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Malhablados - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Malhablados

El hombre se ha distinguido de los animales –son las dos causas de su supremacía- por las manos prensiles, que le han permitido manipular y construir herramientas y armas, y por su capacidad de hablar, por tanto de comunicarse, pensar, imaginar, soñar o poner ideas en común. Nadie es capaz de pensar sin recurrir, si acaso tangencialmente, a las palabras. Por tanto, el habla es pensamiento y el pensamiento, habla. La lengua, cualquiera de las lenguas, ha tenido siempre vital importancia. Tanto es así que cuando la burguesía accedió al poder económico, la nobleza estableció nuevas diferencias con esa clase a la que no se quería parecer por medio del lenguaje.

Sin embargo, ahora que estamos más educados (no instruidos) y hay un acceso más fácil a los hechos culturales, hablamos bastante peor, sin ganas de hacerlo bien, de utilizar ese recurso mágico que nos separa y diferencia de otros seres vivos. Si ponemos oídos (por razones lingüísticas, no de cotilleo) a conversaciones en la calle, el panorama no puede ser más desolador: personas que no saben hilar una frase con sentido y recurren siempre a sus cuatro palabras manidas, que no sé cómo no se hartan de repetir.

Esto tiene mucho que ver con el “todo vale” que tanta vigencia tiene hoy en día; ¿para qué me voy a esforzar en hablar bien si ya me entienden (no siempre) lo que digo?, cosa que viene de una malentendida democratización del lenguaje. Si ahora todo el mundo tiene acceso a la educación y –qué más quisiera yo- a la instrucción, deberíamos hablar todos bien; no todos mal, como ocurre ahora. Por supuesto, hay personas que tienen más responsabilidad que otras por el simple hecho de que se las escucha. Hablo evidentemente de los periodistas y los políticos. Si alguien me dice que trabaja en el campo, presupongo que sabe coger la azada, acertar a la pelota con la raqueta si es tenista o pegar guantazos si es policía. Sin embargo, damos por bueno que no hable o escriba bien gente que vive de eso. Las armas y herramientas de políticos y periodistas son las palabras, ¿o se nos ha olvidado ya que los parlamentarios parlamentan? No obstante, si uno escucha la radio, no sabe bien si el que habla es alcalde de un pueblo o ciudad, futbolista o presidente del gobierno, y no porque el futbolista hable bien.

Al parecer, para ser moderno hay que dotar nuestra dicción de una dosis de chabacanería que a mí me resulta insoportable, debemos demostrar que nuestros conocimientos de morfosintaxis son muy limitados e inventarnos palabras o, peor aún, importarlas del inglés, aunque en nuestra lengua ya existan.

Yo siempre he entendido que hablar bien no es utilizar en toda ocasión un registro elevado –eso es pedantería- sino saber cambiar de registro según lo que convenga dada la situación y los interlocutores, y que los exabruptos y palabras malsonantes (a las que yo soy muy dado) se emplean en un contexto informal y familiar. No parece ser éste el caso de nuestro país (no nuestra lengua, que viajó allende el mar hace más de cinco siglos), en el que el señor o señora que aparece en la televisión los usa sólo para quedar bien. ¿Cuántas veces no habremos oído ¡en un discurso escrito, no improvisado! “con perdón de la expresión”? Pues no te perdono, cretino, si puedes estar hasta muchas partes de tu anatomía antes que hasta ésa, al menos en público.

Por un lado evitamos con eufemismos cursis y ridículos palabras que se refieren a colectivos humanos que en principio no se deben avergonzar de serlo; y, por otro, buscamos cómo incluir en nuestra forma de hablar en público las expresiones más soeces y chabacanas, en aras de una supuesta modernidad.

Digo a mis alumnos que tienen la responsabilidad moral de hablar bien y me contestan, algo creíble, que si hablan bien, los miran mal. Yo me pregunto adónde va un país que tiene tan poco respeto por su idioma -¿hay raíz más estable que la propia lengua?-.

De todas maneras, lo que yo llevo peor, más aún que los errores de sintaxis, más que la dicción vacua y a veces indescifrable o la chabacanería soez, son los lugares comunes, lo esperado, saber de antemano qué vas a decir, con qué argumentos prestados lo defiendes. Y, sinceramente, si la cosa es así, prefiero que no me hables.

Fernando Rivero

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