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Memoria apócrifa de un emperador verato - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Memoria apócrifa de un emperador verato

Artículo publicado por F.R.G. en la revista PENCONA 10 (2014) 

 

          Cansado de tanto ir y venir, de tantas guerras y capitulaciones, tantos avatares, sumido en tristeza tal que ni vestigio quedaba de aquel hombre que había abanderado la cristiandad -el más poderoso desde Carlomagno-, víctima de una enfermedad que hasta las ganas de vivir robaba, decidí que otros tomaran las riendas del indomable caballo de la Historia. A mí, soberano de los Países Bajos, rey de Castilla, de Aragón y de Navarra, rey de Nápoles y de Sicilia, archiduque soberano de Austria, rey de romanos,  emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, soberano de las tierras conquistadas en las Indias y otros muchos títulos que recordar no puedo, las posesiones por las que tanto había luchado comenzaron a pesarme como una losa insoportable y decidí abdicar en mi hermano Fernando y en mi hijo Felipe.

          Convoqué, pues, a mi Consejo y dicté instrucciones muy precisas para que satisficieran mi anhelo: debían enviar emisarios por todas mis tierras, incluidas las lejanas Indias, para hallar el paraíso en la Tierra, un lugar donde terminar mis azarosos días en paz y sosiego. Cincuenta fueron los buscadores del Edén, cincuenta hombres afanados en encontrar la Belleza y ganarse así un lugar en la Historia, cincuenta pacientes oteadores que se demoraron año y medio en volver.

          “Majestad”, informó mi secretario, “desde el Rin hasta las Indias muy hermosas son las tierras de su Imperio, merecedoras todas de ser cuna y sepulcro de cualquiera, mas muy cerca de aquí, en las extremeñas tierras que hay a la vera de Plasencia, allá donde Gredos comienza su declive, hemos convenido que se halla el Edén. No busquéis otras tierras más lejanas”. “Partamos en el acto; deseoso estoy de conocerlas”. “El problema, Majestad, es que por ahora son cuatro casuchas, nada digno de tan excelso Emperador, pero al oeste se emplaza un monasterio de los Padres Jerónimos, de Yuste lo llaman, y al este se encuentra el palacio de los Condes de Oropesa, que se complacen en alojaros mientras se hacen en el monasterio las obras necesarias para adecuar las estancias a tanta grandeza”. “¡Qué contrariedad! Si ése no ha de ser mi destino, séanlo pues Yuste[i] y sus fragancias”.

          Dispusiéronlo todo. El 25 de octubre de 1555, en Bruselas, abdiqué en Fernando y en Felipe y libereme del peso del cetro y la corona. Un viaje en barco desde Flandes a Laredo y media península me separaban de mi ansiado retiro, pero la partida aún se demoraría un año. Tras la tediosa espera, embarqué y recorrí la distancia infinita, ávido cual muchacho que despierta a la vida.

          Llegué con mi séquito por fin a Tornavacas, donde nos esperaba una última dificultad: la Sierra de Tormantos. El miedo se apoderó de los fornidos porteadores cuando la vieron, pues sabían que el ocupante de la litera leve no era y conocían mi desmedida voracidad, que la gota… de la lluvia no me vino. Temblaban cuando veíamos una vacada porque sabían que daría buena cuenta de alguna.

          La subida me alegró el alma. Tormantos es una sierra preñada de vida, de inagotables fuentes y vegetación generosa. A medida que nos acercábamos a la cuerda aumentaba mi ansia, pues sabía que tras ella me aguardaba el paraíso, la tierra que me regalaría paz y ventura. Si el esplendor del Jerte no había sido elegido, La Vera sería sin duda la plenitud. Al llegar a la cuerda viví uno de esos grandes momentos. Poder abarcar a un tiempo los dos valles y dejar que la vista se pierda en lontananza es experiencia por la que merece la pena vivir. Desposeído de todo el poder y las cargas, mas con poder para ver la magnificencia de la obra del Señor, ese día me sentí omnipotente. Al descender supe que me hallaba a las puertas del Cielo. No, no se habían equivocado los emisarios: La Vera es mi lugar en el mundo. Este periplo se convirtió, sin yo saberlo, en un viaje hacia mí mismo y decidí despojarme de todo el boato de la Corte para mimetizarme, ser uno más de las gentes del lugar.

          Por fin llegamos a Jarandilla. Todo el pueblo salió a la calle para recibirme y aquí y allá habían escrito en las paredes con grandes letras “Viva los quintos del 56”. Muy feliz me hizo tal recibimiento y les perdoné el error –que yo en España era Primero y no Quinto-, porque sabía que era la ignorancia y no la mala fe lo que los movía.

          Mi relación con Fernando y Beatriz, condes de Oropesa, fue excelente, pero no exenta de la pompa y la distancia que yo ya aborrecía, por lo que resolví tomar como ayuda de cámara a Jesús Padrón, un labriego de ese pueblo en ciernes que yo habría querido como destino. Él me acompañaría a todas horas y me mostraría la esencia de La Vera.

          Fueron meses maravillosos los que viví en Jarandilla. Me levantaba antes que el sol porque sabía que el alba me traería nuevas emociones. Con Jesús descubrí los secretos que guardaba la sierra. A pesar de mis limitaciones físicas, nos perdíamos en los exuberantes bosques de robles y castaños, cogíamos orégano, tomillo y cantueso y nos refrescábamos en las cristalinas aguas de Jaranda, allá en los dominios de Santa Bárbara[ii].

          “Chuchi[iii], llamé a mi ayudante, “hoy quiero deleitarme con las viandas típicas de esta tierra. ¿Qué propones?” “Majestad, podemos ir al vecino Losar para probar sus exquisitas patatas y sopas y su sin par magro con pimientos. Son pitanzas novedosas, con productos recién traídos de las Indias”. “No, Losar[iv] no, que ésos son hijos de Francisco[v], y de Francia he tenido ya bastante”.

        Así pasaron los meses, entre la soberbia formalidad de unos condes agasajadores y solícitos y la llaneza del pueblo. “Muy a nuestro pesar”, dijo Fernando, “las obras en el monasterio ya están acabadas. Sabed, no obstante, que nada nos complacería más que teneros aquí para siempre. En Jarandilla habéis convivido con gente de bien, la mejor, mas no podemos asegurar que ello sea así en otros lugares de la comarca”. “Sabemos, Conde, que aquí se encuentra la flor y nata de La Vera –bien nos lo hacen saber los jarandillanos[vi] a diario-, pero estamos seguros de encontrar buena gente allá donde vayamos”.

          Partimos, pues, y otra vez una infantil avidez se apoderó de mi alma al sentirme tan cerca de Aldeanueva. Cruzar San Gregorio es un placer para los sentidos que, amalgamados y confundidos, me hacen oler a verde y ver el frescor en la hilera de chopos y alisos que marcan la senda del agua. Se me escapó una lágrima rebelde cuando entré en el pueblo. Me sentí un privilegiado a quien Dios había regalado la visión de tales paisajes: Tormantos henchido a la derecha, acogedor y a la vez amenazante, la frondosa espesura de los Tres Picos a la izquierda y, más allá, la amplitud del valle y el monte fragoso[vii]. Me dije: “no hace falta poder para disfrutar de tu obra, Señor” y sin darme cuenta deseé en voz alta: “¡que la ostentación jamás hurte esta divina visión a las penetrantes miradas!, ¡que esta idílica villa nunca pierda su belleza, no haya casas que destruyan su esencia ni se deje de mimar la magnificencia de estos árboles que la amparan!”. “Soñad, Majestad, que es gratis[viii], me exhortó Jesús, socarrón e insolente.

          Me demoré en Aldeanueva una semana atraído por el carácter de sus habitantes, entrañables, solícitos y acogedores, al tiempo que vehementes y altaneros, buenas personas que no se permiten la holganza, pero saben disfrutar de los placeres de la vida, tan rudos, eso sí, que propuse llamarlos “pencones”, concediéndoles el permiso para poder inventar la etimología que más les complaciera. Son gente de verdad, acordes con la belleza del pueblo que habitan, personas humildes y sin pretensiones que miran la vida de frente y de frente resuelven sus disputas. De nada presumen, aun pudiendo, mas ese pueblo y sus gentes son de los que merecen la pena.

          Partí con dolor, pero al llegar a Yuste se disipó mi angustia, pues supe que ése era un magnífico lugar para vivir, y para morir. Tontos nunca han sido los monjes y tampoco se han equivocado al construir el monasterio en aquel rincón perdido de la mano del hombre, mas cercano a la de Dios. Estampa inolvidable, no fue la majestuosidad de los castaños lo que más llamó mi atención, sino los intensos olores a monte frondoso, a paz. Ya no volví a salir de su contorno sino para ir a la bellísima villa de Cuacos o a la no menos hermosa de Garganta la Olla. Mis días transcurrían en esa anhelada armonía con la que buscaba estar en paz con Dios, sólo alterada por la presencia del travieso Juan[ix], el hijo que he tenido con Bárbara Blomberg, a quien aquí todos llaman Jeromín. Siempre anda metiéndose en líos con los cuacareños y éstos lo perdonan porque saben que tiene buen fondo, y porque su padre es el Emperador, claro. Pero una vez los rapaces del pueblo le devolvieron todas juntas las trastadas que les hacía. Creí que me lo habían matado y mi ira hizo temblar los cimientos del monasterio. Estaba dictando instrucciones para el memorable castigo contra Cuacos, cuando se presentaron ante mí los padres de los insolentes mozos para pedir perdón. Mas compasión no podía haber ante tamaña afrenta. “Majestad, venimos a presentaros nuestros respetos y a solicitar vuestro perdón en nombre de nuestros hijos, a los que ya hemos molido a palos nosotros mismos”. “No puede ser. Habéis ofendido al Emperador y eso no tiene remedio. Preparaos, porque haré justicia”. “Pero, Majestad, hemos traído unas pencas con todo el vino que hay en el pueblo, con el que sabemos que Su Majestad tanto os holgáis, y queremos obsequiároslo para desagraviaros”. “¿Vino? Me place, me place. Bien, viendo vuestra generosidad y sabiendo que los cuacareños en el fondo sois buenas gentes, decido en este momento perdonaros y llamaros “perdonaos” para que en los venideros siglos no olvidéis jamás esta afrenta ni la bonhomía con que la habéis resuelto”. “Pero, padre”, protestó Jeromín, “si me han dejado los dos ojos a la virulé y no hay hueso que no duela”. “Calla, hijo, que éste es vino de calidad y la gente de Cuacos mala no es, sino lo contrario. Nunca me ha gustado castigar a la gente buena. Y has de saber una cosa importante: en Cuacos obra como quieras, que para eso eres mi hijo, pero guárdate de ir a Jaraíz[x], que ésos son muy brutos y no se les da un ardite que yo sea tu padre. Tengo grandes planes[xi] para ti y no quiero que te descalabren tan joven”.

          Y así ha transcurrido mi vida, entre las chanzas de Juan y las oraciones con las que cada día me siento un poco más cerca de Dios, en estas tierras por las que un día corrieron desnudos nuestros primeros padres, yo cada vez más grave en mi fuero interno, pero más humano, menos emperador y más hombre. Eso me han enseñado los veratos entre los que he querido confundirme, que la grandeza nace de dentro y no de los títulos que uno atesora.

        Hoy 21 de septiembre de 1558, con la sangre hirviendo por la fiebre que provoca el paludismo, siento que la vida se me escapa y mi alma pugna por salir del cuerpo. Preparado estoy para la muerte. He hecho cuanto un hombre puede hacer, he tenido cuanto se puede tener, he luchado por mi Dios hasta el último aliento y he sentido su poder. He sido personaje y sólo me faltaba ser persona; La Vera me ha regalado tal privilegio, pues vine Emperador y me voy Carlos. Ya estoy dispuesto para ti, Señor, ya mi alma anhela emprender el largo viaje que me aguarda para estar en tu presencia; pero largo no ha de ser, porque hace ya un tiempo que vivo a las puertas del Cielo.

 

Fernando Rivero García

 

 

[i] Monasterio Jerónimo emplazado en el término de Cuacos de Yuste.

[ii] Guijo de Santa Bárbara, bellísimo pueblo que, entre bosques de robles y castaños, corona la sierra.

[iii] Diminutivo pencón de Jesús, nombre común en el pueblo.

[iv] Pueblo verato del que emigraron muchos hombres a Francia.

[v] Francisco I, rey de Francia y enemigo de Carlos V.

[vi] Jarandilla, bello pueblo que sabe que lo es.

 

[vii] Monfragüe.

[viii] Ninguna de tales cosas se han cumplido. Grandes mansiones ahora hurtan dicha vista.

[ix] Don Juan de Austria.

[x] Uff, peleas allí, las precisas.

[xi] Juan de Austria comandó la flota contra el Turco y venció en Lepanto, Grecia, donde el otro perdió su mano.

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manuel 09/08/2014 08:42

Ha sido un placer leerte. Mi enhorabuena por haberlo publicado en esa revista, y por el relato en sí, ya que es pura y buena literatura.
Un abrazo.