Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
15 Enero 2014
Hace algún tiempo me llegaba noticia de un fenómeno relativamente reciente y que ha ganado implantación suficiente como para que terapeutas y especialistas en trastorno del comportamiento se hayan decidido a abordarlo como problema específico y aun hayan acuñado para él denominaciones como la de “síndrome del niño-caracol”. Se trata básicamente de jóvenes bien entrados en la pubertad e incluso en la adolescencia cuya vida se reparte entre el centro educativo y la intimidad de su habitación, en la que paradójicamente encuentran su ventana abierta al mundo a través de la pantalla del móvil y el ordenador.
Son, en efecto, muchachos y muchachas que pasan el máximo de sus horas de ocio conectados a chats y redes sociales varias, oyendo música conocida e investigando nuevos autores, viendo vídeos y películas, siguiendo noticias de toda laya y, por encima de todo, tratando con amigos y allegados de aquí y de allá.
En un primer momento los padres asisten al empeño con permisividad, cuando no con franco agrado, pues la presencia de sus hijos en casa los libra de las preocupaciones propias de quienes los tienen en la calle. Sin embargo, cuando la tendencia se hace norma los padres comienzan a impacientarse y a preguntarse con preocupación si habrá ocurrido algo a sus hijos, por ejemplo con sus compañeros de Instituto, que los haya impulsado a recluirse y evitar el contacto con otros chavales; o peor aún, si sus hijos comienzan ahora a dar muestras de algún trastorno relacional inadvertido durante sus años de infancia. Empieza entonces el paradójico proceso por el cual son los padres quienes animan y aun insisten a sus hijos para que salgan a la calle, para que queden con amigos, para que acudan a fiestas y celebraciones...: para que no se queden en casa. Comienzan también las mil preguntas e interrogatorios: “¿Te ha pasado algo? ¿Es que no te aceptan en tu grupo? ¿Alguien está molestándote? ¿Has tenido algún fracaso amoroso que te tenga en tal estado?”.
Y ahí viene la sorpresa:
Y los padres, que tanto canturrearon en su día aquel “muro de metacrilato”, hoy no pueden decir a su criatura aquello de “no nos deja olernos ni manosearnos”, a pesar de que es precisamente eso lo que quieren, lo que necesitan decirle. Una losa de censura y castración se lo impide, una educación consolidada durante milenios, un sistema político y religioso que les impone a todos la mediatez del disfrute, su postergación para el mañana gozoso que nunca llega, su contemplación a través de la pantalla de la esperanza... o de la del desencanto.
Luis Rivero García.