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María - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero García

María

Artículo publicado por L.R.G. en la revista PENCONA 8 (2012) 

I

   Seguramente nunca fue feliz. Resulta sin embargo aventurado sostener que su infancia no conociera la mejor de las formas de felicidad: la que no se sabe. Podemos, pues, suponer razonablemente que su niña conoció la dicha del agua fresca en las tardes largas del verano, del olor del monte en la otoñada verde y ocre, el consuelo de la amistad de otras niñas y aun los azares del dulce desasosiego de unos ojos oscuros devorando su mocedad. No nos es dado, sin embargo, seguir imaginándole otros gozos más propios de “aquellos a los que los que los dioses tratan con cariño”, como dijera la sabia ironía del griego Simónides. A María, más bien, los dioses la dejaron estar, practicando en ella ese estremecedor ejercicio que nuestra torpe inteligencia ha dado en denominar saña pero que quizá obedezca a más altos y oscuros designios. La historia que ahora empiezas, lector, es simplemente triste.

 

II

      María vivió en tierras extrañas aunque hospitalarias, pero su condición de forastera la acompañó siempre entre sus convecinos. Su manera de vestir – de negro implacable de viuda a pesar de los muchos años transcurridos – apuntaba hacia su origen. También lo recordaba su hábito de pasar largas horas en los campos, recogiendo aquí y allá hierbas y elementos que en sus últimos tiempos eran parte considerable del sustento y de las curas de su cuerpo. Su carácter cerrado, retraído y poco dado a las charlas callejeras de comadres apuntaba también a su infancia cimarrona. Era aceptada por los otros, pues jamás había dado motivo para la queja, pero esa aceptación conocía poco de afecto y estaba entreverada de recelo: María fue la encarnación misma de la tristeza, que no es buena embajadora.

 

III

     Su infelicidad tuvo mil fuentes, aunque es posible que no la menor de ellas procediera de sí misma, de su renuncia a la luz y de su perseverancia en el dolor. Comoquiera que fuera, sin embargo, aquellos otros manantiales afluían sobre su vida encenagándola: si todos sus años en compañía de Manuel habían sido un ejercicio de penuria y estrecheces, la muerte de su hombre reforzó las angustias dejando a María al cuidado solitario de sus hijas sin más recursos que una mísera pensión ni mayores perspectivas que alcanzar sin sobresaltos una nueva jornada. La enfermedad de Manuel, además, había venido consumiendo el ya mermado espíritu de aquella casa oscura, dejando a su final una mujer desamparada y dos chiquillas con desigual horizonte.

 

IV

     Porque Martina siempre fue la pequeña. Lo era por haber nacido un par de años después que María Encarna, pero más aún porque la poquedad de sus luces y su pobreza de carácter la convertían en objeto de cuidado para toda la familia. Durante su infancia ya dio signos de limitación, que no obstante quedaban disimulados entre las restricciones propias de los pocos años. Cuando ya se esperaba de ella la palabra – su interpretación de las cosas –, Martina ofreció señales inequívocas de conformarse con que las cosas fueran lo que quisieran ser y de avenirse ella a los caprichos del mundo. Aun así, esta docilidad escasamente voluntaria encontraba el contrapunto de la entrega de cuantos la rodeaban: puesto que la niña no pedía nada y nada osaba, todos se volcaban en mimarla y en proteger sus pasos. Y así fue creciendo Martina durante los años de escuela, en los que pasó por las aulas como se recorren los estantes de un comercio que nada ofrece que pueda interesarnos.

 

V

     María había abrigado, sin embargo, alguna esperanza de hallar para Martina acomodo al lado de algún hombre, que tanto se nutre el matrimonio del miedo a la soledad y al desvalimiento. Pero aquella eventualidad no tuvo ocasión de realizarse. El silbido afilado de un relámpago vino a cruzarse en el estrecho camino de Martina. Una mañana, mediando el otoño, sobresaltaron el sueño de María Encarna los tristes ayes de su hermana en la cama vecina. Una apendicitis – según vino a saberse – había torturado su descanso. No quisieron los dioses concederle el desenlace que reservan para tantos y tantos en tal trance: tras varios días de imposible convalecencia moría Martina ante el incrédulo espanto de las suyas.

 

VI

      María no quiso resignarse. Por vez primera en su vida optó por no aceptar lo que le había sido dado, aunque adaptó su rebeldía a las únicas armas que alguna vez supo manejar: el llanto y el lamento, y hasta osó adentrarse en la denuncia. A partir de ese día pasaba la mujer sus horas llorando la muerte de su hija con una única obsesión: “¡Que no s’ha muerto! ¡Que me l’han matao!”. Trataban las vecinas de consolar su duelo, de empujar a María hacia sus preocupaciones cotidianas, aplicando en ello ese tesón brutal con que solemos espantar el luto de los que nos rodean. María tardó en avenirse a aquellas razones, y pronto las mujeres la dejaron, resignadas y dolidas por empeñarse aquélla en un dolor que incomodaba a todas.

 

VII

     No hay mucho más que contar de la vida de María. Rumió la negrura de sus muchas penas durante veinte años más, y ni la relativa prosperidad de María Encarna ni las risas de sus nietos consiguieron reconciliarla con el mundo. Ayer enterraron a María. Cuando el sepulturero extrajo los huesos de Martina para hacer acomodo a su madre en las estrecheces comunes del nicho, distinguió con sorpresa un objeto ajeno a la osamenta y lo mostró a María Encarna: eran unas tenacillas quirúrgicas. María no pudo verlas, pero sí había sentido su angustioso y perpetuo pellizco durante un tercio de su triste vida.

 

Luis Rivero García

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Elena V. 05/19/2014 19:39

¡Que historia más triste! Qué pena estar incapacitada para ser feliz y asumir una vida oscura lo que algunos describen como un valle de lágrimas. Ni siquiera pudo saber que tenía razón, supongo que el saberlo no le habría cambiado su manera de entender la vida pero al menos la habría reconfortado.Cuántas personas viven inmersas en la tristeza, agobiadas por las cosas más triviales, como dice mi madre "creándose mala sangre". Qué desperdicio de sentimientos!!

Luis 05/19/2014 20:13

Efectivamente, Elena: regodearse en el dolor es una forma de ser, o mejor, de estar en este mundo, y a María parece que siempre la acompañó esa disposición vital. Ahora bien, dicho esto, me temo que el desenlace de la historia siempre habría dado a María razones para argumentar que estuvo en lo cierto.