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Lugares comunes - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Lugares comunes

Como ya se dijo en un artículo anterior, la fuerza de los medios de comunicación no reside tanto en lo que quieren éstos que pensemos, cuanto en cómo y cuándo quieren que hablemos de ello. Hace varios años dejé de ver los Telediarios y, cuando ahora esporádicamente lo hago, me produce cierta desazón y vergüenza ver a esos locutores que otrora considerara interesantes dar informaciones claramente manipuladas o evidentemente pueriles. Triste legado de Urdaci.

Los consumidores españoles de cualquier edad y sexo, lejos de apagar el televisor ante tamaña falta de respeto, se han sumado a la sinrazón y van pregonando sin pudor las mismas sandeces que escucharon el día anterior. De ese modo, en la época en que nos fuimos haciendo esclavos del yugo hipotecario, las hipotecas y los bancos –triste decirlo- se convirtieron en el tema de conversación preferido por los contertulios.

Ejemplos aparte son la música y el fútbol. En estos campos el hombre ha demostrado que se pueden superar sin dificultad todos los límites de la estulticia y que en la banalización de las almas siempre se podrán ampliar las fronteras. No importa si un jugador es más creativo, fuerte o certero o qué ha ofrecido tal músico a la historia de la música –nada- o, al menos, al panorama musical. Parece que es más importante aquello que haga en su vida privada, qué extravagancia, qué romance real o inventado.

Por otra parte, resulta curioso que ciertos objetos se hagan imprescindibles al mismo tiempo, ciertas formas de vida como las únicas posibles. Nos obligamos a nosotros mismos a adquirir un mp-n (que no sé por qué número irá), un i-Pod, un i-Pad… mientras nos vamos a vivir a ciudades dormitorio en casas con jardín y total si está a cinco minutos del centro aunque después se conviertan por arte de magia en hora y media y tengo más metros y total si a mí me gusta conducir no pasa nada por tener que ir en coche a por el pan y voy al Carrefrul y compro todo lo que necesito y algo más pues para eso lo tengo al lado de casa. Y al final todos acabamos viviendo en el mismo tipo de casas y lugares, leyendo poco pero lo mismo, viendo las mismas películas de moda, comprando en los mismos sitios y, peor aún, hablando de las mismas cosas y defendiéndolas con los mismos argumentos.

Hemos entrado brutalmente y por la puerta grande en el pensamiento único, que va mucho más allá del pensamiento: los mismos gustos, hábitos y tipos de casa, la misma forma de vida.

La lengua no es sino el reflejo de una época concreta, de una sociedad en un determinado momento –por eso ahora se habla tan mal-. El pensamiento único y la muerte del humanismo han propiciado no ya la aparición –pues siempre han existido- pero sí la preeminencia de los lugares comunes, esas frases que oímos por ahí y asumimos como propias, repitiéndolas irracionalmente. Cuando decimos, por ejemplo, “el mejor terrorista es el terrorista muerto” o “los políticos son todos unos corruptos” lo hacemos sin pensar en las consecuencias morales que alcanzarían nuestras palabras o la injusticia que supone meter a todos en el mismo saco.

Pero no sólo estos temas de cierta trascendencia social están expuestos al lugar común, sino, sobre todo lo están asuntos más cotidianos. “¿Y vosotros para cuándo?” “Tenemos dos y nos hemos plantado”, etc. En este tipo de conversaciones yo soy carne de cañón por haber hecho lo socialmente esperable, deseable. A la pregunta “¿Tienes hijos?” y al escueto “Sí” les sigue “¿Cuántos?”. Cuando respondo “Dos” –porque mentir no me gusta-, siento que se estrecha el círculo y el callejón no tiene ya salida: “¿Dos niños?” Ya estoy perdido “No. Un niño y una niña”. Entonces se ilumina el rostro de la inquisidora (perdón por el femenino. Es simple cuestión de abrumador porcentaje) con ese brillo de la supuesta inteligencia en los ojos y carita de niño Jesús, nueva descubridora de las Américas, gesto triunfal de quien ha cazado un espécimen del ideal de vida -ideal diseñado por alguien que marca que debes tener dos hijos, un niño y una niña, vivir en el más allá, tener un par de coches, comprar en Carrefrul y veranear en un sitio exótico diferente cada año- e indefectiblemente embiste con esa pregunta tan retórica como odiosa “¿La parejita? Te habrás plantado, ¿no?”. Mi respuesta es invariablemente la misma: cara de resignación (por la conversación, no por mis hijos), sonrisa mitad cortés, mitad bobalicona y silencio.

Con la paternidad me di cuenta de que los niños son democratizadores en lo que se refiere a las conversaciones: le otorgan a quien no tiene y desposeen de la suya a quien sí, y al final todos acabamos hablando de ellos de la manera más superficial y trivial que concebirse pueda. No olvidemos que los niños se han convertido también en objeto de consumo, ese paso que debes dar cuando ya están cubiertas todas tus necesidades, las reales y las creadas. De vez en cuando te llegan pildorazos que dejan intuir cierta inteligencia en tu contertulio o contertulia y piensas que esa persona sí merece la pena.

No soporto las conversaciones previsibles, saber qué va a decir el otro antes de que abra la boca, y qué expresiones va a utilizar. Soy un gran estudioso de las llaves en el ascensor y del sol y las nubes cuando las conversaciones me aburren, porque siempre he pensado que si las palabras no son más bonitas que el silencio que habitan, deben ser retenidas en el pensamiento.

Fernando Rivero

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