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Segunda parte. Yolanda Navarro - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Segunda parte. Yolanda Navarro

    Grandes conocedores del alma humana, los griegos describieron a través de los héroes de las epopeyas y, sobre todo, de las tragedias, las cualidades de los hombres. No eran personajes planos ni sus acciones siempre previsibles. Así, el Odiseo de Troya, a la par que astuto, es presentado como un ser ladino y mezquino que condena a Hécuba, reina de Troya, a la esclavitud, habiéndolo salvado ella previamente; y con Palamedes obró con absoluta deslealtad para vengar una afrenta. Aquiles, para quien el honor era motor de la vida, abrumado por el dolor de enterrar a Patroclo, fue impío y actuó contra las reglas de la guerra justa cuando venció a Héctor. Otros no; Agamenón se mostró soberbio hasta su muerte ignominiosa y Antígona fue valiente y rebelde hasta el final.

       No hay necesidad, sin embargo, de acudir a los grandes relatos para encontrar héroes y heroínas cuya actitud ante la vida es digna de elogio y emulación. Hoy hablaré de mi amiga Yolanda, que sin buscarlo nos dio a todos una inolvidable lección de vida.

 

     No fue una amistad a primera vista. En los convulsos primeros años de carrera estábamos en lados opuestos: yo, en el grupo reivindicativo; ella, en el contrario. Algún encontronazo tuvimos. Yo ya era amigo de Belén y de Elena, pero Reyes y Yolanda no llegaron a mi vida hasta cuarto, creándose entonces entre todos un vínculo my especial. Después aprobamos las oposiciones del 92 y cada uno se fue por su lado. Un año después, quiso la buena fortuna que a Yolanda y a mí nos dieran plaza definitiva en Fregenal de la Sierra, pueblo en el que vivimos tantas cosas.

        A pesar de nuestra intensa relación durante la universidad, fue en Fregenal donde tuve un contacto más estrecho con ella, donde descubrí la esencia de esa persona maravillosa con cuyo camino los alados hados cruzaron el mío. No era su gran inteligencia ni su perspicacia, no su bello rostro de porcelana lo que más llamó mi atención, sino su inagotable vitalidad y optimismo. No había dificultad que considerara impedimento; ni siquiera obstáculo. Transformaba los problemas en retos que se afanaba en superar. Ni cuando en aquel grave accidente de coche se quebró su espalda la oímos quejarse de su infortunio, a pesar de que aquel dolor la acompañaría de por vida.

      Fortuna sonrió a Yolanda, pero también le dio la espalda varias veces; y lo hizo mostrándole sus garras y su rostro feroz, cayéndole a plomo con toda su negrura. Le hizo saber que ella es senda que se dibuja sobre el acantilado y que goza dejando caer a los humildes mortales. Ni en el sol radiante ni en los negros nubarrones actuó Yolanda con aspavientos, la modestia y el coraje sus señas de identidad.

       Hace unos años recibió una visita indeseable, que vino a decirle que habría de afrontar otra prueba, la más dura y salvaje. “No pudo contigo la bestia innombrable” escribí, porque el cáncer te mata en vida si lo temes, si te muestras débil ante el aciago pronóstico. Creo poder decir sin errar que cuando Yolanda más viva se sintió no fue en la universidad, joven y lozana, ni en Michigan, ni en Fregenal, sino cuando se supo con fecha de caducidad. No pudo la bestia con ella porque no se dejó matar antes de que su hora fuera llegada, porque decidió vivir, vivir aspirando la vida a bocanadas, con esas ansias de tiempo que confiere la falta del mismo.

         Se sumergió en esa filosofía oriental que tanto le gustaba, aprendió y practicó, cual Amazona, el tiro con arco y se dedicó a dar a sus hijos todo el amor que guardaba. Aún tuvo fuerzas para seguir siendo el bastión de su casa, ese pilar imprescindible que todo lo sustenta. Jamás la oí quejarse de los malos trances por los que la vida le hacía pasar, jamás de los dolores y fatigas de una enfermedad que devora tus huesos. Sólo su eterna sonrisa roja nos mostraba, la palabra de ánimo y aliento, la frase esperanzada. Debieron de ser duras sus horas de soledad, pues no era el suyo el optimismo inconsciente de quien no sabe lo que le viene encima, sino la certeza de que el tiempo que le quedara lo viviría mejor si arrostraba el cáncer, la vida y la muerte; no sabía cuánto tiempo permanecería en el mundo, pero sí que iba a ser un tiempo de calidad, para ella y para los suyos. Ella era demasiado fuerte como para quedarse abatida en un sillón.

 

      Hace ya cuatro años que Yolanda partió. La vi dos días antes de morir y, con todo perdido, aún hacía planes de viajes, planes de vida. Parecía ser la única que desconocía su situación, pero, ay, sí sabía lo que el futuro inmediato le deparaba. He ahí su grandeza, pues no era un optimismo impostado para levantar el ánimo de su gente, sino un afán de lucha por vivir, la firme proposición de entregar su vida sólo tras su último aliento.

        Lo importante no es lo que lleves, sino lo que dejes. Nada hay más absurdo que acumular riquezas como principal objetivo, pues cuando partamos, lo haremos tan desnudos como los hijos de la mar. El equipaje para ese último viaje ha de ser intangible e invisible: todas tus experiencias, tus reflexiones, tus avatares, el cariño recibido… el tiempo vivido. Pero tan importante como el bagaje que atesores es el legado que dejes, la imagen con que se te recuerde, las pequeñas o grandes cosas que hayas ido repartiendo a lo largo de tu estancia. Lo demás se perderá como un anillo que cae al agua cuando ardas en la pira o te pudras en la tierra.

      Para mí el legado de Yolanda es inconmensurable: nos enseñó sin palabras que vivir es la meta y amar, el único camino posible hacia ella; sé que su vida mereció la pena, porque cada vez que pienso en ella, una sonrisa dulce se dibuja en mi cara.

 

 

Fernando Rivero García

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