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Primera parte. Pellizcos robados - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Emilio Prieto. Penélope esperando a Ulises.

Emilio Prieto. Penélope esperando a Ulises.

       Cuando la vida nos sonríe, nos creemos merecedores del regalo, porque han sido nuestras buenas acciones las que por fin han dado su fruto; si se vuelve esquiva y adversa, maldecimos hasta el día en que nacimos y reprochamos a esos entes abstractos que son Vida y Fortuna que nos hayan dado la espalda. Imagino lo mucho que se deben de reír ante tan absurda queja.

       Ellas están ahí para darte una de cal y otra de arena, para un día elevarte al Olimpo y otro sumergirte en el Averno; y te fastidias. Cuando caes, sólo te queda una salida: levantarte. Y si cien veces pruebas el sabor del lodo, cien veces te alzas sobre tus pies y, erguido, las miras a la cara. La otra opción, lamentarte mientras te arrastras por el suelo, sólo conduce a la autocompasión y a la miseria.

       No es malo que la vida te revuelque, no es malo probar el infierno un rato. Uno crece más con la fusta y la embestida que con la caricia y la cálida sonrisa de la vida. Es lógico. Si las cosas van bien, no te planteas nada; simplemente vives y te dejas llevar mientras levitas. Son los malos momentos los que conducen a la reflexión y al cambio, al endurecimiento y a la fortaleza del espíritu. No me estoy refiriendo a la actitud del estoico ni a la resignación católica, posturas con las que no se busca el cambio ni la mejora. Sería, más bien, una actitud activa y beligerante contra la nueva situación, la que subyace en “cuando una puerta se cierra otra se abre”, puerta que nadie va a abrir por ti. El infierno escribe con tinta indeleble en tu alma, pero tenemos la obligación de intentar salir de ahí, buscar la luz en vez de regodearnos en nuestro infortunio y vivir una vida de eterno lamento. No es el infierno el que confiere fortaleza al espíritu, sino la huida del mismo, esa lucha dura y constante con y contra ti mismo.

      Es cierto que hay malas rachas y que algunos nacen estrellados, pero no lo es menos que uno es dueño de su propio destino, uno es quien diseña el rumbo de su vida, los caminos que serán por él mismo transitados. La gran diferencia entre el que nace con estrella y el estrellado tiene que ver con la voluntad de cada uno, con su distinta manera, positiva o negativa, de afrontar la vida y enfrentarse a los problemas. Las embestidas son a veces de tamaño calibre e intensidad que es difícil recomponerse, pero lo será siempre más si te quedas lamentándote.

      Me sorprendió la facilidad con que León el Africano pasaba de la riqueza a la esclavitud y otra vez a la riqueza, las vueltas y revueltas que dio su vida, cómo llegó a lo más alto y también se hundió en los pozos más profundos y cenagosos. Y siempre siguió adelante. Sin embargo, el personaje que más me fascina es Odiseo, símbolo del amor por la vida. Lo lamentable para él no eran los golpes con que ésta lo sorprendía. De hecho, él los buscó más de una vez; otras le vinieron sin ser llamados. Pero a todos les sacó partido, de todos aprendió. Él sabía que la riqueza más preciada que atesoramos es aquella que guardamos en el alma, aquella que no podemos inscribir en ningún registro de la propiedad y, sin embargo, llevamos siempre con nosotros, tesoro que jamás nadie nos podrá arrebatar, el único que nos llevaremos al mar. Cabal como era, Odiseo no tenía prisas; quiso beberse la vida sin atragantarse, mas sin dejar de beber, robarle a cada día un buen pellizco y guardarlo a buen recaudo.

       Hoy tengo ganas de haceros un regalo, ¿y qué mejor que un canto a la vida? El que sigue es el comienzo de “El Regreso”, la última leyenda de De Prometeo a la Guerra de Troya”, que os escribo con el permiso de Alianza Editorial, que es quien lo tiene publicado. Como veréis, esta historia está escrita con ritmo marcado y rima interna. Espero que la disfrutéis.

El regreso (ὁ νόστος)

“Canta el hombre la historia de aquel que vagó por el mundo, sin más equipaje que el ansia de vida, querencia del alma atrevida que sabe pagar el peaje, tributo violento y salvaje: el abismo profundo, el fuego que abrasa y derriba, la muerte cruel, buscada y temida, el golpe brutal que te envía al Averno. Es bueno probar el infierno, volver otra vez a la vida y el día que venga a buscarte la hiriente guadaña, partir con el alma repleta y el dulce sabor que en la boca deja saber que has vivido, que ha merecido la pena tu estancia en el mundo.

Nadie conoce su fin, el destino fatal que las Parcas reservan al hombre mortal, pero escrita en el aire con hilo de oro invisible, cual tela de araña, te espera escondida la muerte, a ti que te crees invencible, al que piensa que engaña a la suerte y busca en la tierra la vida infinita. Infeliz, es morir no saber que destino y camino es lo mismo. No importa la meta, que siempre es el mar, ni el pasado que dejas atrás, sino sólo la senda que pisas ahora.

Odiseo sabía que ser inmortal era dar importancia al momento vivido, a cada avatar padecido, al amor que se va como viene, al frasco de esencias y mieles del bien y del mal, lo trascendental confundido con lo cotidiano, las cosas sublimes y lo habitual, de la mano. No quiso el sabio viajero pasar sin robar un pellizco a la vida, no quiso sentir en la noche el profundo lamento, las brasas que queman por dentro al saber que ese día murió sin haber entregado la cuota debida, pues para Odiseo dolor más grande no había, herida mayor que perder en nostalgias absurdas el tiempo.

Diez años tardó en recorrer la distancia entre Tróade e Ítaca. ¿Acaso buscaba un camino, aunque largo, seguro? ¿Añoraba la gloria y la fama? Odiseo tan sólo anhelaba la felicidad.

 

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Buenas noches.

Fernando Rivero García

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Elena V. 12/03/2014 20:04

Me gusta esa visión de la vida y me ha encantado el término ensoberbecerse que ha utilizado Luís, intento aplicarla en el día a día y rodearme de personas que también la comparten pero desgraciadamente hay mucha gente que no anhela la felicidad y por lo tanto no la reconoce cuando se le otorga.

Luis 12/04/2014 10:26

¿Cómo puede no anhelarse la felicidad? Tal vez cada uno le pone un nombre, un disfraz, un rostro diferentes, pero no creo que haya persona que no la busque por encima de todas las cosas. Eso sí, la vieja sabiduría insistía en que la felicidad nunca puede ser un estado permanente sino instantes que desde luego sí que pasan desapercibidos para quienes andan buscándola en otras partes. Recuerda aquel poema de García Calvo que empieza: "Juraría que he sido feliz / una vez en la tierra, / pero tú no lo sepas, mi alma, / pero tú no lo sepas".

Luis 12/02/2014 14:33

Muchas corrientes filosóficas antiguas insistieron ya en esa necesidad de lo que en griego llamaron "metriotes": la capacidad de no ensoberbecerse cuando se está en la cresta de la ola ni de humillarse cuando ésta te está revolcando. Es una aspiración de la sabiduría, o tal vez sea una de sus mejores formas de manifestarse.