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Más, más, más - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Más, más, más

      Estaba solazándome, como suelo, por el centro de Sevilla, cerveza va, cerveza viene, cuando de repente, sin comerlo ni beberlo, y menos aún merecerlo, me vi envuelto en los más angustiosos disturbios que concebirse puedan. El corazón me empezó a latir con fuerza, incluso notaba en mis muñecas la tensión de la sangre circulando por unas venas que pugnaban por salir al aire, y un fuerte dolor de cabeza me anunciaba que aquél no era mi sitio. Las mujeres que me rodeaban se movían con la velocidad de la víbora, cuya lengua también emulaban, mirándose unas a otras con la ferocidad de la hiena, arrancando de ajenas manos los preciados tesoros, premios al tesón y la valentía. Digo mujeres porque la mayoría de los hombres no eran sino comparsas, el tonto inútil. Suelo tener muy buena relación con ellas. Me gusta más su conversación y agudeza que la de muchos hombres; mas no allí, allí no… No podía creer que hubiera caído en el centro neurálgico del infierno, pero allí estaba yo, inmerso de lleno en las Rebajas.

      Huraño como soy, no me siento cómodo en las multitudes ni en las bullas, lugares donde los gregarios imponen su querencia y tu espacio vital no es mayor que las dimensiones de tu cuerpo y siempre inferior a tu barriga. Pues no satisfechos con el horror vivido durante la Navidad –tiempo de recogimiento en que celebramos la pobreza de Cristo despilfarrando-, nos echamos a la calle buscando frenéticamente esa ganga que no necesitamos, ese pequeño tesoro que cambiará nuestras vidas. Cada vez soporto menos ir de compras; a tal punto ha llegado mi fobia, que me niego a hacerlo. Bueno, juego con ventaja pues mi mujer, que tampoco disfruta yendo, lo hace por mí, lo cual le agradezco en el alma porque, además, tiene buen gusto.

     Recuerdo cuando iba yo y las raras veces que me acercaba a los probadores –infinita pereza me producía- llegaba la dependienta de turno e indefectiblemente, mostrando su más amplia sonrisa de falso ángel, decía “¡qué mono te queda!”, si bien era evidente que esos pantalones te quedaban estrechos de piernas y anchos de cintura, mal de atleta, y Mario Moreno habría parecido un dandy a tu lado. “Te queda monísimo”, repetía la ávida vendedora. Y cuando en julio, sufridor de una de esas interminables colas para pagar, veías delante de ti a uno con la media luna en el sobaco de olor rancioso y te preguntabas con terror y espanto “¿se habrá probado el nota este la camisa que llevo en la mano?”

     Aunque atacado por el mal dimensional del cervecero, en mi armario conviven varias décadas –el abrigo que llevaba mi padre cuando los Beatles aún andaban por Hamburgo ya ha celebrado su quincuagésimo aniversario-, así que, moderno como no soy, necesidad real de ropa no tengo. Eso es lo bueno de tener una concepción tan flexible de la moda y tamaña falta de interés por ella. “¿Antiguo?”, me he sorprendido alguna vez diciendo cuando me han querido tirar alguna prenda, “si sólo tiene quince años”.

      Últimamente, cuando veo unas zapatillas de Reebok o un jersey de Zara, miro dentro y veo un esclavo sin futuro, un niño que trabaja de luna a luna por un par de euros al día, sin derecho siquiera a vivir. Desde un punto de vista empresarial y deshumanizado, estas y otras muchas empresas lo hacen de maravilla: en los países pobres gastan poco en confeccionar productos que luego venden en los ricos a precios desorbitados, negando a aquéllos una vida digna y a éstos los puestos de trabajo, afirmando con desfachatez infinita que están ayudando a levantar esos países. Tanta inteligencia están demostrando las empresas desalmadas como estupidez los consumidores. A Fernando Alonso o Rafael Nadal, auténticas vallas publicitarias andantes, les pagan una millonada por mostrar las etiquetas. Sin embargo, los consumidores (jóvenes fundamentalmente) desean comprar prendas en las que el logotipo de la marca esté bien visible, lo cual dispara su precio: hago publicidad y pago más por hacerla.

        Paradójicamente, no veo al niño esclavo cuando contemplo un ordenador o un televisor, aunque bien sé que está detrás. Y es que estamos llenos de contradicciones. Me gustan las tiendas de electrónica y no me importaría volverme loco un rato, pero los pocos caprichos que he comprado han resultado un fiasco, porque realmente no los necesitaba o porque no han colmado mis expectativas, por lo que decidí hace tiempo que tampoco en estas tiendas invertiría tiempo o dinero, y sigo con el equipo de música que compré hace más de veinte años. ¡Anda que conmigo va a salir España de la crisis por vía del consumismo!

    Lo más absurdo, sin embargo, es que donde verdaderamente disfruto es en las ferreterías, herencia paterna. Y digo absurdo porque manazas hay en el mundo, pero que se me puedan comparar, pocos, muy pocos; y yo no los conozco. Cuando tengo que usar el taladro, la pared es la única que siente más pánico que yo. Ayer rehice un mueble de cocina. Muy satisfecho quedé con el resultado, hasta que vi que le había colocado las patas en la parte de la encimera, que más parecía una tele de aquellas del UHF, y se me cayó el ego a los pies. No me río de los arquitectos esos que han montado el puente mal, porque seguro que yo le habría puesto los tirantes hacia abajo, sumergiditos los pobres en el río. Así que cuando tengo que hacer algo, lo intento, lo intento, y acabo llamando a mis amigos Salva o Diego, tan manitas como serviciales y comprensivos con mi falta congénita de habilidad manual. Por tanto, aunque disfrute en las ferreterías, tampoco ahí suelo comprar.

     Hace años me jactaba de que todas mis pertenencias cabían en mi moto, y era feliz con esa idea. Ahora las cosas no son así: ni sofás ni frigoríficos caben en las alforjas. Pero intento tener sólo lo que necesito, una casa para vivir, un coche para moverme y poco más. Y os aseguro que desde que no veo ni escucho medios de malformación y no frecuento las tiendas, desde que me he convertido en perro verde de la sociedad, vivo más cómodo y feliz, sin el lastre de las posesiones ni la necesidad de poseer.

Fernando Rivero García

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Elena V. 01/30/2014 20:07

Muy divertido y fresco tu artículo, yo odio el bricolage pero adoro ver escaparates de ropa, complementos, zapatos, etc.... y en la medida de mis posibilidades soy consumista!!!! aunque no en temporada de multitudes y nunca en compañía , es un placer que disfruto en soledad y un tormento si lo hago acompañada y mucho peor si esa compañía otras féminas.

Antonio Jiménez 01/30/2014 16:22

Comparto absolutamente, desde un poco antes que tú por, mi locura por la moda y mis habilidades con esa palabra malnacida que llaman "bricolage"

Antonio Jiménez 01/30/2014 16:23

Quería decir tu locura por la moda y tus habilidades para el "bricolage"

B 01/30/2014 15:10

Jajaja que bueno¡¡
La colección de pegamentos que tenía mi tio, envidia de cualquiera que asomara por el taller (incluido mi padre).
Quizás no venga al caso, pero lo que me rio todavia recordando la combinación, piedra/tuberia pvc,yo como lanzador y tu padre como espectador...jeje
Yo odio ikea, las ferreterías y todos los cash&carry donde se venden cosas inutiles (para mí) para jardines minusculos en casas adosadas mas ridiculas todavía...
Hoy no es buen día, es una M de día...pero con este artículo me lo has alegrado algo.

Fernando Rivero 01/30/2014 16:34

Si Dios existe se llama Murphy. Cuando tirábamos el balón hacia arriba, siempre caía encima de un aspersor, con la consiguiente rotura de tubería, que había que recomponer. Que te mejore el día, primo.

H; 01/30/2014 09:36

"Cuando tengo que usar el taladro, la pared es la única que siente más pánico que yo", jajaja. Qué bueno!
En cuanto a las compras y esos lugares hipnóticos, como las ferreterías, creo que lo son por su olor. Cada sitio tiene el suyo propio, las papelerías con su olor a resma recién cortada; las droguerías y ese aroma mezcla de Zotal y Heno de Pravia; las panaderías, que huelen a hambre saciada. Pero además tienen un olor común, el olor a nostalgia, al tiempo de ir a comprar en lugar de ir de compras, cuando ocio y compras no sólo se diferenciaban sino que eran tiempos antitéticos, porque la compra era una tarea más (quizá de las peores) que te impedía estar por ahí derrochando tu mayor tesoro.
Un abrazo,


H;