contador de visitas
>Licencia de Creative Commons
This obra by Fernando Rivero García is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.
Un muro de metacrilato - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero García

Un muro de metacrilato

     Hace algún tiempo me llegaba noticia de un fenómeno relativamente reciente y que ha ganado implantación suficiente como para que terapeutas y especialistas en trastorno del comportamiento se hayan decidido a abordarlo como problema específico y aun hayan acuñado para él denominaciones como la de “síndrome del niño-caracol”. Se trata básicamente de jóvenes bien entrados en la pubertad e incluso en la adolescencia cuya vida se reparte entre el centro educativo y la intimidad de su habitación, en la que paradójicamente encuentran su ventana abierta al mundo a través de la pantalla del móvil y el ordenador.

     Son, en efecto, muchachos y muchachas que pasan el máximo de sus horas de ocio conectados a chats y redes sociales varias, oyendo música conocida e investigando nuevos autores, viendo vídeos y películas, siguiendo noticias de toda laya y, por encima de todo, tratando con amigos y allegados de aquí y de allá.

      En un primer momento los padres asisten al empeño con permisividad, cuando no con franco agrado, pues la presencia de sus hijos en casa los libra de las preocupaciones propias de quienes los tienen en la calle. Sin embargo, cuando la tendencia se hace norma los padres comienzan a impacientarse y a preguntarse con preocupación si habrá ocurrido algo a sus hijos, por ejemplo con sus compañeros de Instituto, que los haya impulsado a recluirse y evitar el contacto con otros chavales; o peor aún, si sus hijos comienzan ahora a dar muestras de algún trastorno relacional inadvertido durante sus años de infancia. Empieza entonces el paradójico proceso por el cual son los padres quienes animan y aun insisten a sus hijos para que salgan a la calle, para que queden con amigos, para que acudan a fiestas y celebraciones...: para que no se queden en casa. Comienzan también las mil preguntas e interrogatorios: “¿Te ha pasado algo? ¿Es que no te aceptan en tu grupo? ¿Alguien está molestándote? ¿Has tenido algún fracaso amoroso que te tenga en tal estado?”.

     Y ahí viene la sorpresa:

  • “No me pasa nada. Estoy estupendamente y me lo paso mejor que quiero”.
    • “Pero el mundo está ahí fuera y no sabes nada de lo que pasa”.
  • “¡Que no sé nada! Estoy al tanto de muchos más detalles que los que a ti te dan los noticieros y periódicos”.
    • “Pero no tienes trato con nadie”.
  • “Tengo más de cien amigos”.
    • “¡Pero cómo puedes llamar ‘amigos’ a quienes ni has llegado a conocer en persona! ¡Te falta el trato directo!”.
  • “Papá, hace años que no ves a Paco, tu compañero de la mili, y sólo hablas por teléfono con él. Sin embargo siempre lo llamas tu ‘amigo’”.
    • “Pero tengo con él una confianza que me permite compartir preocupaciones de política, de trabajo, incluso problemas de familia”.
  • “Yo también tengo entre mis contactos gente de más y de menos confianza. Y no te quepa duda: tengo amigos a quienes abro mi corazón y que me consultan sus preocupaciones más secretas”.
    • “¿Pero no te das cuenta de que todo ese mundo virtual no deja de ser falso, un remedo, un sustituto?”.
  • “Puede que sí, pero tanto como el parque aquel al que íbamos cuando decías que iríamos al campo; tanto como esas huevas negras que coméis y llamáis ‘caviar’ sin que lo sean; como aquellas tardes de compras y cafeterías en los centros comerciales que llamáis ‘tardes de entretenimiento’; como el ‘turismo de aventura’ que hacíamos andando por vías verdes bien marcadas, bajo la guía de especialistas...”.
    • “¡Vale, vale, no sigas!; pero atiéndeme: algún día tendrás que conocer a alguien especial, alguien cuya voz desees oír, cuyos ojos desees ver...”.
  • “Ya lo hago, Mamá: gracias a Skype puedo hacerlo en cualquier momento y lugar”.
    • “¡Pero qué disparate! ¡Eso no basta! Hay entre los dos un muro que...”.

Y los padres, que tanto canturrearon en su día aquel “muro de metacrilato”, hoy no pueden decir a su criatura aquello de “no nos deja olernos ni manosearnos”, a pesar de que es precisamente eso lo que quieren, lo que necesitan decirle. Una losa de censura y castración se lo impide, una educación consolidada durante milenios, un sistema político y religioso que les impone a todos la mediatez del disfrute, su postergación para el mañana gozoso que nunca llega, su contemplación a través de la pantalla de la esperanza... o de la del desencanto.

Luis Rivero García.

Comentar este post

Fernando Rivero 01/16/2014 17:53

Me pregunto si no estamos todos un poquito ametacrilatados...

Luis 01/16/2014 19:00

Pues ahí está la cuestión, y esto además nos llevaría a la "teoría del sustituto", tan arraigada hoy que muchos de nosotros ni siquiera alcanzamos a salir de la trampa y nos conformamos con el sucedáneo. Como dice mi amigo Rafael, cuando alguien le ofrece algo bueno y auténtico, o bien un sustituto -mucho más económico- que es "casi igual", él se apresura a ceder amablemente el sucedáneo a quien se lo ofrece y a quedarse con lo de verdad (las veces que pueda permitírselo, claro está).
También es cierto que este fenómeno del "acaracolamiento" se da entre una generación que, al mismo tiempo, tiene una inhibición sexual mucho menor que la de las generaciones inmediatamente anteriores, lo que me lleva a pensar que no es un problema generacional sino de individuos, es decir, que tiene que ver más con esa aceptación del sustituto y una vida vicaria que con un sector de edad.

B 01/16/2014 16:11

Magnifique¡! que gran verdad.