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Los nuestros y los otros - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero García

Senegal. Lago Rosa.

Senegal. Lago Rosa.

Letra en castellano: http://www.lluisllach.cat/espanol/marona.htm

Artículo publicado por L.R.G. en la revista PENCONA 4 (2008)

 

     En mi aportación a la última entrega de esta revista terminaba yo haciendo referencia a los sobrados motivos de orgullo y amor propio que cualquiera puede tener por haber nacido en Extremadura. No quiere eso decir, sin embargo, ni que esas ventajas sean algo que cada uno de los extremeños se merezca por el simple hecho de haber sido alumbrado en tales tierras, ni que las excelencias de Extremadura sean más numerosas o mejores que las que otros pueblos podrían aducir en su defensa: yo simplemente siento la inmensa suerte de que me haya sido dada una tierra semejante, y ello tanto más cuanto mejor voy conociendo las maravillas de otros lugares y otras gentes.

    El amor propio, en efecto, no está reñido con el reconocimiento de las grandezas ajenas, y sospecho que hace mejores migas con espíritus humildes, conscientes de sus necesarias limitaciones, que con la soberbia localista que tiende a exaltar lo propio por miedo a confesar que ignora – y por tanto teme – cuanto lleve título de ajeno. Y, sin embargo, cada día nos vemos enfrentados a la necesidad de dar la talla en este reconocimiento de lo extranjero. Nuestras sociedades de hoy – como, en el fondo, las de casi todos los tiempos en esta vieja y querida Europa – asisten al fenómeno del contacto forzoso con lo foráneo, con esas personas llegadas de otros mundos – a veces muy lejanos, a veces significativamente próximos – y que llenan nuestras calles de sonidos diversos, de nuevos colores y olores, de hábitos y prácticas que atraen nuestra alegre curiosidad pero también nuestro preocupado recelo.

     “La diversidad es riqueza”, suele decirse con sobrado fundamento: hay quien lo cree en sus adentros; en su defecto, sería bueno que quienes no consiguen sentirlo así al menos consideraran sus ventajas prácticas, para ellos y para sus descendientes. Porque es evidente que no siempre resulta fácil administrar esa riqueza de lo diverso, siquiera sea porque habitualmente ésta viene revestida de pobreza: rara vez surge el debate sobre la inmigración si no es vinculado a fenómenos de miseria en sus diversas manifestaciones. Nos molesta ese otro cuando su aportación más inmediata a nuestras vidas consiste en poner al descubierto lo que no queremos ver, lo que por distintas razones no nos agrada ver. Cuando tal cosa me sucede, tiendo a hacerme planteamientos como los que ahora comparto con ustedes.

      En primer lugar me hago ver que la primera desdicha de tales personas radica en el mismo hecho de estar aquí, esto es, de no poder disfrutar de su tierra y de sus gentes. No hay lugar en el mundo que a lo largo de un día no ofrezca algo que merezca ser añorado: una música, un paisaje, un alimento, el olor de un mercado, la luz de una puesta de sol… También viene a mi conciencia en tales casos una terrible evidencia: buena parte de la miseria que lanza a estas gentes a la aventura de una nueva vida es fruto de los errores – inconscientes pero también conscientes – de nuestra vieja Europa o, en todo caso, de este llamado Primer Mundo. Asimismo, no puedo evitar recordar cuántas veces en los últimos dos mil años nosotros mismos hemos sido inmigrantes en otras tierras y hasta qué punto la inextricable maraña de nuestro mapa etnográfico no nos permite decir ese “nosotros”, ese “nuestro” sin un honesto vértigo: ¿quiénes somos “nosotros los europeos”? ¿A qué gentes nos referimos con “españoles”? ¿Podría usted asegurar cuál es su raza como “extremeño”? Y, una vez que deliberadamente he concretado en nuestro paisanaje lo que inicialmente era un indeterminado “nosotros”, me permito incluso recordar que los extremeños seguimos siendo un pueblo de emigrantes: no tengo noticia de otro pueblo español que tenga más miembros fuera que dentro de sus fronteras. Es cierto que ya quedan en el – duro – recuerdo de los que vamos para viejos las escenas de los parientes que partían para Suiza, para Francia, para Alemania…, emigrantes que en aquellos países también sufrieron el recelo, cuando no la hostilidad, que ahora comentamos, y ello por motivos parecidos: éramos católicos, comíamos ajo y no nos asimilábamos a sus costumbres, horarios, vestido... Sin embargo, la emigración interior ha quedado tan naturalizada en nosotros que aún hoy damos carta de normalidad a la marcha de nuestros jóvenes a otras zonas de España. Extremadura y otras regiones como Andalucía y Galicia no han hecho suficientemente visible aún el drama de su gran diáspora, organizada a mediados del siglo pasado y mantenida con esmero hasta el día de hoy. Porque no se trata del resultado de decisiones individuales, como podría hacerse ver, sino de una estrategia de Estado mediante la cual se han ido vaciando comarcas enteras, desposeyéndolas de unas gentes que, por edad o por inquietudes, habrían podido contribuir mucho mejor al bienestar de sus vecinos. A cambio y bajo el pretexto de la aportación a los intereses generales de la nación, esta emigración ha servido y sirve al sostenimiento de proyectos políticos de largo alcance, como el robustecimiento de la capitalidad de Madrid en el conjunto de España, de una parte, y el acallamiento de voces malcontentas en zonas como Cataluña y el País Vasco, de otra. Algún día habremos de poner precio a nuestra contribución colectiva.

      La fortuna de mi profesión me ha traído por estos meses a las calles de la vieja y siempre hermosa Roma. Aquí, junto al afecto y cercanía de sus gentes, me ha tocado también contemplar la creación artificial de un discurso social rancio y repetido hasta la hartura (el mismo que en la España de hace algunos años) pero no por ello menos eficaz en su objetivo de encender fuegos entre los pueblos. Cuando hay problemas y descontento internos, fruto en buena medida de las propias incapacidades, nada mejor que mirarnos en el espejo deformado de los otros y proclamar nuestra hermosura.

     Ésta es la razón que hoy me ha llevado a hablarles de razas, de tierras, de gentes; a proponerles que, en su fuero interno, consideren hasta qué punto en estas personas (porque “necesitamos brazos y nos llegan personas completas”, como alguien con justificada ironía recordaba aquí en Italia) vemos nuestra propia imagen; a insistirles en que cualquiera de ellos podría dejar constancia de su “suerte” por haber nacido entre los Andes bolivianos, junto a una playa pacífica del Ecuador, en el entramado laberíntico de una aromática ciudad de Marruecos, sobre los llanos y valles ricos en vida de las tierras del Senegal, y que su aspiración más alta no es otra que volver allí algún día, agradecidos y felices, como nosotros bendecimos cada llegada a nuestra querida Extremadura.

Luis Rivero García

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