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La necesidad de un pueblo - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero

En próximas entregas publicaremos aquí algunos de los artículos escritos por L.R.G. para la revista “PENCONA” en los últimos años. Esta revista se publica el mes de julio de cada año con motivo de las fiestas patronales de Aldeanueva de la Vera, Cáceres (“pencón” es el apodo coloquial dado a los aldeanovenses). El presente escrito apareció en el Número 3, publicado en julio de 2007. Pedimos disculpas a los foráneos por los localismos que estos artículos puedan contener.

En próximas entregas publicaremos aquí algunos de los artículos escritos por L.R.G. para la revista “PENCONA” en los últimos años. Esta revista se publica el mes de julio de cada año con motivo de las fiestas patronales de Aldeanueva de la Vera, Cáceres (“pencón” es el apodo coloquial dado a los aldeanovenses). El presente escrito apareció en el Número 3, publicado en julio de 2007. Pedimos disculpas a los foráneos por los localismos que estos artículos puedan contener.

     Lo canta Chavela Vargas: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Y así es al menos en mi caso. Hace años un amigo pencón de Madrid me decía espantado: “¡No tiene pueblo! ¿Te imaginas cómo puede uno vivir sin tener un pueblo?”. En efecto, aquella conocida a la que se refería era una pobre muchacha de Madrid sin más pueblo que aquél que cada año eligieran sus padres para pasar las vacaciones. Yo comparto el espanto de este buen amigo: toda persona necesita un pueblo; todos necesitamos sentir que hay una tierra que siempre nos espera, por mucho que nos alejemos de ella, por muchos sinsabores que la vida pudiera reservarnos. Hoy aprovecho la tribuna que me brinda esta revista para contar, a aquel que quiera oírlo, algunas de mis mejores sensaciones en Aldeanueva antaño y hogaño. Me permito añadir, aunque ellos no lo sepan, que lo que aquí diga podrían seguramente suscribirlo mis hermanos y los muchos amigos, pencones y expatriados como yo mismo, que habitan en mis paisajes del pueblo, aquellas personas que precisamente por estos meses seguimos, con la unión de hace veinte y treinta años, compartiendo casi a diario nuestras anécdotas sobre Aldeanueva en un ameno intercambio de cartas electrónicas. A todos ellos dedico estas líneas.

     Aldeanueva ha sido siempre para nosotros un ámbito de libertad y de vida plena e inmediata. Es obvio que en ello ha influido muchísimo el ocio de que disfrutamos cuando estamos aquí. Pero el hecho es que, además, Aldeanueva ofrece condiciones para ese disfrute. Lo primero que yo destacaría es su entorno: aquellos que visitan por primera vez La Vera pueden tener la impresión de que sus pueblos tachonan una inmensa pantalla con el decorado de la Sierra de Gredos. Más aún, desde el propio pueblo uno puede mirar hacia esa sierra y seguir viéndola como una imponente pared. Pero nosotros sabemos que no es así, sabemos que ese paisaje tiene un fondo enorme, que encierra en sus mil vericuetos los mejores tesoros de nuestra tierra. Desde La Cruz del Fraile al Cerro Salvador, desde la Chorrera de la Mora hasta La Vega uno puede experimentar esa primera adaptación en su llegada al pueblo, una fascinante conversión que he tardado años en comprender y que consiste en lo siguiente: es frecuente que el hombre de ciudad se muestre incapaz de “ver” el campo: lo mira pero no lo ve. Le cuesta trabajo localizar esa oropéndola que canta desde un roble, distinguir al águila real que corona el cielo de unos riscos. Probablemente ello tiene que ver con que, de forma mayoritaria y creciente, la realidad física de las ciudades es sentida por las gentes como algo ajeno y extraño a uno, sean esos interminables bloques de viviendas (muriendas las llama con razón un amigo), sean los recientes regueros de casas adosadas, todas clónicas, todas hechas desde Arriba (y observen el peligro que acecha también a nuestros pueblos). El hombre en la ciudad, por ello, tiende a contemplar su entorno como el lugar por el que transita, un espacio que está ahí, siempre frente a uno, siempre objetivable. En el campo, en cambio, el hombre forma parte del paisaje, lo ve y lo mira desde dentro porque se sabe un elemento más de todo aquello. Este proceso de inmersión en el paisaje, más o menos rápido según la disposición de cada cual, es el que produce ese placer inolvidable a cuantos “urbanitas” recalamos en el pueblo. Cuando uno se ha instalado ya allí dentro, comienza la maravilla: el aroma de higueras en la tarde cansina de verano; el olor de mentas en los regajos; el otoño estampado del ocre de castaños, del rojo de cerezos, de chopos dorados; el fragor de las gargantas con las lluvias del invierno; el débil sol atardeciendo sobre la nieve en las crestas; la sorpresa de cantuesos y oréganos cercando las pedreras; el terrible placer de un primer baño en nuestras aguas claras... Ése es el mayor valor de Aldeanueva, el mayor de Extremadura, aunque no sé si nos damos plena cuenta de ello: lo que más vale es lo que no puede venderse, lo que no tiene precio ni tasa.

     Pero dentro de sus calles también ofrecía el pueblo alicientes –modestos pero auténticos– para unos muchachos ociosos. Y lo pasamos bien, muy bien: cuando quiero recordar buenos momentos, de forma automática mi mente vuela hacia Aldeanueva. Los días se nos iban en paseos, en baños y en tertulias, primero en las interminables tardes en el bar de Pano y Míster Dólar, más tarde ya de vinos en casa de Malete, en el Mesón de Aurelio, en Tahití o en Noga, en Casiano o saboreando unos riñones en Casablanca, y sobre todo en nuestra sagrada parroquia del Churro. Las noches no eran peores: todos recordamos las dulces horas de baile en las pistas de Chiquete, la magnífica música y compañía en el pub de Chema, las charlas en El Punto, El Agallón, el P-K-2. Y el mejor remate consistía en dormir a cielo abierto allá por los Cascarones y dejar que el sol nos fuera despertando lentamente. Hoy Aldeanueva no tiene la oferta nocturna de los años ‘80, pero Jesús –“Chuchi” para sus amigos– en el Metro y Luis y Mari en Las Brujas, con su siempre agradable compañía y buen hacer, siguen permitiéndonos saborear el placer de una charla amiga distendida.

     Escribir sobre la propia tierra desde lejos es una operación necesariamente afectada por el sentimiento. Si yo hoy aquí sólo he querido recoger aspectos buenos, no es porque se me oculten los peligros y limitaciones que afectan a nuestro pueblo: la reforma del tabaco, el urbanismo atroz, la insuficiencia en recursos culturales, de hospedaje o de restauración, la tentación permanente de emigrar... y algunos otros sobre los que podríamos hablar en otra vuelta. Pero cualquier camino que tomemos para resolverlos debe partir –creo– de una convicción profunda en cada uno de nosotros: es precisamente en nuestra tierra y en nuestra forma de ser donde tenemos las herramientas necesarias para construir aquello que queramos; la tierra es nuestro inmenso patrimonio y nuestro sobrado orgullo.

 

Luis Rivero García

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Fernando Rivero 02/15/2014 10:00

Curiosamente, ese intercambio de correos que llamamos anecdotario fue el embrión de mi libro y de este blog.

b 02/12/2014 12:07

Catetos de ciudad¡¡!!
Gran reflexión

Fernando Rivero 02/12/2014 12:16

Bueno, Blas. Catetos todos los de la ciudad no, que también hay béticos entre ellos.