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Sevilla, más limpia que ninguna - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Sevilla, más limpia que ninguna

Nada que ver. Simplemente me apetecía compartirla.

     Éste es el lema de Lipasam, la empresa dedicada a la limpieza de Sevilla. Desgraciadamente, esto dista mucho de ser real, y lo peor es que la ciudad está innecesariamente sucia. La causa no es que no se limpie lo suficiente, aunque el vaciado de las papeleras es un aspecto claramente mejorable, sino la dejadez de unos ciudadanos que arrojan al suelo cualquier cosa que les sobra, en especial, envoltorios de plástico, paquetes de tabaco, latas o botellas de vidrio, por no hablar de los folletos publicitarios o los fatídicos excrementos caninos que no siempre se sortean con éxito. Supongo que con esto se pretende dar un toque de color a nuestras calles.

     A mí me encantaría ver el suelo cubierto por el manto ocre de las hojas caídas en otoño, la blanca fragancia del azahar o la fucsia buganvilla de la primavera. Para mí eso no es suciedad sino un recordatorio de que estamos vivos y de que la naturaleza sigue su curso incuestionable.

     Habrá quien diga que con este artículo estoy siendo desleal con la ciudad que me vio crecer y me cobija. Muy al contrario, desleal es quien muestra un desprecio absoluto hacia tan bella ciudad, hacia tan rico patrimonio, ensuciándola y maltratándola impunemente. Esto tiene mucho que ver con el poco aprecio que se tiene por lo público –ya lo limpiará otro, ya lo arreglará otro, ya lo defenderá otro-. Precisamente porque es público, porque es de todos, debemos cuidarlo y defenderlo con más ahínco, pues tanta belleza compartida nos ha sido regalada, porque tenemos la inmensa suerte de vivir a los pies de la Giralda. Si no lo haces por ti, que no te importa vivir en un vertedero, lo debes hacer por tu prójimo, al que sí importa. Desleal también es la indiferencia, mirar para otro lado cuando el puerco ensucia o el vándalo destroza. No me considero desleal por querer a Sevilla más limpia que ninguna, no por no querer sentir esa envidia infinita y malsana que me corroe en otros lugares y latitudes donde los ciudadanos son más conscientes y respetuosos con lo público.

     Es cierto que esta crítica es extrapolable a otras ciudades y pueblos. Yo me encargo de lo que tengo cerca, veo y sufro. Sean otros los que defiendan su terruño o, al menos, se pregunten si se podrían hacer las cosas mejor.

     Podéis acusarme también de redundancia, de que a falta de otros temas, elijo uno sobre el que ya he escrito. No es tal, os lo aseguro: el PP nos está dando suficientes motivos de recámara. La razón por la que vuelvo sobre este asunto tiene que ver con un alcalde autoritario que ha llevado esta ciudad hasta los confines del cuarto mundo. En efecto, los servicios de limpieza llevan en huelga ya diez días; diez días sin vaciar las papeleras ni recoger la basura, debido a lo cual Sevilla ofrece un espectáculo dantesco e insalubre, no en todos los sitios por igual, ya que los servicios mínimos están dedicando sus esfuerzos a las zonas más nobles y elitistas de la ciudad. El alcalde, que se ha negado a negociar con los trabajadores porque, según él, mantenían actitudes violentas, ha tardado ocho días en sentarse a hablar. Imagino que la época del conflicto ha sido elegida: frío, sin lluvia y lejos aún de la Semana Santa. En verano ya estaríamos hablando de epidemias.

     ¿Y qué piden los trabajadores para hacer tan furibunda huelga, un aumento en su salario, mejores condiciones laborales? Simplemente exigen que no se les fastidie más. Les quieren bajar el sueldo un diez por ciento y, a cambio, deben trabajar media hora más al día, pero de forma tal que se vayan acumulando para que la empresa se las pida cuando le interese, es decir, en vacaciones para no tener que contratar eventuales.

     Pensaréis que eso también nos ha pasado a médicos y profesores, que nosotros en muchas cosas ya hemos pasado por el aro, pero no debemos culpar a los demás de nuestra falta de unión, ni de nuestra cobardía. Yo aplaudo la entereza y valentía de un gremio que, en estos tiempos del todo vale, en los que tiene cabida cualquier idea ignominiosa que atente contra la dignidad de los trabajadores, ha tenido los suficientes redaños para decir “Ya basta. Hasta aquí llegamos”.

Fernando Rivero

 

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