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Una ciudad más humana - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Una ciudad más humana

Son las seis y media de la mañana y la ciudad ya bulle. No; no se parece a ese hervir la sangre del artista que está creando, del enamorado tampoco. Más se asemeja al trajín mecánico del autómata, que tuvo como maestra a la rutina. Nada tiene que ver con la bulla de un mercado ni con la policromía de un zoco. Es más bien una escena triste y monocroma, el silencio de las vidas atrapadas en el mismo metro de siempre.

Cuanto más reglamentada, más deshumanizada, más anodina y previsible se hace una ciudad. No lo critico; buen amigo no es el caos, pero la ciudad te atrapa en sus rutinas. No obstante, hay otro elemento que deshumaniza en gran medida nuestras urbes y la vida de sus gentes (tampoco se escapan de él los pueblos): el coche, el vehículo privado. Cuando uno siente la necesidad de hacer sonar el claxon antes del alba, algo parece que no funciona bien.

El coche, la máquina, no sólo afecta al que va dentro. Se ha adueñado de tal manera de nuestras ciudades, de nuestra rutina diaria, que parece ser el rey de nuestra jungla. Todos podemos poner ejemplos parecidos a éste: cerca de mi casa está la calle Enladrillada, la calle peatonal con más coches del mundo. Hay zonas tan estrechas, sin acera claro, que no caben a pasar vehículo y persona al mismo tiempo. Los peatones, motu proprio, se paran como pueden en algún portal o aceleran el paso para no entorpecer al coche que, les recuerdo, circula por una peatonal, muchas veces a una velocidad que no es de recibo. Una vez presencié en ese lugar un hecho demencial que corrobora plenamente lo que digo. Llovía a mares, tanto que los paraguas se antojaban inútiles; había unas veinte personas caminando en ambas direcciones y apareció un coche, que ni siquiera tuvo que pitar; todo el mundo se paró y se apartó para dejar pasar a la única persona que no se mojaba.

Sevilla es una ciudad mora, cuyo centro, ese entramado de calles de estructura tan caótica como requiere la belleza, no es apto para la circulación masiva de vehículos. Sin embargo, por velocidad y prepotencia se han adueñado de nuestras calles. Dirán ustedes que es normal y que es debido a ese respeto, ese miedo que se le tiene a quien te puede hacer daño, al golpe o al atropello. Yo, sin embargo, creo que la cosa va mucho más allá: es más un respeto-veneración que un respeto-miedo. Cuando circulo con mi coche y me paro en un paso de cebra porque alguien quiere cruzar, muchos me dan las gracias. Yo no veo que ningún conductor me agradezca que no salte a la calzada o no cruce un semáforo para mí en rojo cuando él está pasando. Es exactamente el mismo hecho: no invadir el terreno del otro. El peatón, la persona, se siente en franca inferioridad ante el coche, la máquina, y no sólo por la violencia de ésta, sino también porque parece que se ha llegado al acuerdo tácito de que el coche pasa antes; debe de tener más prisa.

No critico yo que se conduzca. Nuestra forma de vida a ello nos obliga. Es más, en mi caso me he visto obligado a conducir para ir a trabajar durante más de quince años. Además me gustan los coches. Sin embargo, es importante que seamos conscientes de que lo primero son las personas y de que hay sitios donde el otro está de sobra.

En Sevilla hace unos años el Ayuntamiento gobernado por el PSOE e IU, con Alfredo Sánchez Monteseirín como Alcalde, construyó un magnífico carril bici. Un sector de la población -más ruidoso que numeroso-, ese que siempre se opondrá a algo hecho por el PSOE (Expo92, metro, carril bici…), criticó con rabia e iracundia ese carril que nos lleva a miles de sevillanos sanos y salvos de un lado a otro. Es verdad que hay zonas demasiado estrechas, pero qué queremos, la organización arquitectónica de esta ciudad no da para más. Será siempre mejor que cuando nos jugábamos la vida entre los coches. Se critica también que hay ciclistas que van demasiado rápido en sitios como paradas de autobuses o zonas con peatones. Siendo esto cierto, quisiera replicar diciendo que necios hay en todas partes y no se debe juzgar a todos por unos cuantos, del mismo modo que no juzgamos a todos los conductores por esos idiotas que ponen en peligro vidas ajenas, ni a todos los alemanes por lo que hicieron los nazis.

Paradójicamente, para una parte de los sevillanos, aquel que ha decidido dejar el coche en casa, aquel que no contamina y no provoca ruido ni accidentes es el criticable, el que está en la picota.

En lo que a mí respecta, el carril bici ha significado que puedo ir a cualquier parte de la ciudad, llevando a mis hijos en sus bicis, sin jugarnos la vida, y ha hecho de Sevilla una ciudad mucho más humana y habitable. Y sé a quién se lo debo y a quién no.

Fernando Rivero

Una ciudad más humana

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