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La vacuidad - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

La vacuidad

     Hay palabras en nuestra lengua -supongo que en todas- cuyo uso desmedido ha propiciado su pérdida de significado y han pasado a habitar el odioso limbo de los vocablos que no significan nada; nada dicen, por lo que se pueden usar en cualquier contexto. Eso pasa mucho en poesía, en la mala poesía. Hay gente que cree que para escribir un poema hay que hablar de la luna, de las rosas o del amor y, si bien es cierto que hay palabras más poéticas que otras, el uso indiscriminado de algunas, indispensables, al parecer, para escribir un poema, banaliza la luna, la rosa o el amor, convirtiéndolas en voces vacuas y sin profundidad.

      Otro tanto ocurre, cada vez más, en política, actividad en la que sus profesionales han sustituido las ideas por lemas, frases cortas que machaconamente van repitiendo todos los miembros del partido para el que se han inventado, fundamentalmente el Partido Popular. Históricamente la Política ha sido el espacio reservado a la palabra. Los oradores se han complacido siempre demostrando sus dotes en el arte que heredaron de Demóstenes y de Cicerón, buscando no sólo la coherencia del discurso, sino también la belleza de las palabras usadas, la armonía y el ritmo adecuado. De hecho, los antiguos solían memorizar sus discursos, pues leerlos significaba una inaceptable falta de preparación. Es delicioso leer en los Diálogos de Platón cómo Sócrates y sus contertulios improvisaban discursos y razonamientos de una belleza exquisita.

    Nuestros políticos actuales, de alarmante pobreza intelectual, se han hecho profesionales en el vaciado de palabras, en la vacuidad. Me resulta tremendamente irritante oírlos hablar del conjunto de los españoles, de los vascos y las vascas, de lo que interesa a la gente (que suele ser lo que les conviene a ellos que nos interese), del tema que no está en la agenda… no creo que ningún lector de este blog se haya sorprendido en los últimos veinte o veinticinco años con una frase genial de algún político, un discurso que hablara de la brillantez intelectual del ponente. Mi yo niño y adolescente se deleitaba con los debates sobre el estado de la nación o cualquier otro rifirrafe parlamentario, escuchando a Tierno (al principio), a González y Suárez, a Bandrés, a Roca, a Guerra y fundamentalmente a Carrillo. Me gustaba su forma de expresarse, su buena dicción (nótese que no he nombrado a Fraga) una vez superados los complejos de los diferentes dialectos, sus dardos cargados de veneno e ironía. Se criticaba el discurso demasiado didáctico de Anguita, fundamentalmente porque lanzaba cargas de profundidad contra González, pero, si bien no era vibrante, sí era digno de elogio desde el punto de vista de la oratoria.

     La mayor preocupación e interés de los políticos de ahora es que los dejen donde están y no los obliguen a volver a sus trabajos -que algunos ni tienen-, y su mayor afán es salir del paso. Nada mejor que no decir nada para que nada se te pueda reprochar. No debemos meter en este saco a Toni Cantó, que da la impresión de ser representante del lobby de los panaderos, pues cada vez que habla sube el pan. También me parece admirable este arte del non dir niente: yo no sería capaz de hablar para no decir, pero, en cualquier caso, me resulta aburrido y triste que nuestros próceres se parapeten tras palabras vacías para no meter la pata.

     No sé si por contagio o por carecer también ellos de nivel, muchos periodistas están cayendo en los mismos lugares comunes; no en balde son la voz de su amo. Detesto a los reporteros, tertulianos o columnistas que hablan igual (de mal) que los políticos de su devoción, pues se nota que van bien aleccionados en las palabras y las frases que deben utilizar. Los que están llamados a ser el azote de los poderosos se han convertido en sus perros falderos (no todos, por supuesto), porque uno no muerde la mano que le da de comer. Independientemente de su calidad y grado de servilismo, creo que en el periodismo se está abusando, en general, de ciertas locuciones muy plásticas y acertadas como poner negro sobre blanco o poner sobre la mesa, expresiones que me agradan, pero cuando las oyes cuatro veces en una hora y todos los días, cuando son esperables, pierden su significado y su fuerza.

     Me gustaría que las Palabras volvieran a tener en nuestra vida, en nuestra cultura, el lugar principal que les corresponde como instrumentos fundamentales de la razón, que las mimásemos y las legásemos tanto o más pulidas que cuando las heredamos, que las utilizáramos para dar la cara y no para escondernos.

Fernando Rivero García

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