Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
5 Septiembre 2013
Cuando un país, un Estado, va a entrar en guerra, lo primero que hace es preparar anímicamente a su población, creando un ambiente belicista que urge a los ciudadanos a abandonar sus habituales vidas y quehaceres para matar y morir: se eleva la tensión diplomática, se demoniza al enemigo y él mismo se carga de razón y de moral en un ejercicio tan maniqueo como útil. El ciudadano se sabe del lado del bien -así se lo han hecho saber- y hará lo que sea por defender a
Diréis que hay guerras justas, que hay que luchar contra el tirano, que a Hitler había que pararle los pies. Cuando las guerras no nacen del pueblo ocultan siempre intereses bastardos e, incluso éstas, las revoluciones, se vuelven Poder cuando lo consiguen y, por tanto, nuevos enemigos del pueblo. En principio los alemanes no tendrían por qué ser enemigos de nadie, a pesar de la sensación de impotencia creada por
Hussein siempre fue un tirano, al igual que los demás impuestos por Estados Unidos en América, África y Asia, pero, al parecer, mientras permanezcan fieles al imperio serán menos genocidas y menos enemigos de sus pueblos.
Me pregunto qué tendrían que ganar los vasallos de los señores feudales si iban a seguir siendo pobres como ratas venciera quien venciera, qué los marines norteamericanos –cuerpo cuyas bases se nutren de la clase más pobre e iletrada-, qué los parias en general que engrosan la primera línea de fuego en cualquier guerra y a lo más que pueden aspirar es a, virgencita, quedarse como estaban.
Sin embargo, el todo-por-la-patria, la muerte y el sufrimiento que acarrea toda guerra con quien más se ceba es con la clase trabajadora, esa que no obtendrá pingües beneficios con la venta de armas, esa que no reconstruirá ningún país, la que vivirá en las mismas penosas condiciones independientemente de que, tras una hipotética guerra, Guinea o Argentina volvieran a ser españolas, a cuya vida diaria, fuera de todo romanticismo, no afectaría que Euskalerría fuera independiente o siguiera formando parte de España.
Lo que resulta ridículo de todo esto, y tristísimo, es que la gente no parece darse cuenta de que sí estamos en guerra, una guerra no por más disimulada, menos abierta, en la que un bando poco numeroso pero muy fuerte (aquellos que se hacen llamar Patria) está lanzando dentelladas inmisericordes a la yugular del otro que, por no haberse percatado del estado de guerra en que se halla, se deja morder a voluntad y encima justifica las laceraciones.
No es una guerra a la antigua usanza con cañones, bayonetas y un enemigo tangible; las armas son ahora el Dinero –como siempre pero más que nunca-, las leyes y los políticos dóciles al Poder. Las nuestras, por otro lado, son la razón y el número de posibles combatientes, ninguna de las cuales será válida y mordaz mientras nos sigamos creyendo las patrañas que vierten los medios de formación.
Hay una guerra abierta y no es
Fernando Rivero
Cuando un país, un Estado, va a entrar en guerra, lo primero que hace es preparar anímicamente a su población, creando un ambiente belicista que urge a los ciudadanos a abandonar sus habituales vidas y quehaceres para matar y morir: se eleva la tensión diplomática, se demoniza al enemigo y él mismo se carga de razón y de moral en un ejercicio tan maniqueo como útil. El ciudadano se sabe del lado del bien -así se lo han hecho saber- y hará lo que sea por defender a
Diréis que hay guerras justas, que hay que luchar contra el tirano, que a Hitler había que pararle los pies. Cuando las guerras no nacen del pueblo ocultan siempre intereses bastardos e, incluso éstas, las revoluciones, se vuelven Poder cuando lo consiguen y, por tanto, nuevos enemigos del pueblo. En principio los alemanes no tendrían por qué ser enemigos de nadie, a pesar de la sensación de impotencia creada por
Hussein siempre fue un tirano, al igual que los demás impuestos por Estados Unidos en América, África y Asia, pero, al parecer, mientras permanezcan fieles al imperio serán menos genocidas y menos enemigos de sus pueblos.
Me pregunto qué tendrían que ganar los vasallos de los señores feudales si iban a seguir siendo pobres como ratas venciera quien venciera, qué los marines norteamericanos –cuerpo cuyas bases se nutren de la clase más pobre e iletrada-, qué los parias en general que engrosan la primera línea de fuego en cualquier guerra y a lo más que pueden aspirar es a, virgencita, quedarse como estaban.
Sin embargo, el todo-por-la-patria, la muerte y el sufrimiento que acarrea toda guerra con quien más se ceba es con la clase trabajadora, esa que no obtendrá pingües beneficios con la venta de armas, esa que no reconstruirá ningún país, la que vivirá en las mismas penosas condiciones independientemente de que, tras una hipotética guerra, Guinea o Argentina volvieran a ser españolas, a cuya vida diaria, fuera de todo romanticismo, no afectaría que Euskalerría fuera independiente o siguiera formando parte de España.
Lo que resulta ridículo de todo esto, y tristísimo, es que la gente no parece darse cuenta de que sí estamos en guerra, una guerra no por más disimulada, menos abierta, en la que un bando poco numeroso pero muy fuerte (aquellos que se hacen llamar Patria) está lanzando dentelladas inmisericordes a la yugular del otro que, por no haberse percatado del estado de guerra en que se halla, deja morderse a voluntad y encima justifica las laceraciones.
No es una guerra a la antigua usanza con cañones, bayonetas y un enemigo tangible; las armas son ahora el Dinero –como siempre pero más que nunca-, las leyes y los políticos dóciles al Poder. Las nuestras, por otro lado, son la razón y el número de posibles combatientes, ninguna de las cuales será válida y mordaz mientras nos sigamos creyendo las patrañas que vierten los medios de formación.
Hay una guerra abierta y no es
Fernando Rivero