Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
2 Febrero 2015
Parafraseo el título del libro de John Osborne, Look back in anger, en sentido contrario, para escribir acerca de uno de los temas que, como padre y como profesor, más me preocupan, si bien lo he dejado siempre aparcado.
Entiendo que cada generación tenga sus propios iconos, códigos morales, lingüísticos y de conducta específicos, su propia visión del mundo, diferentes, claro está, en las distintas latitudes; pensar que aquellos con los que uno se crió y creció son a priori los mejores, quizá los únicos plausibles, no deja de ser egocentrismo torpe y de cortas miras. Además, los problemas fundamentales que afectan al ser humano, los sentimientos de triunfo, amor, soledad, felicidad, decepción, fracaso… aquellos que enaltecen o encogen el corazón, no difieren mucho de una época a otra.
Un profesor debe dar el máximo nivel que pueda de la materia que imparte, buscar incansable la excelencia, pero no queda ahí su responsabilidad. Muy importante me parece también su labor como tutor y guía, alumbrador de pasos y caminos. Siempre he querido influir en mis hijos y en mis alumnos, no para que vean el mundo con mis ojos, a lo cual ni aspiro ni tengo derecho, sino para que se planteen preguntas y busquen respuestas con los suyos propios, que sepan que no están aquí para cumplir etapas, cual animales, e ir viviendo cada una de ellas siguiendo las directrices marcadas. Pero ahí hay un asunto que me sume en desesperante impotencia. Siempre ha existido la ruptura generacional, basada no obstante en el conocimiento de lo que anteriormente se había hecho. Ahora, sin embargo, lo que percibo es, en general, un absoluto desprecio por lo que no esté de rabiosa actualidad, desinterés que nace de la ignorancia.
Algo parecido sucedió antaño con todo lo que tuviera que ver con la naturaleza y el campo. En los años veinte, en La Verdad sobre el Caso Savolta, Pajarito de Soto hace una reflexión acerca de la clase trabajadora que había emigrado del campo a la ciudad. Decía que el campesino era una persona iletrada que sabía mucho, no obstante, del campo y de la naturaleza que lo rodeaba: hierbas, aromas, clima… Sin embargo, sus hijos, criados ya en barrios marginales de las grandes ciudades, seguían siendo tan iletrados como sus padres, pero habían perdido, además, todo aquel bagaje e interés que éstos atesoraban.
Quien no conoce no elige. La premisa fundamental para la libertad es el conocimiento. Demasiado imbuidos en la cultura de lo efímero, atrapados por esa moda –en todas sus vertientes- fugaz y al mismo tiempo omnipotente y omnipresente, cultura de usar y tirar, la mayoría de los chicos de ahora no conceden ninguna importancia a lo que los precede. Mitad en broma, mitad en serio, a veces les digo “antes de que vosotros nacierais ya existía el mundo y había en él personas que llegaban a ser inteligentes; incluso algún genio hubo antes de que nacierais”. Y no me refiero a lo que se hacía en mi juventud, sino a Mozart, Beethoven o Louis Amstrong, a Homero, Virgilio o Lorca, a Rafael, Rubens o Hopper, a Newton, Fleming o Einstein. Curiosamente, la época de la generalización de la Educación y del acceso más fácil al conocimiento, gracias a Internet, se corresponde con la de mayor desinterés; y ello es debido a la falta de una guía apropiada. Eso me llevó hace años a escribir una charla en inglés sobre la historia del Rock’n’Roll –con la que he ido a algunos institutos-, y más recientemente a comprar para el recibidor de mi instituto un televisor donde se proyectan diariamente películas de obras de arte con música clásica de fondo. No pretendo que los alumnos se paren delante (es un sitio de paso), sino que piensen en el arte y la música clásica como algo natural, que sepan que existen.
Hay personas que han tenido la suerte de formarse en épocas de brillantez cultural, de interés y búsqueda más o menos generalizados. Por desgracia, no es el caso hoy en día. Padecemos un tiempo de oscurantismo en el que los que tocan el cielo del éxito son, en la mayoría de los sectores, personajillos de tres al cuarto que nada nuevo ni bueno ofrecen, mientras languidecen las obras de peso. Nunca ha habido tanta gente que sepa leer, nunca tan fácil leer un libro o escuchar música y, sin embargo, consagramos nuestro tiempo a la literatura más banal, al cine de argumentos y diálogos facilones, a la música más-de-lo-mismo, al rap, que hay quien ha osado definir como “poesía de la calle” simplemente porque está cargado de ripios y malsonancias tan en boga en estos días. Si éstos quieren cambiar el mundo, desde luego, no es un mundo en el que yo quiera estar.
Por el hecho de tener hijos asumimos una responsabilidad no sólo en cuanto a su crianza, felicidad y educación, sino también con respecto a la transmisión del saber, el que nosotros hayamos alcanzado, y el interés por aprender. Nos conformamos con muy poco, con que vayan bien en los estudios reglados y crezcan sanos, relegando a un segundo plano todo ese acervo que heredamos de nuestros ancestros, delegando en otras instituciones la transmisión del conocimiento. Quizá nos falte tiempo para hacerlo nosotros mismos.
Lo que más me duele de todo esto es que cuando intentas que sea de otra manera, te das cuenta de cuán poderosos son los enemigos con quienes has de competir. Creemos que la calle puede ser una mala influencia para nuestros hijos, pero el enemigo lo tenemos en casa: unos necios llamados youtubers que, a pesar de sus muchos años, se dedican a comentar videojuegos, que ya son perniciosos en sí mismos, pues acostumbran a los niños a aplicar violencia y a convivir con ella; la televisión, con series Disney que falsean la realidad y al mismo tiempo muestran el camino del triunfador -y del perdedor-, de la más rancia cultura puritana… Tenemos pánico a la droga y, sin percatarnos, la hemos metido en casa. Televisión, cine, PlayStation, Xbox, Wii, Nintendo, móvil, tablet, ordenador… Los niños disponen de una asombrosa variedad de distracciones que, sin embargo, apuntan todas en la misma dirección, entretenimientos que se han convertido en obsesión para muchos y sirven, cuando menos, para distraerlos de su propia vida. Cada vez encontramos en los institutos más casos de alumnos que acuden con falta de sueño por haberse quedado hasta la una o las dos de la mañana atrapados por una de estas distracciones. Y las personas que los rodean, la familia fundamentalmente, va perdiendo protagonismo y quedando relegada a un segundo plano.
Necesitamos poner orden en todo esto, contar a nuestros hijos que la vida es mucho más, llegar con ellos a un compromiso para que concedan la misma importancia a una cosa y a otra, porque están en edad de formación y llegarán vacíos a la edad adulta si no los sacamos, al menos a medias, del camino de la vacuidad que han emprendido.
Fernando Rivero García