Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
21 Noviembre 2013
Cuando me emancipé (si es que en algún momento he llegado a hacerlo verdaderamente) decidí que no iba a tener tele en casa, lo cual no me hace, como dicen algunas, más interesante o al menos no mucho más allá del interés que pueda aflorar de una anécdota. Sin embrago, el hecho de no tener tele me permite hablar de lo que os voy a contar como alguien que se enfrenta a un fenómeno nuevo o casi desconocido.
Hace tiempo, en casa de mi madre, fui testigo de tres hechos, tres situaciones televisivas que lejos de ser una coincidencia temporal, me temo que son la norma en el funcionamiento de este servicio público.
Primero fue el fin de la serie Amar en Tiempos Revueltos, que emitía TVE desde hace siete u ocho años, que culminaron con dos capítulos en los que atropelladamente remataron las varias historias que mal tejían la trama de la serie. Tal manera de acabar con la serie me pareció una absoluta falta de respeto para aquellas personas que habían estado siguiéndola con una fidelidad a prueba de Tours de Francia, sopores de verano y la progresiva extensión del Telediario.
Al día siguiente o así, estaba viendo la serie Castle de Cuatro. Para aquellos que no conozcan la existencia de esta serie os diré que es una de las muchas series de policías en las que un extraño, en este caso un escritor de novelas policíacas, colabora en la resolución de los casos. La agente protagonista es especialmente guapa, o al menos a mí me lo parece y es la única razón por la que me paro en el zappeo cuando la veo en pantalla. Pues bueno, el caso es que estaba viéndola a ella cuando un malo malísimo (y esta vez de verdad) va y la mata. “¡Joder, qué putada!” – pensé mientras ella exhalaba su último aliento. Sin embrago, con esa costumbre de empalmar un capítulo con otro para que no hagas zapping, al segundo siguiente aparece ella tan lozana y buena moza como siempre. No me había dado tiempo de apenarme por la muerte de la heroína cuando la volvía a tener delante enfrascada en detener a otro malo malote. También eso me pareció una falta de respeto a los telespectadores que habíamos, por un momento, roto las barreras entre la ficción y la realidad y nos habíamos quedado un poco tristes por la muerte de Beckett, a la que habíamos convertido en persona y, por lo tanto, incapaz de resucitar.
Por último, estaba viendo la serie de Neox The Big Bang Theory, una serie compuesta por sketches de poco más de un minuto, entre los cuales colocan una cortinilla en la que aparece un átomo o algo similar. Bueno, pues estaba hablando el protagonista, Sheldon, cuando en mitad de una palabra cortan para meter publicidad. ¡En una serie que tiene un corte cada minuto o minuto y medio! Pero como hay que hacer coincidir la publicidad con los cortes de Antena 3, pues nada, se corta en mitad de la palabra y aquí paz y después gloria.
Todo este rollo sobre la tele no sería especialmente preocupante si no fuera una metáfora de lo que lleva pasando en el país desde hace mucho tiempo, esto es, la falta de amor por el trabajo bien hecho, el frangollismo imperante en casi todas las facetas de la vida. Esa sensación de impunidad, ese “¿qué más da?” que tiene más que ver con la crisis actual de lo que uno puede creer en un primer momento. Nos hemos acostumbrado a trabajar a un ritmo infernal en el que no hay espacio para revisar, sopesar, repensar, mejorar o rematar lo que estamos haciendo. Lo importante es hacerlo, tenerlo hecho, independientemente de si está bien o menos bien, de si sirve para lo que estaba pensado o no. Estoy convencido de que trabajar más despacio es trabajar mejor, porque no hay que repetir o rehacer (cuando lo hecho se puede repetir o rehacer); porque con tiempo puedes ensayar nuevas cosas, puedes innovar, en lugar de dejarte llevar por las inercias; porque en tiempos de menores recompensas económicas, el trabajo bien hecho puede ser una bonita recompensa, una manera de hacer más agradables los lunes por la mañana (incluso los de después de un puente).
H;