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Fuentes - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero García

Fuente de los Ocho Caños, Aldeanueva de la Vera.

Fuente de los Ocho Caños, Aldeanueva de la Vera.

A mi amigo Tomás Méndez, pintor de fuentes.

A mi amigo Tomás Méndez, pintor de fuentes.

 Artículo publicado por L.R.G. en la revista PENCONA 5 (2009) 

 

      Una fuente es un regalo inesperado. Sabe cualquiera que bajo nuestros pies la tierra esconde sus tesoros con celo avaricioso: por allí pulula el cobre, el carbón, la plata, el hierro, el oro rubio y hasta el oro negro por el que tantos son capaces de morir, y de matar. Y también discurre el agua.

     Sin embargo, no todos los pueblos han de agradecer a la negra tierra el que comparta con ellos algo tan preciado. Lugares conozco que flotan resecos sobre un mar de agua sumergido a distancia insondable. En otros este líquido vital asoma apenas para saludar a sus vecinos, para dejarlos más sedientos de su falta que saciados de su don. Pues, sin el agua... ¿qué sería de nosotros?

     Ya los antiguos griegos y romanos representaron su importancia inventando infinidad de historias verdaderas (lo uno con lo otro) en las que el agua era patrón y esencia, fuerza viva entre las gentes, como la del río Alfeo aquel que, enamorado de Aretusa, ninfa esquiva y recelosa de los ímpetus de tan brioso galán, cruzó por bajo de los mares desde su Grecia natal y fue persiguiendo a la doncella hasta la siciliana isla de Ortigia, zaguán de Siracusa. Allí Alfeo rompió barreras y cantiles para alcanzar a la muchacha descuidada..., pero no pudo unirse a ella sino mezclando sus aguas dulces con las de la niña, junto a la mar salada de Sicilia, y allí puede encontrarlo aún hoy el caminante, que – eso sí – no debe preguntar por él bajo su nombre sino por el de Aretusa, pues hubo el río de renunciar a ser quien era para alcanzar de la ninfa sus amores.

     El agua cristalina es en sí misma motivo de deleite a nuestros ojos, evocación de lo limpio, arrullo de nuestros oídos fatigados, materia que se pliega sin dolor en imposibles contorsiones. Arquitectos y escultores bien lo entendieron desde antiguo, y ahí tenemos tantas maravillas de fontanas y jardines por los que algunas ciudades y parajes son meta deseada del viajero, timbre de gloria de sus lugareños.

      La Vera es una tierra bendecida de los dioses. Tal vez no nos demos cuenta, lo hayamos olvidado en el camino cotidiano de nuestras andanzas, pero no hay como volver a ella de otras tierras para recordarlo. A cada paso nos topamos con hilillos de agua o borbollones o manantíos frescos que invitan al descanso y al sosiego. Pueblos hay, incluso, que cuentan de ocho en ocho los caños de sus fuentes... Siempre frescas, siempre disponibles, nunca cicateras ni sospechosas de dar mal regalo. Aquí la tierra ha decidido (vaya a saber usted por qué) regalar su codiciado tesoro por cualquier rincón de nuestras calles: en las alturas de los pueblos, donde el campo aún no sufre la violencia de las casas; o en su centro mismo, como adorno y galanura de los que enorgullecernos; o en los bajos y andurriales que nos llevan hacia el valle...

      Y ¿qué decir de la maravilla de una fuente por la sierra? Bien saben los que la recorren que, en los tiempos del estío, no hay cosa que mejor marque la ruta que el poder hacer un alto en el camino bajo el caño de una fuente, poder ganar aliento y andadura con la caricia fresca de sus aguas. No hay para el pastor tranquilidad como la de saber que su ganado tiene abundancia de bebida y, con ella, de pasto verde en medio del verano (¿puede alguien imaginar algo mejor?).

     Una fuente es un regalo inesperado, y por lo tanto inmerecido: no que no pueda merecerse, sino que está siempre por ganar. Pueblos a miles darían sus más recónditos tesoros por tener esa suerte, así que los que la tenemos no podemos despreciarla. El agua está ahí pero podría no estarlo. Podría la tierra un día, si viera desapego en nuestro trato con el agua, retirar su don y trasladarlo hacia otras gentes, o guardarlo para sí, huraña y enojada. Podríamos también perder el goce de su ruido si incurriéramos en la torpeza de vender aquello que no es nuestro, aquello que no vale dinero y por lo tanto es nuestra mayor riqueza. El agua hay que merecerla, hay que saber usarla, disfrutarla; hay que saber que una fuente es mucho más que un accidente, que una garganta comunica a los hombres con sus ocultas raíces, que nos recuerda quiénes somos y a qué nos debemos, que el murmullo inacabable de la corriente es el curso continuo de nuestras vidas.

       Sintámonos orgullosos de nuestra tierra. Amemos nuestras aguas, y así nos tendremos a nosotros mismos en mayor estima.

Luis Rivero García

Artículo publicado por L.R.G. en la revista PENCONA, 5 (2009)

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