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Neologismos - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Neologismos

        Como pensamiento que es, la lengua, cada idioma, adapta su vocabulario a la realidad concreta e inmediata de la gente que lo utiliza. Encontramos casos como la lengua de los lapones, que no tiene ni una sola palabra que signifique “palmera” y, sin embargo, describe la nieve con más de treinta vocablos diferentes.

         Es lógico pensar, pues, que cuando de otras culturas se importan nuevos conceptos, se incorpore también a la lengua la palabra que lo designa. Es el caso, por ejemplo, de “siesta” en inglés, importada literalmente porque sus hablantes no conocían el placer de dejarse abrazar por Morfeo a horas intempestivas. O “garage”, traída del francés tanto al inglés como al castellano, adecuando aquí en los últimos tiempos la ortografía (garaje) para no contravenir una norma que no tiene excepciones. Son los llamados “préstamos lingüísticos”.

         Otra forma de hacerlo es traducir literalmente al propio idioma. Eso ocurrió con “saque de esquina” o “pena máxima”, con poco éxito en este último caso. Esto puede suponer, sin embargo, una pérdida de significado real. Por ejemplo, “chorizo” y “gazpacho” se importaron al inglés tal cual o bien con la traducción pobre “Spanish sausage” (salchicha española) y “Spanish cold soup” (sopa fría española).

No nos debemos, por tanto, echar las manos a la cabeza por tener en el nuestro vocablos provenientes de otros idiomas. Además, eso significa que ha habido contacto entre culturas, con el consiguiente enriquecimiento. Y no nos engañemos: el país económica y culturalmente dominante es el que exporta y el dominado, como es nuestro caso, el receptor.

         No obstante, el problema que nuestra lengua lleva treinta años soportando es la injerencia absolutamente gratuita del inglés. Entiendo que se importe el término MP3, por ser cosa nueva, pero ¿por qué adoptamos la palabra “sándwich” si tenemos “bocadillo” e incluso la ya obsoleta “emparedado”? ¿Por qué “parking” si tenemos “aparcamiento”? Llega la cosa al límite de la aberración con la palabra “camping”, porque los ingleses lo llaman “camp site”. O sea, que no sabemos ni importar. No entiendo que traigamos palabras extranjeras cuyo significado exacto podemos encontrar en nuestra lengua. Me niego a decir “hándicap” si tengo “desventaja” o “inconveniente”, “gay” en vez de “homosexual”, “bullying” en lugar de “acoso escolar”, “implementar” si puedo decir “poner en práctica”. Nunca me oiréis decir “ofertar”, palabro estridente por mucho que lo haya incluido la Academia en su diccionario. Existe “oferta” y “ofertorio”, pero seguiré utilizando “ofrecer” porque colma mi necesidad de significado. Lo cómico de todo esto, por no decir amargo, es que si utilizas el vocabulario que tu idioma te ha regalado, pareces hablar peor, poseedor de menos recursos lingüísticos. Personalmente, prefiero ir a correr que hacer footing, ver baloncesto en vez de basket, una representación en lugar de una performance… Es curioso y triste que el corrector de Word, escribiendo en castellano, no me corrija las palabras que acabo de utilizar. En muchos casos la cosa funciona así: las grandes empresas y los políticos secuaces inventan o transforman las palabras, las meten con calzador a través de los medios de manipulación de masas y la sociedad irreflexiva las absorbe. Como profesor de inglés que soy, insto y aun conmino a mis alumnos a expresarse en inglés, pero cuando uno habla inglés, habla inglés, y castellano cuando habla castellano.

         Otro tema que me molesta es el de los topónimos de la geografía de España. ¿Por qué hay localidades que debo decir en gallego o catalán?, ¿por qué Ourense o Girona, si tenemos nuestras propias palabras? Estoy seguro de que hay una razón legal, pero os podéis imaginar por dónde me paso esa ley. ¿Por qué no decimos Bilbo, Donosti o Gasteiz? ¿Por qué la mujer del tiempo no pronuncia /Barselona/, como se hace en catalán? Los nombres propios deben decirse como son en origen. John no se llama Juan porque se haya venido a España y Lluís será siempre Lluís; pero en el caso de los topónimos dependerá de si, por razones históricas, nuestra lengua ha creado la palabra propia. Decimos Washington, pero seremos unos pedantes insufribles si afirmamos que “venimos de London y  New York”, porque poseemos palabras para nombrarlos en nuestro idioma. No sé por qué hemos de decir A Coruña o Lleida si estamos hablando castellano.

         Mención aparte merece el uso de la “k”. En nuestro idioma es una grafía que apenas se utiliza y, sin embargo, se está extendiendo peligrosamente. Imagino que cuando alguien escribe “kasa” o “anarkía”, se cree muy libertario y abertzale, sin darse cuenta de que no es más que un ignorante.

         Este país lleva mucho tiempo demostrando su estulticia y su poco amor hacia la lengua madre, fundamentalmente en el mundo de la política y del periodismo, que tienen acceso a plataformas que son oídas por millones de personas. Ellos tienen una responsabilidad hacia la lengua y, sin embargo, muchos de ellos son los que están dañándola gravemente. La Academia, no sé si por complacencia o porque se siente desbordada, ha adoptado una actitud pusilánime, acomodaticia y servil, dando por buenas todas estas aberraciones. Con su pan se lo coman, pero la lengua es de todos. Aunque los académicos ostentan un cargo vitalicio, deberían dimitir si no saben hacer el trabajo que se les ha asignado, a saber, defender nuestra lengua. Con respecto a los otros, los que crean, o más bien destruyen, la lengua desde arriba, creo que, del mismo modo que cuando alguien agrede a su padre o madre es sancionado legalmente, deberían afrontar consecuencias penales por el daño que están haciendo a nuestra lengua materna.

 Fernando Rivero 

         Como pensamiento que es, la lengua, cada idioma, adapta su vocabulario a la realidad concreta e inmediata de la gente que lo utiliza. Encontramos casos como la lengua de los lapones, que no tiene ni una sola palabra que signifique “palmera” y, sin embargo, describe la nieve con más de treinta vocablos diferentes.

         Es lógico pensar, pues, que cuando de otras culturas se importan nuevos conceptos, se incorpore también a la lengua la palabra que lo designa. Es el caso, por ejemplo, de “siesta” en inglés, importada literalmente porque sus hablantes no conocían el placer de dejarse abrazar por Morfeo a horas intempestivas. O “garage”, traída del francés tanto al inglés como al castellano, adecuando aquí en los últimos tiempos la ortografía (garaje) para no contravenir una norma que no tiene excepciones. Son los llamados “préstamos lingüísticos”.

         Otra forma de hacerlo es traducir literalmente al propio idioma. Eso ocurrió con “saque de esquina” o “pena máxima”, con poco éxito en este último caso. Esto puede suponer, sin embargo, una pérdida de significado real. Por ejemplo, “chorizo” y “gazpacho” se importaron al inglés tal cual o bien con la traducción pobre “Spanish sausage” (salchicha española) y “Spanish cold soup” (sopa fría española).

No nos debemos, por tanto, echar las manos a la cabeza por tener en el nuestro vocablos provenientes de otros idiomas. Además, eso significa que ha habido contacto entre culturas, con el consiguiente enriquecimiento. Y no nos engañemos: el país económica y culturalmente dominante es el que exporta y el dominado, como es nuestro caso, el receptor.

         No obstante, el problema que nuestra lengua lleva treinta años soportando es la injerencia absolutamente gratuita del inglés. Entiendo que se importe el término MP3, por ser cosa nueva, pero ¿por qué adoptamos la palabra “sándwich” si tenemos “bocadillo” e incluso la ya obsoleta “emparedado”? ¿Por qué “parking” si tenemos “aparcamiento”? Llega la cosa al límite de la aberración con la palabra “camping”, porque los ingleses lo llaman “camp site”. O sea, que no sabemos ni importar. No entiendo que traigamos palabras extranjeras cuyo significado exacto podemos encontrar en nuestra lengua. Me niego a decir “hándicap” si tengo “desventaja” o “inconveniente”, “gay” en vez de “homosexual”, “bullying” en lugar de “acoso escolar”, “implementar” si puedo decir “poner en práctica”. Nunca me oiréis decir “ofertar”, palabro estridente por mucho que lo haya incluido la Academia en su diccionario. Existe “oferta” y “ofertorio”, pero seguiré utilizando “ofrecer” porque colma mi necesidad de significado. Lo cómico de todo esto, por no decir amargo, es que si utilizas el vocabulario que tu idioma te ha regalado, pareces hablar peor, poseedor de menos recursos lingüísticos. Personalmente, prefiero ir a correr que hacer footing, ver baloncesto en vez de basket, una representación en lugar de una performance… Es curioso y triste que el corrector de Word, escribiendo en castellano, no me corrija las palabras que acabo de utilizar. En muchos casos la cosa funciona así: las grandes empresas y los políticos secuaces inventan o transforman las palabras, las meten con calzador a través de los medios de manipulación de masas y la sociedad irreflexiva las absorbe. Como profesor de inglés que soy, insto y aun conmino a mis alumnos a expresarse en inglés, pero cuando uno habla inglés, habla inglés, y castellano cuando habla castellano.

         Otro tema que me molesta es el de los topónimos de la geografía de España. ¿Por qué hay localidades que debo decir en gallego o catalán?, ¿por qué Ourense o Girona, si tenemos nuestras propias palabras? Estoy seguro de que hay una razón legal, pero os podéis imaginar por dónde me paso esa ley. ¿Por qué no decimos Bilbo, Donosti o Gasteiz? ¿Por qué la mujer del tiempo no pronuncia /Barselona/, como se hace en catalán? Los nombres propios deben decirse como son en origen. John no se llama Juan porque se haya venido a España y Lluis será siempre Lluis; pero en el caso de los topónimos dependerá de si, por razones históricas, nuestra lengua ha creado la palabra propia. Decimos Washington, pero seremos unos pedantes insufribles si afirmamos que “venimos de London y  New York”, porque poseemos palabras para nombrarlos en nuestro idioma. No sé por qué hemos de decir A Coruña o Lleida si estamos hablando castellano.

         Mención aparte merece el uso de la “k”. En nuestro idioma es una grafía que apenas se utiliza y, sin embargo, se está extendiendo peligrosamente. Imagino que cuando alguien escribe “kasa” o “anarkía”, se cree muy libertario y abertzale, sin darse cuenta de que no es más que un ignorante.

         Este país lleva mucho tiempo demostrando su estulticia y su poco amor hacia la lengua madre, fundamentalmente en el mundo de la política y del periodismo, que tienen acceso a plataformas que son oídas por millones de personas. Ellos tienen una responsabilidad hacia la lengua y, sin embargo, muchos de ellos son los que están dañándola gravemente. La Academia, no sé si por complacencia o porque se siente desbordada, ha adoptado una actitud pusilánime, acomodaticia y servil, dando por buenas todas estas aberraciones. Con su pan se lo coman, pero la lengua es de todos. Aunque los académicos ostentan un cargo vitalicio, deberían dimitir si no saben hacer el trabajo que se les ha asignado, a saber, defender nuestra lengua. Con respecto a los otros, lo que crean, o más bien destruyen, la lengua desde arriba, creo que, del mismo modo que cuando alguien agrede a su padre o madre es sancionado legalmente, deberían afrontar consecuencias penales por el daño que están haciendo a nuestra lengua materna.

Fernando Rivero

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Daniel Gonsalve 12/12/2013 20:39

Tiene usted razón en la cuestión del intercambio de palabras, es decir, la gente piensa que por decir términos ingleses habla mejor y mas educado, por no decir que se siente moderno. Y desprecia nuestro lenguaje culto tachándolo de mediocre. Cuando deberíamos potenciarlo para que no se pierda.

H: 04/24/2013 13:49

Pero se dice "Ofretorio", ¿no?.

Fernando Rivero 04/24/2013 15:03

Bueno, más bien "ozretorio", al menos en Aldeanueva...

Antuán 04/24/2013 12:49

congratulaciones. Un post muy cool

Fernando Rivero 04/24/2013 13:15

Indeed, my dear Anthony Parrown