Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
23 Octubre 2013
Nada hacía pensar a Fernando que aquella mañana rutinaria de octubre recibiría la visita de Tánatos. Ningún presagio tuvo: ni bandadas de aves malditas surcando el cielo azul, ni oscuros gatos que cruzaran ante él acortando indiferentes la senda de su destino, ni damas etéreas que con tristeza lo miraran desde la lejanía de otro mundo; sólo su café y sus prisas por comenzar un nuevo día. Repartió sendos besos a su mujer y a su hijo y se despidió hasta la noche. Su trabajo lo esperaba y, amante tirano, detestaba los retrasos.
A pesar de ser una mañana cálida de otoño dejó la moto en el garaje, pues tenía que ir a Carabanchel para recoger el coche del taller. En marcha ya la trampa del hado maldito. Por pura casualidad, consiguió un asiento en el metro abarrotado de las ocho y comenzó a pensar en la mala suerte que había tenido siempre con los automóviles, todos de marcas fiables, todos al final un fiasco. Por eso había comprado hacía apenas dos años un Subaru, el orgullo de la industria japonesa, para no volver a tener problemas. Recordaba y, con cierto pudor, se veía a sí mismo contando a su amigo, primo y tocayo sevillano las excelencias de un coche que ya le podía durar años, porque su fiabilidad estaba más que probada. Decir Subaru era decir mucho.
Pero tampoco era éste, tampoco era éste… También éste lo había dejado tirado en un viaje dos meses atrás y, desde entonces, cada vez que lo llevaba al taller oficial de Subaru, el coche salía peor que entraba. Hoy les iba a cantar las cuarenta, hoy les iba a decir las cuatro cosas, les hablaría de su inutilidad y tomaría medidas más contundentes.
Por fin recogió el coche y condujo hacia el trabajo, maldiciendo para sí la negra suerte que la industria le había reservado, que ya ni de una máquina perfecta como aquélla se podía fiar. Llevaba casi un cuarto de siglo haciendo el mismo trayecto diario a San Sebastián de los Reyes, rutina que confiere seguridad. Pasaba por una zona exclusiva de chalets y grandes mansiones que llaman La Moraleja y comenzó a reflexionar sobre la ciudad donde vivía y las diferencias sociales que ésta admitía y propiciaba: los yonquis de Horcasitas y los inmigrantes de Lavapiés malviviendo y aun así cohabitando con los potentados de Puerta de Hierro o La Moraleja. Pero, bueno, se dijo, también queda espacio para los millones de personas que viven sin pena ni gloria. Se consideró afortunado, un privilegiado, porque él al menos tenía a dos horas de distancia dos pueblos en medio del paraíso verato y suficiente raigambre para quererlos y ser querido. Su mente voló hacia Aldeanueva y Cuacos y, sin darse él cuenta, su boca dibujó una amplia sonrisa.
Pero no iba solo. Otra mente desequilibrada y asesina lo acompañaba en su funesto viaje. Tras las posteriores investigaciones policiales, aún no se sabe si el Subaru actuó por iniciativa propia o acatando un mandato perverso. Nada responde el coche cuando se le inquiere. Se ha encerrado en un mutismo absoluto, del que no sale ni delante de su abogado.
Conducía Fernando recordando los mondongos que su amigo El Churro antaño le ofrecía, el magro con pimientos y la Mahou fresquita de Casiano, las conversaciones con los amigos de siempre y para siempre… cuando de repente el coche comenzó a acelerarse –la aguja de las revoluciones cual brújula que busca tozuda Melilla después de recorrer toda España-, con un estruendo con el que no podían competir ni el famoso Esténtor, ni Hermes de voz altísona. Tal era la cantidad de humo blanco que vomitaba por el escape, que, acostumbrados como estamos a los rápidos cambios en la jerarquía eclesiástica, todo Madrid pensó que teníamos nuevo Papa.
Conductor experto y prudente, Fernando se arrimó al arcén y puso el coche en punto muerto. Pero de muerto, nada. Presionó el freno de mano electrónico, quitó el contacto, sacó la llave y, para su sorpresa, el Subaru empezó a moverse impulsado por su libre albedrío y el motor siguió encendido, trabajando histéricamente y amenazando con explotar. La única solución era salir de allí por piernas. Intentó entonces abrir su puerta, pero ésta no satisfizo su deseo; probó con las otras tres, pero también éstas le negaron la salida. Ya se cansará, pensó erróneamente. Prestó atención al sonido del motor bailón y creyó oír una risa metálica y maléfica entre los chirridos del estruendo, justo antes de que el Subaru, ya declarado enemigo, le enviase a través de las toberas del aire acondicionado la flor y nata de sus mortales efluvios. Con la imaginación desenfrenada, libre de cualquier atadura, Fernando se aterrorizó con un volante dando vueltas convertido en cuchilla acerada y lacerante acercándose a su pecho, una biela despistada que lo ensartaba en el asiento cual pincho moruno, unos airbags que lo asfixiaban y una palanca de cambios que lo golpeaba incansable y frenética.
Cuando se vio envuelto en la bruma letal dentro de ese espacio hermético, supo que era Tánatos quien acariciaba sus mejillas y lo incitaba a seguirlo en busca del río Aqueronte. Dos monedas que cubran tus ojos precisas, le dijo la voz despiadada, para pagar el viaje al viejo Caronte.
Fernando, que sabe cuán frágil es la vida humana cuando Tánatos te busca, cuán fino el hilo que las Parcas sostienen, buscó histérico un utensilio contundente con que romper los cristales, un arma que lo defendiera de la muerte acuciante. Nada halló salvo sus piernas. Quiso abrirse paso a patadas contra puertas y cristales, pero ni siquiera la fuerza de sus vigorosas piernas hizo mella en su enemigo, el cual había abandonado su inicial sonrisa y reía ahora abiertamente viendo cómo Tánatos abarcaba con sus negras manos el cuello vulnerable.
Como un marino que se acuerda de remotos naufragios cuando la ola lo devora, así yo comencé a pensar en José Luis y en una tétrica cabina roja en la que entrar era más fácil que salir. Me oí proferir los mismos gritos de angustia y de terror con que el otro se había desgarrado la garganta cuarenta años atrás. Me vi, como aquél, abandonado por unos espectadores que querían seguir siendo simples mirones, mientras la vida se me iba ante sus ojos atónitos e insolidarios. Acariciando la inconsciencia, me imaginé transportado en grúa por las calles de Madrid y olvidado en un hangar repleto de Subarus con esqueletos prisioneros, devorados por buitres cibernéticos. Muerte atroz de soledades compartidas. La realidad, me sorprendí diciendo, supera a veces la ficción. Pensé en María y Germán, para quienes los hados no habían reservado tan triste destino, y un sentimiento de alivio me embargó al saberme solo; pensé en mis padres y hermanas, en mis amigos de antaño y de hogaño, e hice un rápido viaje por mi vida, que ahora languidecía en el asiento de un coche asesino.
Inconsciente y a punto de exhalar mi último aliento, intuí entre el demencial escándalo de bielas furibundas y pistones crispados el sonido de una puerta que se abría y sentí una mano amiga que rodeaba mi espalda y me arrancaba de las fauces de la muerte. Sentí cómo la vida volvía a hacerse dueña de mi cuerpo y ofrecí en silencio gracias al cielo por esta nueva oportunidad y mi eterna gratitud al hombre que me salvó.
¡Ah Tánatos, reserva tu avidez! Te ruego que no me requieras antes de tiempo. Guarda, Parca, tus tijeras, que mi ovillo aún va por la mitad.
Nando Sevillano
Nada hacía pensar a Fernando que aquella mañana rutinaria de octubre recibiría la visita de Tánatos. Ningún presagio tuvo: ni bandadas de aves malditas surcando el cielo azul, ni oscuros gatos que cruzaran ante él acortando indiferentes la senda de su destino, ni damas etéreas que con tristeza lo miraran desde la lejanía de otro mundo; sólo su café y sus prisas por comenzar un nuevo día. Repartió sendos besos a su mujer y a su hijo y se despidió hasta la noche. Su trabajo lo esperaba y, amante tirano, detestaba los retrasos.
A pesar de ser una mañana cálida de otoño, dejó la moto en el garaje, pues tenía que ir a Carabanchel para recoger el coche del taller. En marcha ya la trampa del hado maldito. Por pura casualidad, consiguió un asiento en el metro abarrotado de las ocho y comenzó a pensar en la mala suerte que había tenido siempre con los automóviles, todos de marcas fiables, todos al final un fiasco. Por eso había comprado hacía apenas dos años un Subaru, el orgullo de la industria japonesa, para no volver a tener problemas. Recordaba y, con cierto pudor, se veía a sí mismo contando a su amigo, primo y tocayo sevillano las excelencias de un coche que ya le podía durar años, porque su fiabilidad estaba más que probada. Decir Subaru era decir mucho.
Pero tampoco era éste, tampoco era éste… También éste lo había dejado tirado en un viaje dos meses atrás y, desde entonces, cada vez que lo llevaba al taller oficial de Subaru, el coche salía peor que entraba. Hoy les iba a cantar las cuarenta, hoy les iba a decir las cuatro cosas, hablarles de su inutilidad y tomar medidas más contundentes.
Por fin recogió el coche y condujo hacia el trabajo, maldiciendo para sí la negra suerte que la industria le había reservado, que ya ni de una máquina perfecta como aquélla se podía fiar. Llevaba casi un cuarto de siglo haciendo el mismo trayecto diario a San Sebastián de los Reyes, rutina que confiere seguridad. Pasaba por una zona exclusiva de chalets y grandes mansiones que llaman La Moraleja y comenzó a reflexionar sobre la ciudad donde vivía y las diferencias sociales que ésta admitía y propiciaba: los yonquis de Horcasitas y los inmigrantes de Lavapiés malviviendo y aun así cohabitando con los potentados de Puerta de Hierro o La Moraleja. Pero, bueno, se dijo, también queda espacio para los millones de personas que viven sin pena ni gloria. Se consideró afortunado, un privilegiado, porque él al menos tenía a dos horas de distancia dos pueblos en medio del paraíso verato y suficiente raigambre para quererlos y ser querido. Su mente voló hacia Aldeanueva y Cuacos y, sin darse él cuenta, su boca dibujó una amplia sonrisa.
Pero no iba solo. Otra mente desequilibrada y asesina lo acompañaba en su funesto viaje. Tras las posteriores investigaciones policiales, aún no se sabe si el Subaru actuó por iniciativa propia o acatando un mandato perverso. Nada responde el coche cuando se le inquiere. Se ha encerrado en un mutismo absoluto, del que no sale ni delante de su abogado.
Conducía Fernando recordando los mondongos que su amigo El Churro antaño le ofrecía, el magro con pimientos y la Mahou fresquita de Casiano, las conversaciones con los amigos de siempre y para siempre… cuando de repente el coche comenzó a acelerarse –la aguja de las revoluciones cual brújula que busca tozuda Melilla después de recorrer toda España-, con un estruendo con el que no podían competir ni el famoso Esténtor, ni Hermes de voz altísona. Tal era la cantidad de humo blanco que iba vomitando por el escape, que los madrileños pensaron que teníamos nuevo Papa, acostumbrados como estamos ya a los cambios en la jerarquía.
Conductor experto y prudente, se arrimó al arcén y puso el coche en punto muerto. Pero de muerto, nada. Presionó el freno de mano electrónico, quitó el contacto, sacó la llave y, para su sorpresa, el Subaru empezó a moverse impelido por su libre albedrío y el motor siguió encendido, trabajando histéricamente y amenazando con explotar. La única solución era salir de allí por piernas. Intentó entonces abrir su puerta, pero ésta no satisfizo su deseo; probó con las otras tres, pero también éstas le negaron la salida. Ya se cansará, pensó erróneamente. Prestó atención al sonido del motor bailón y creyó oír una risa metálica y maléfica entre los chirridos del estruendo, justo antes de que el Subaru, ya declarado enemigo, le enviase a través de las toberas del aire acondicionado la flor y nata de sus mortales efluvios. Con la imaginación desenfrenada, libre de cualquier atadura, Fernando se aterrorizó con un volante dando vueltas convertido en cuchilla acerada y lacerante acercándose a su pecho, unos airbags que lo asfixiaban y una palanca de cambios que lo golpeaba incansable y frenética.
Cuando se vio envuelto en la bruma letal dentro de ese espacio hermético, supo que era Tánatos quien acariciaba sus mejillas y lo incitaba a seguirlo en busca del río Aqueronte. Dos monedas que cubran tus ojos necesitas, le dijo la voz despiadada, para pagar el viaje al viejo Caronte.
Fernando, que sabe cuán frágil es la vida humana cuando Tánatos te busca, cuán fino el hilo que las Parcas sostienen, buscó histérico un utensilio contundente con que romper los cristales, un arma que lo defendiera de la muerte acuciante. Nada halló salvo sus piernas. Quiso abrirse paso a patadas contra puertas y cristales, pero ni siquiera la fuerza de sus vigorosas piernas hizo mella en su enemigo, el cual había abandonado su inicial sonrisa y reía ahora abiertamente viendo cómo Tánatos abarcaba con sus negras manos el cuello vulnerable.
Como un marino que se acuerda de remotos naufragios cuando la ola lo devora, así yo comencé a pensar en José Luis y en una tétrica cabina roja en la que entrar era más fácil que salir. Me oí proferir los mismos gritos de angustia y terror con que el otro se había desgarrado la garganta cuarenta años atrás. Me vi, como aquél, abandonado por unos espectadores que querían seguir siendo simples mirones, mientras la vida se me iba ante sus ojos atónitos e insolidarios. Acariciando la inconsciencia, me imaginé transportado en grúa por las calles de Madrid y olvidado en un hangar repleto de Subarus con esqueletos prisioneros, devorados por buitres cibernéticos. Muerte atroz de soledades compartidas. La realidad, me sorprendí diciendo, supera a veces la ficción. Pensé en María y Germán, para quienes los hados no habían reservado tan triste destino, y un sentimiento de alivio me embargó al saberme solo; pensé en mis padres y hermanas, en mis amigos de antaño y de hogaño, e hice un rápido viaje por mi vida, que ahora languidecía en el asiento de un coche asesino.
Inconsciente y a punto de exhalar mi último aliento, intuí entre el demencial escándalo de bielas furibundas y pistones crispados el sonido de una puerta que se abría y sentí una mano amiga que rodeaba mi espalda y me arrancaba de las fauces de la muerte. Sentí cómo la vida volvía a hacerse dueña de mi cuerpo y ofrecí en silencio gracias al cielo por esta nueva oportunidad y mi eterna gratitud al hombre que me salvó.
¡Ah Tánatos, reserva tu avidez! Te ruego que no me requieras antes de tiempo. Guarda, Parca, tus tijeras, que mi ovillo aún va por la mitad.
Fernando Rivero