo de un argumento razonado. Y así estamos, insultándonos a las primeras de cambio, llegando rápido, por un quita de ahí esas pajas, a ese extremo verbal a que sólo puede seguir la violencia física.

     ¡Ay! ¿Cuándo llegará el día en que las personas quieran volver a ser seres humanos la base de cuya existencia sea el razonamiento y la palabra, personas que se dediquen a cultivar el fértil jardín del logos, en vez de devastarlo cual huno enfurecido?

Fernando Rivero García

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Lola R. 01/20/2015 08:34

He tenido también hartazgo de ese "en plan" estas vacaciones y , también como tú, he recordado palabras y giros de otras épocas que ya, afortunadamente, han caído en el olvido. Por eso soy optimista, la lengua sólo se queda con aquellos cambios realmente útiles y todo lo demás sólo tiene una existencia fugaz en ella. Por cierto, no sería descabellado que algún día el castellano decidiera hacer algo con los ordinales, no digo ya que imitemos a los sajones diciendo cuarenta-y-tercero, pero sí tratar de que, al no ser tan farragosos, se extendiese su uso, no?