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El coche - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

¿De verdad quieres entrar?

¿De verdad quieres entrar?

       Nada hacía pensar a Fernando que aquella mañana rutinaria de octubre recibiría la visita de Tánatos. Ningún presagio tuvo: ni bandadas de aves malditas surcando el cielo azul, ni oscuros gatos que cruzaran ante él acortando indiferentes la senda de su destino, ni damas etéreas que con tristeza lo miraran desde la lejanía de otro mundo; sólo su café y sus prisas por comenzar un nuevo día. Repartió sendos besos a su mujer y a su hijo y se despidió hasta la noche. Su trabajo lo esperaba y, amante tirano, detestaba los retrasos.

         A pesar de ser una mañana cálida de otoño dejó la moto en el garaje, pues tenía que ir a Carabanchel para recoger el coche del taller. En marcha ya la trampa del hado maldito. Por pura casualidad, consiguió un asiento en el metro abarrotado de las ocho y comenzó a pensar en la mala suerte que había tenido siempre con los automóviles, todos de marcas fiables, todos al final un fiasco. Por eso había comprado hacía apenas dos años un Subaru, el orgullo de la industria japonesa, para no volver a tener problemas. Recordaba y, con cierto pudor, se veía a sí mismo contando a su amigo, primo y tocayo sevillano las excelencias de un coche que ya le podía durar años, porque su fiabilidad estaba más que probada. Decir Subaru era decir mucho.

         Pero tampoco era éste, tampoco era éste… También éste lo había dejado tirado en un viaje dos meses atrás y, desde entonces, cada vez que lo llevaba al taller oficial de Subaru, el coche salía peor que entraba. Hoy les iba a cantar las cuarenta, hoy les iba a decir las cuatro cosas, les hablaría de su inutilidad y tomaría medidas más contundentes.

Por fin recogió el coche y condujo hacia el trabajo, maldiciendo para sí la negra suerte que la industria le había reservado, que ya ni de una máquina perfecta como aquélla se podía fiar. Llevaba casi un cuarto de siglo haciendo el mismo trayecto diario a San Sebastián de los Reyes, rutina que confiere seguridad. Pasaba por una zona exclusiva de chalets y grandes mansiones que llaman La Moraleja y comenzó a reflexionar sobre la ciudad donde vivía y las diferencias sociales que ésta admitía y propiciaba: los yonquis de Horcasitas y los inmigrantes de Lavapiés malviviendo y aun así cohabitando con los potentados de Puerta de Hierro o La Moraleja. Pero, bueno, se dijo, también queda espacio para los millones de personas que viven sin pena ni gloria. Se consideró afortunado, un privilegiado, porque él al menos tenía a dos horas de distancia dos pueblos en medio del paraíso verato y suficiente raigambre para quererlos y ser querido. Su mente voló hacia Aldeanueva y Cuacos y, sin darse él cuenta, su boca dibujó una amplia sonrisa.

         Pero no iba solo. Otra mente desequilibrada y asesina lo acompañaba en su funesto viaje. Tras las posteriores investigaciones policiales, aún no se sabe si el Subaru actuó por iniciativa propia o acatando un mandato perverso. Nada responde el coche cuando se le inquiere. Se ha encerrado en un mutismo absoluto, del que no sale ni delante de su abogado.

         Conducía Fernando recordando los mondongos que su amigo El Churro antaño le ofrecía, el magro con pimientos y la Mahou fresquita de Casiano, las conversaciones con los amigos de siempre y para siempre… cuando de repente el coche comenzó a acelerarse –la aguja de las revoluciones cual brújula que busca tozuda Melilla después de recorrer toda España-, con un estruendo con el que no podían competir ni el famoso Esténtor, ni Hermes de voz altísona. Tal era la cantidad de humo blanco que vomitaba por el escape, que, acostumbrados como estamos a los rápidos cambios en la jerarquía eclesiástica, todo Madrid pensó que teníamos nuevo Papa.

Conductor experto y prudente, Fernando se arrimó al arcén y puso el coche en punto muerto. Pero de muerto, nada. Presionó el freno de mano electrónico, quitó el contacto, sacó la llave y, para su sorpresa, el Subaru empezó a moverse impulsado por su libre albedrío y el motor siguió encendido, trabajando histéricamente y amenazando con explotar. La única solución era salir de allí por piernas. Intentó entonces abrir su puerta, pero ésta no satisfizo su deseo; probó con las otras tres, pero también éstas le negaron la salida. Ya se cansará, pensó erróneamente. Prestó atención al sonido del motor bailón y creyó oír una risa metálica y maléfica entre los chirridos del estruendo, justo antes de que el Subaru, ya declarado enemigo, le enviase a través de las toberas del aire acondicionado la flor y nata de sus mortales efluvios. Con la imaginación desenfrenada, libre de cualquier atadura, Fernando se aterrorizó con un volante dando vueltas convertido en cuchilla acerada y lacerante acercándose a su pecho, una biela despistada que lo ensartaba en el asiento cual pincho moruno, unos airbags que lo asfixiaban y una palanca de cambios que lo golpeaba incansable y frenética.

         Cuando se vio envuelto en la bruma letal dentro de ese espacio hermético, supo que era Tánatos quien acariciaba sus mejillas y lo incitaba a seguirlo en busca del río Aqueronte. Dos monedas que cubran tus ojos precisas, le dijo la voz despiadada, para pagar el viaje al viejo Caronte.

Fernando, que sabe cuán frágil es la vida humana cuando Tánatos te busca, cuán fino el hilo que las Parcas sostienen, buscó histérico un utensilio contundente con que romper los cristales, un arma que lo defendiera de la muerte acuciante. Nada halló salvo sus piernas. Quiso abrirse paso a patadas contra puertas y cristales, pero ni siquiera la fuerza de sus vigorosas piernas hizo mella en su enemigo, el cual había abandonado su inicial sonrisa y reía ahora abiertamente viendo cómo Tánatos abarcaba con sus negras manos el cuello vulnerable.

 

Como un marino que se acuerda de remotos naufragios cuando la ola lo devora, así yo comencé a pensar en José Luis y en una tétrica cabina roja en la que entrar era más fácil que salir. Me oí proferir los mismos gritos de angustia y de terror con que el otro se había desgarrado la garganta cuarenta años atrás. Me vi, como aquél, abandonado por unos espectadores que querían seguir siendo simples mirones, mientras la vida se me iba ante sus ojos atónitos e insolidarios. Acariciando la inconsciencia, me imaginé transportado en grúa por las calles de Madrid y olvidado en un hangar repleto de Subarus con esqueletos prisioneros, devorados por buitres cibernéticos. Muerte atroz de soledades compartidas. La realidad, me sorprendí diciendo,  supera a veces la ficción. Pensé en María y Germán, para quienes los hados no habían reservado tan triste destino, y un sentimiento de alivio me embargó al saberme solo; pensé en mis padres y hermanas, en mis amigos de antaño y de hogaño, e hice un rápido viaje por mi vida, que ahora languidecía en el asiento de un coche asesino.

Inconsciente y a punto de exhalar mi último aliento, intuí entre el demencial escándalo de bielas furibundas y pistones crispados el sonido de una puerta que se abría y sentí una mano amiga que rodeaba mi espalda y me arrancaba de las fauces de la muerte. Sentí cómo la vida volvía a hacerse dueña de mi cuerpo y ofrecí en silencio gracias al cielo por esta nueva oportunidad y mi eterna gratitud al hombre que me salvó.

¡Ah Tánatos, reserva tu avidez! Te ruego que no me requieras antes de tiempo. Guarda, Parca, tus tijeras, que mi ovillo aún va por la mitad.

 

Nando Sevillano 

            Nada hacía pensar a Fernando que aquella mañana rutinaria de octubre recibiría la visita de Tánatos. Ningún presagio tuvo: ni bandadas de aves malditas surcando el cielo azul, ni oscuros gatos que cruzaran ante él acortando indiferentes la senda de su destino, ni damas etéreas que con tristeza lo miraran desde la lejanía de otro mundo; sólo su café y sus prisas por comenzar un nuevo día. Repartió sendos besos a su mujer y a su hijo y se despidió hasta la noche. Su trabajo lo esperaba y, amante tirano, detestaba los retrasos.

         A pesar de ser una mañana cálida de otoño, dejó la moto en el garaje, pues tenía que ir a Carabanchel para recoger el coche del taller. En marcha ya la trampa del hado maldito. Por pura casualidad, consiguió un asiento en el metro abarrotado de las ocho y comenzó a pensar en la mala suerte que había tenido siempre con los automóviles, todos de marcas fiables, todos al final un fiasco. Por eso había comprado hacía apenas dos años un Subaru, el orgullo de la industria japonesa, para no volver a tener problemas. Recordaba y, con cierto pudor, se veía a sí mismo contando a su amigo, primo y tocayo sevillano las excelencias de un coche que ya le podía durar años, porque su fiabilidad estaba más que probada. Decir Subaru era decir mucho.

         Pero tampoco era éste, tampoco era éste… También éste lo había dejado tirado en un viaje dos meses atrás y, desde entonces, cada vez que lo llevaba al taller oficial de Subaru, el coche salía peor que entraba. Hoy les iba a cantar las cuarenta, hoy les iba a decir las cuatro cosas, hablarles de su inutilidad y tomar medidas más contundentes.

Por fin recogió el coche y condujo hacia el trabajo, maldiciendo para sí la negra suerte que la industria le había reservado, que ya ni de una máquina perfecta como aquélla se podía fiar. Llevaba casi un cuarto de siglo haciendo el mismo trayecto diario a San Sebastián de los Reyes, rutina que confiere seguridad. Pasaba por una zona exclusiva de chalets y grandes mansiones que llaman La Moraleja y comenzó a reflexionar sobre la ciudad donde vivía y las diferencias sociales que ésta admitía y propiciaba: los yonquis de Horcasitas y los inmigrantes de Lavapiés malviviendo y aun así cohabitando con los potentados de Puerta de Hierro o La Moraleja. Pero, bueno, se dijo, también queda espacio para los millones de personas que viven sin pena ni gloria. Se consideró afortunado, un privilegiado, porque él al menos tenía a dos horas de distancia dos pueblos en medio del paraíso verato y suficiente raigambre para quererlos y ser querido. Su mente voló hacia Aldeanueva y Cuacos y, sin darse él cuenta, su boca dibujó una amplia sonrisa.

         Pero no iba solo. Otra mente desequilibrada y asesina lo acompañaba en su funesto viaje. Tras las posteriores investigaciones policiales, aún no se sabe si el Subaru actuó por iniciativa propia o acatando un mandato perverso. Nada responde el coche cuando se le inquiere. Se ha encerrado en un mutismo absoluto, del que no sale ni delante de su abogado.

         Conducía Fernando recordando los mondongos que su amigo El Churro antaño le ofrecía, el magro con pimientos y la Mahou fresquita de Casiano, las conversaciones con los amigos de siempre y para siempre… cuando de repente el coche comenzó a acelerarse –la aguja de las revoluciones cual brújula que busca tozuda Melilla después de recorrer toda España-, con un estruendo con el que no podían competir ni el famoso Esténtor, ni Hermes de voz altísona. Tal era la cantidad de humo blanco que iba vomitando por el escape, que los madrileños pensaron que teníamos nuevo Papa, acostumbrados como estamos ya a los cambios en la jerarquía.

Conductor experto y prudente, se arrimó al arcén y puso el coche en punto muerto. Pero de muerto, nada. Presionó el freno de mano electrónico, quitó el contacto, sacó la llave y, para su sorpresa, el Subaru empezó a moverse impelido por su libre albedrío y el motor siguió encendido, trabajando histéricamente y amenazando con explotar. La única solución era salir de allí por piernas. Intentó entonces abrir su puerta, pero ésta no satisfizo su deseo; probó con las otras tres, pero también éstas le negaron la salida. Ya se cansará, pensó erróneamente. Prestó atención al sonido del motor bailón y creyó oír una risa metálica y maléfica entre los chirridos del estruendo, justo antes de que el Subaru, ya declarado enemigo, le enviase a través de las toberas del aire acondicionado la flor y nata de sus mortales efluvios. Con la imaginación desenfrenada, libre de cualquier atadura, Fernando se aterrorizó con un volante dando vueltas convertido en cuchilla acerada y lacerante acercándose a su pecho, unos airbags que lo asfixiaban y una palanca de cambios que lo golpeaba incansable y frenética.

         Cuando se vio envuelto en la bruma letal dentro de ese espacio hermético, supo que era Tánatos quien acariciaba sus mejillas y lo incitaba a seguirlo en busca del río Aqueronte. Dos monedas que cubran tus ojos necesitas, le dijo la voz despiadada, para pagar el viaje al viejo Caronte.

Fernando, que sabe cuán frágil es la vida humana cuando Tánatos te busca, cuán fino el hilo que las Parcas sostienen, buscó histérico un utensilio contundente con que romper los cristales, un arma que lo defendiera de la muerte acuciante. Nada halló salvo sus piernas. Quiso abrirse paso a patadas contra puertas y cristales, pero ni siquiera la fuerza de sus vigorosas piernas hizo mella en su enemigo, el cual había abandonado su inicial sonrisa y reía ahora abiertamente viendo cómo Tánatos abarcaba con sus negras manos el cuello vulnerable.

 

Como un marino que se acuerda de remotos naufragios cuando la ola lo devora, así yo comencé a pensar en José Luis y en una tétrica cabina roja en la que entrar era más fácil que salir. Me oí proferir los mismos gritos de angustia y terror con que el otro se había desgarrado la garganta cuarenta años atrás. Me vi, como aquél, abandonado por unos espectadores que querían seguir siendo simples mirones, mientras la vida se me iba ante sus ojos atónitos e insolidarios. Acariciando la inconsciencia, me imaginé transportado en grúa por las calles de Madrid y olvidado en un hangar repleto de Subarus con esqueletos prisioneros, devorados por buitres cibernéticos. Muerte atroz de soledades compartidas. La realidad, me sorprendí diciendo,  supera a veces la ficción. Pensé en María y Germán, para quienes los hados no habían reservado tan triste destino, y un sentimiento de alivio me embargó al saberme solo; pensé en mis padres y hermanas, en mis amigos de antaño y de hogaño, e hice un rápido viaje por mi vida, que ahora languidecía en el asiento de un coche asesino.

Inconsciente y a punto de exhalar mi último aliento, intuí entre el demencial escándalo de bielas furibundas y pistones crispados el sonido de una puerta que se abría y sentí una mano amiga que rodeaba mi espalda y me arrancaba de las fauces de la muerte. Sentí cómo la vida volvía a hacerse dueña de mi cuerpo y ofrecí en silencio gracias al cielo por esta nueva oportunidad y mi eterna gratitud al hombre que me salvó.

¡Ah Tánatos, reserva tu avidez! Te ruego que no me requieras antes de tiempo. Guarda, Parca, tus tijeras, que mi ovillo aún va por la mitad.

 

Fernando Rivero

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HHH 10/27/2013 09:42

Horgullo, hobrero, horcasitas

Elena V. 10/24/2013 21:22

Menuda historia! Además de todo lo propuesto , supongo que habrá más gente que tenga problemas con el "maldito" subaru, suele coincidir con una partida defectuosa , y si consiguieras contactar serían más molestias para la empresa, más protestas, más cartas al director........ Ánimo y mucha suerte!!!

Fernando Rivero 10/24/2013 21:29

Sí, coincide con una partida de cabrones.

Fernando Rivero 10/24/2013 14:23

De todas formas, a esa gente se les hace más daño con una publicidad negativa que con un pleito. ¿Por qué no pruebas con Cartas al Director?

Lola García 10/24/2013 11:04

Änimo, Nando. No te des por vencido. Sigue luchando. No dejes de molestarles, de ser la piedra en su zapato. Lucha con todos los medios a tu alcance (Luis y Héctor te han sugerido varios).Independientemente de lo que consigas, al menos moléstalos. No dejes que se rían tan pronto. El capitalismo salvaje siempre favorece a los poderosos, pero no dejes de luchar. Al final David venció al gigante, contra todo pronóstico.
Eso te deseo a tí, que seas el nuevo David.

H; 10/24/2013 10:25

Ánimo, primo, no te rindas todavía! Sigue dando patadas como si estuvieras dentro del coche, que el hecho de no ver el humo no te confunda. No te canses, como ellos esperan; seguro que su maquinaria de asesoría jurídica está tan mal engrasada como sus coches al salir del taller. El que es cutre haciendo lo que se supone que sabe hacer, qué no será haciendo otras cosas.
Aprovecha tus ventajas, que también las tienes...y muchas. Dile a la Grisso que saque tu problema en Espejo Público, verás como te llaman rápido. Vete a la OCU, la FACUA o a otra que te parezca. Y, a pesar de las tasas de Gallardón, no le tengas miedo a ponerles un pleito, que no es tan fiero el león como lo pintan. Decía el Che que el enemigo es más grande si se le mira de rodillas. Con tu metro noventa y pico de buen mozo, tú los miras desde arriba.
Venga Nando, haz que se acuerden del día que te vendieron el coche!
Un abrazo muy fuerte,


H;

Fernando García 10/24/2013 00:19

Llevo poco tiempo reclamando, asesorándome a través de abogados, intentando mantener la calma ante la falta de respuestas, ante la pasividad deliberada de quienes tienen el tiempo a su favor: ya se cansará -andarán diciendo entre despachos-. Ellos tiene garantizado el éxito judicial ante una hipotética demanda. Su gran maquinaria de asesoría jurídica está siempre bien engrasada.
He estado en peligro real de muerte, han destrozado el coche que con tanto esfuerzo compré. Sí, este esfuerzo económico compensaría las malas experiencias de los anteriores koreanos, italianos...ahora disponía de tecnología fiable.
- Sr. García, por favor, confíe Ud. en esta gran marca: producto japonés. Fíjese Ud., Campeón mundial con Carlos Sainz. Además, D. Fernando, en confianza, este coche está hecho para Ud. Un coche distinguido, exclusivo. Ande, ande, verá Ud. como le miran al pasar, jajaja!. Está Ud. en buenas manos. Este coche le dará muuuuchas satisfacciones.

Pero no; al final me dio disgustos...y muchos, como veis, aunque me temo que no es responsabilidad del coche inanimado sino de esa panda de impresentables "vendeburras", esos que no demuestran ninguna empatía, esos que tras el parapeto de una gran empresa con toda su artillería se permiten el lujo de estafar literalmente, porque una ley de consumidores insuficiente les deja margen de maniobra -recuérdese lo que acontece con eléctricas, telefónicas, banca, etc. -les permite no asumir responsabilidades sobre sus actuaciones, aunque las consecuencias sean graves. Sí, la dictadura del consumo.
En fin, antes de la lucha ya me han vencido. Las respuestas a mis tibias consultas legales me dejan desarmado:
- El taller se hace responsable de la reparación en garantía. No ha lugar a reclamación.
- El peligro "potencial" que sufrió Ud. no puede ser objeto de demanda en un juicio. Supongo, le dije a la abogada, que debería hacer la demanda desde el nicho para que prosperara.
- Si después de la reparación observa anomalías, podríamos iniciar un proceso de arbitraje o judicial. Claro, cuando me dé la siguiente hostia por nueva avería.

Sí, me han vencido. Voy a firmar la reparación. Voy a firmar la claudicación. Voy a firmar mi absoluto convencimiento de que este nuestro Estado de Derecho, solo da derecho a los GRANDES. Los demás, los demás somos minúsculos estorbos. Abrazos.

Luis 10/25/2013 09:19

Además de todo lo que ya se te ha propuesto, te sugiero que, el día que vayas al taller a recogerlo, te lleves 3 copias impresas con el siguiente texto: "Por una avería electrónica este coche ha estado a punto de matarme". Pega cada copia en el interior de las ventanillas traseras y del portón, y que los de Subaru te vean salir así del taller. Luego, si quieres, las quitas al llegar a casa, pero date ese pequeño placer.

Luis 10/24/2013 09:30

Ante todo, primo, me alegro de que estés cabreado y protestando, porque al menos estás. Respecto de tu historia..., mala suerte, por un lado, y mala gestión, por otra. La respuesta de Subaru me parece impresentable, y es un vivo ejemplo de la perversión del Sistema a la que yo mismo aludía en este blog en el escrito "La Empresa": el Sistema político se pliega y adapta a las necesidades de la Gran Empresa, asumiendo que por el camino pueden quedar daños colaterales, como que tú no recibas compensación. A cambio, Nando, consuélate: las macrocifras seguirán respondiendo.