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Las tres patas de la Educación - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero

Las tres patas de la Educación

Quería yo responder a la apremiante invitación de Fernando para estrenarme en este blog dando inicio a uno de nuestros temas preferidos: la Educación, pero veo que también en esto su prisa se me ha adelantado.

Quienes nos conocéis podéis pensar que barremos para casa, que nos preocupa el asunto como profesionales que somos de este gremio, pero en verdad se trata de algo que va mucho más allá y que en todo caso está en el centro mismo del torbellino que nos arrastra. Es más, podría tal vez ser el asidero al que aferrarnos para salir del vórtice.

No me apetece, sin embargo, entrar a saco en el tema y volcar críticas e ideas que, en el mejor de los casos, funcionarían como brainstorming y, en el peor, como mera descarga y desahogo de mi ira. Prefiero ir por partes y plantearme ahora cuál es la función misma de un sistema educativo.

Permitidme una brevísima descripción de su origen histórico: en la vieja Roma, los ciudadanos pudientes enviaban a sus hijos a profesores de un prestigio proporcional a la disponibilidad económica de cada cual. En esas escuelas los muchachos aprendían todo lo que un día pudiera convertirlos en oradores, es decir, en hombres libres capaces de expresarse en público para defender sus ideas, bien fuera en el ejercicio de la abogacía bien en el de la política (y, de la mano de ésta, de los negocios).

Dos consecuencias primeras tenía este ejercicio escolar: en primer lugar, dado que, para ser convincente, el mejor orador debía tener los conocimientos más amplios que pudiera alcanzar (no sólo en el ámbito específico y técnico de la Retórica, sino también de Historia, Jurisprudencia, Biología, Literatura, Filosofía, Física, Arte, Matemática...), esa instrucción de orientación profesionalizante convertía de paso al orador en un ciudadano culto, dejándolo en una situación privilegiada para aspirar a la más alta meta del hombre libre: la sabiduría. En segundo lugar, la asistencia diaria del niño o muchacho a esa escuela lo hacía socializar, es decir, relacionarse con otras personas fuera del ámbito físico y personal de la familia, y esa relación se demostró muy positiva desde un principio.

Los estados modernos de Europa entendieron que les interesaba organizar sistemas públicos de enseñanza con ese objetivo de dar instrucción a sus ciudadanos, aportando, respecto de los sistemas anteriores, la inmensa mejora de universalizar el servicio. Para ello, contrataron profesores competentes en las distintas ramas (y niveles) del saber, cuya misión era transmitir esos conocimientos a los estudiantes (aunque hoy pueda sorprender, studium significa “afición, afán, empeño, ilusión”, pues se entendía que el “estudio” era aquello a lo que uno se dedicaba en todos los momentos que las obligaciones dejaban libres). Como consecuencia de este ejercicio – hoy como ayer – los jóvenes iban puliendo su carácter (se iban educando) y aprendían a socializar.

Y llego a mi conclusión por hoy: la misión esencial de todo centro educativo es la instrucción o transmisión de conocimientos (de hecho, sería preferible rescatar aquello de “Ministerio de Instrucción Pública”, como en otros países). Consecuencia privilegiada para los jóvenes es que, del trato continuo con personas cultivadas, adquieren ellos mismos modales civilizados, algo imposible si previamente en sus casas no perciben que eso sea algo deseable. Secundariamente, los muchachos aprenderán a relacionarse con otros, pero ahí los profesores no tienen nada que hacer ni que decir, más allá de actuar como simples árbitros para garantizar que las relaciones sean correctas (una vez más, las maneras de cada niño-joven deben haber sido adquiridas y reforzadas en casa).

Naturalmente, he descrito una situación ideal, pero no tanto por utópica cuanto por genérica: así debe ser el sistema, y luego cada comunidad y cada época le darán sus matices.

Ahora os invito a que consideréis el actual sistema educativo español (y reprimáis el llanto) en vuestra calidad de padres, de profesores, de estudiantes o de todo junto y reflexionéis sobre aquello en que no dais la talla y sobre aquello en lo que otros elementos del sistema no están a la altura. Como invitación a esa reflexión, os dejo dos preguntas: ¿creéis que la “educación” o “civilización de maneras” es algo que debamos exigir a los profesores de nuestros hijos, algo que está incluido en su sueldo? ¿Os habéis parado a pensar cómo hemos llegado a elevar al primer rango un elemento ajeno a la misión educativa como es la “guardería” (¿imagináis a un neurocirujano haciendo guardia en la puerta de un hospital para evitar que entren o salgan personas que no deben hacerlo?)? Pues eso, que hay mucho paño que cortar.

LUIS RIVERO

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