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La Empresa - Prometeo Liberado

Publicado por Luis Rivero

La Empresa

En un momento, como éste, de sana incertidumbre, hay sin embargo ideas que se diría acorazadas contra toda crítica. Una de ellas es la de “empresa” y sus derivados. Parece, en efecto, haber acuerdo común en que nuestras empresas necesitan del apoyo colectivo para que éstas consigan tirar del maltrecho carro de la economía (¿dónde estará?, seguimos preguntándonos) y esa convicción se traduce en imperativo indiscutible... Y ahí, en esa inmunidad al debate y al juicio, en su exigencia de fe (necesariamente ciega) es donde la premisa se me vuelve inaceptable.

¿Qué hay de malo en apoyar a nuestras empresas?, me dirán. Ante todo, que no sepamos distinguir las muchas – y aun contrapuestas – realidades que se esconden bajo tal vocablo. Cuando vemos que el Estado se deshace en miramientos para ayudar a nuestros Bancos y sus empresas financieras; cuando autoriza despidos masivos y empeoramiento de condiciones laborales en empresas de telefonía que, al mismo tiempo, declaran más que pingües beneficios; cuando decide no indagar cómo ha sido fabricado un producto por parte de empresas – españolas o no – con talleres en Asia o Centroamérica; cuando por razones económicas amplía los plazos de funcionamiento de reactores nucleares cuya “vida útil” se había dado por agotada... se entiende perfectamente que eso poco o nada tiene que ver con aquel otro empresario que, sin apenas ayudas y a veces incluso con derroche de estorbos por parte de la Autoridad, se gana la vida fabricando mermeladas artesanales de producción limitada. Podría, pues, parecer apropiado distinguir pequeñas y medianas empresas frente a empresas multinacionales, pero en principio no tiene por qué ser condenable que quien comenzó fundando una línea de transporte comarcal llegue a prestar esos servicios – siempre que sean de calidad y a precio justo – en distintos países y aun continentes. Piénsese, invirtiendo el caso, en tantas pequeñas empresas en las que el cliente se siente estafado desde el principio porque ve claramente que el objetivo no es la prestación del servicio sino la exacción de su dinero.

Y es que – creo – la diferencia no está en el tamaño sino en los objetivos: si por “empresa” entendemos cualquier iniciativa – individual o cooperativa – que pretenda ofrecer a su comunidad nuevos servicios o productos que faciliten su vida o la hagan más agradable, convirtiéndose al mismo tiempo en un razonable medio de sustento para sus propulsores, no tengo nada que objetar; más aún, cuentan con todo mi apoyo y simpatía y mis mejores deseos de buena suerte (España está muy necesitada de fortalecer un tejido de empresas de ese tipo). Si, por el contrario, la iniciativa utiliza como excusa o argumento secundario ese servicio o producto para alcanzar su objetivo primario, esto es, la obtención del dinero de sus clientes, mi apoyo es nulo, mi oposición, radical.

Sé que la distinción puede resultar simple en exceso, pero he preferido plantearla así porque está en la base de muchos de los problemas que hoy padecemos. Dejémoslo claro desde un principio: una empresa no se funda para activar la economía ni para crear empleo (eufemismos – nunca inocentes – como “empleadores” o “datori di lavoro” sí llevan esa carga ideológica), sino para ofrecer a la sociedad unos productos o servicios que a ellas les reporten un beneficio económico. Sabemos todos que esto no siempre se cumple, que tantas veces salimos defraudados como clientes porque lo que el marketing (más bien “ingeniería publicitaria”) nos vendía como excelencia ha resultado no ser más que mero oropel y palabrería: porque la “ciudad de vacaciones con todo incluido” no era más que un decorado postizo en la que se pagaba por cualquier actividad de relleno del aburrimiento; porque el restaurante de altísima cocina ofrecía en realidad a altísimos precios platos mediocres disfrazados de reducciones balsámicas y otras jergas pedantescas; porque la letra pequeña en tantos contratos acaba diciendo a voces cuáles eran las intenciones verdaderas de la supuesta oferta de servicios...

Esto es tan escandaloso como si viéramos crear con fondos públicos Universidades, Agencias varias u Hospitales para contratar plantillas, para “crear puestos de trabajo”, y no para que cumplan la función social que les es propia. “Es diferente”, me dirá alguno, “éstos son dineros públicos y allí es el empresario quien arriesga su inversión, pues siempre puedes no volver a contratar con él”... y sí, alguna diferencia hay, pero más en la responsabilidad (de gestores públicos en un caso; de inversores privados, en el otro) que en lo escandaloso del proceder, pervertido en ambos casos, deshonesto por igual. Y además, bien me cuido de no caer en la trampa que tiende la juntura “dinero público/privado”, ya que por esencia todo dinero es público, pues sólo realiza su función en el momento de su intercambio y trueque. La expresión sí tiene sentido si se refiere al origen de éste, pero aun aquí bien me temo que el modelo que se nos impone tampoco permite distinciones claramente nítidas, visto el alto número de empresas subvencionadas con fondos públicos en su creación misma y hasta en sus “rescates” plurianuales...

El Estado Moderno en el Antiguo Régimen basó su Poder en la conversión de pueblos en masas de individuos contribuyentes (en impuestos y en vidas consagradas al trabajo y a la guerra). El Nuevo Estado Postmoderno, sometido sin recato al servicio del Capital, quiere ahora convertirnos, bajo amenaza de una crisis perpetua, en masas de consumidores, que por tanto cumpliremos mejor o peor con nuestros deberes cívicos en la medida en que consumamos, no importa qué ni para qué. Desde esa perspectiva, tampoco importa qué ofrezcan las empresas, sino que se consuma lo que ofrecen: se “crea empleo”, se “activa la economía”... Cuando oigo esgrimir tales argumentos, pienso si quienes los defienden estarían igualmente de acuerdo en el caso de que la oferta de servicios tuviera que ver con la prostitución o el suministro de drogas (con el tráfico de armas no me atrevería a preguntarles, pues temo que la respuesta fuera hoy claramente afirmativa).

       Si el Estado está hoy, como lo está, al servicio del Capital, habremos de concluir que lo está al de esa Empresa deshumanizada cuyo objetivo único es la obtención de dinero, de cantidades ingentes y crecientes de dinero (y, si la población de consumo no ha aumentado, ese crecimiento tiene que repercutirse necesariamente sobre los precios), que en la prestación de servicios u oferta de productos ven exclusivamente el medio o instrumento para su único objetivo, o que directamente prescinden de esa prestación de servicios pues su única misión – diría que de nueva metafísica – es la de “generar dinero” en ese insondable pozo ciego de la ética que llamamos “Bolsa” o “Mercado de Inversión”. El Estado mima esas Empresas cuyos Consejos de Administración – ésos sí privados y aun secretos o por lo menos opacos – toman decisiones de clara repercusión pública, política, Empresas que gobiernan con palmaria ilegitimidad. A esas Empresas no me pidan que las apoye, aunque creen puestos de trabajo: a ellas les dedico mi recelo, mi desapego más cordial.

  Luis Rivero García

En un momento, como éste, de sana incertidumbre hay sin embargo ideas que se diría acorazadas contra toda crítica. Una de ellas es la de “empresa” y sus derivados. Parece, en efecto, haber acuerdo común en que nuestras empresas necesitan del apoyo colectivo para que éstas consigan tirar del maltrecho carro de la economía (¿dónde estará?, seguimos preguntándonos) y esa convicción se traduce en imperativo indiscutible... Y ahí, en esa inmunidad al debate y al juicio, en su exigencia de fe (necesariamente ciega) es donde la premisa se me vuelve inaceptable.

¿Qué hay de malo en apoyar a nuestras empresas?, me dirán. Ante todo, que no sepamos distinguir las muchas – y aun contrapuestas – realidades que se esconden bajo tal vocablo. Cuando vemos que el Estado se deshace en miramientos para ayudar a nuestros Bancos y sus empresas financieras; cuando autoriza despidos masivos y empeoramiento de condiciones laborales en empresas de telefonía que, al mismo tiempo, declaran más que pingües beneficios; cuando decide no indagar cómo ha sido fabricado un producto por parte de empresas – españolas o no – con talleres en Asia o Centroamérica; cuando por razones económicas amplía los plazos de funcionamiento de reactores nucleares cuya “vida útil” se había dado por agotada... se entiende perfectamente que eso poco o nada tiene que ver con aquel otro empresario que, sin apenas ayudas y a veces incluso con derroche de estorbos por parte de la Autoridad, se gana la vida fabricando mermeladas artesanales de producción limitada. Podría, pues, parecer apropiado distinguir pequeñas y medianas empresas frente a empresas multinacionales, pero en principio no tiene por qué ser condenable que quien comenzó fundando una línea de transporte comarcal llegue a prestar esos servicios – siempre que sean de calidad y a precio justo – en distintos países y aun continentes. Piénsese, invirtiendo el caso, en tantas pequeñas empresas en las que el cliente se siente estafado desde el principio porque ve claramente que el objetivo no es la prestación del servicio sino la exacción de su dinero.

Y es que – creo – la diferencia no está en el tamaño sino en los objetivos: si por “empresa” entendemos cualquier iniciativa – individual o cooperativa – que pretenda ofrecer a su comunidad nuevos servicios o productos que faciliten su vida o la hagan más agradable, convirtiéndose al mismo tiempo en un razonable medio de sustento para sus propulsores, no tengo nada que objetar; más aún, cuentan con todo mi apoyo y simpatía y mis mejores deseos de buena suerte (España está muy necesitada de fortalecer un tejido de empresas de ese tipo). Si, por el contrario, la iniciativa utiliza como excusa o argumento secundario ese servicio o producto para alcanzar su objetivo primario, esto es, la obtención del dinero de sus clientes, mi apoyo es nulo, mi oposición, radical.

Sé que la distinción puede resultar simple en exceso, pero he preferido plantearla así porque está en la base de muchos de los problemas que hoy padecemos. Dejémoslo claro desde un principio: una empresa no se funda para activar la economía ni para crear empleo (eufemismos – nunca inocentes – como “empleadores” o “datori di lavoro” sí llevan esa carga ideológica), sino para ofrecer a la sociedad unos productos o servicios que a ellas les reporten un beneficio económico. Sabemos todos que esto no siempre se cumple, que tantas veces salimos defraudados como clientes porque lo que el marketing (más bien “ingeniería publicitaria”) nos vendía como excelencia ha resultado no ser más que mero oropel y palabrería: porque la “ciudad de vacaciones con todo incluido” no era más que un decorado postizo en la que se pagaba por cualquier actividad de relleno del aburrimiento; porque el restaurante de altísima cocina ofrecía en realidad a altísimos precios platos mediocres disfrazados de reducciones balsámicas y otras jergas pedantescas; porque la letra pequeña en tantos contratos acaba diciendo a voces cuáles eran las intenciones verdaderas de la supuesta oferta de servicios...

Esto es tan escandaloso como si viéramos crear con fondos públicos Universidades, Agencias varias u Hospitales para contratar plantillas, para “crear puestos de trabajo”, y no para que cumplan la función social que les es propia. “Es diferente”, me dirá alguno, “éstos son dineros públicos y allí es el empresario quien arriesga su inversión, pues siempre puedes no volver a contratar con él”... y sí, alguna diferencia hay, pero más en la responsabilidad (de gestores públicos en un caso; de inversores privados, en el otro) que en lo escandaloso del proceder, pervertido en ambos casos, deshonesto por igual. Y además, bien me cuido de no caer en la trampa que tiende la juntura “dinero público/privado”, ya que por esencia todo dinero es público, pues sólo realiza su función en el momento de su intercambio y trueque. La expresión sí tiene sentido si se refiere al origen de éste, pero aun aquí bien me temo que el modelo que se nos impone tampoco permite distinciones claramente nítidas, visto el alto número de empresas subvencionadas con fondos públicos en su creación misma y hasta en sus “rescates” plurianuales...

El Estado Moderno en el Antiguo Régimen basó su Poder en la conversión de pueblos en masas de individuos contribuyentes (en impuestos y en vidas consagradas al trabajo y a la guerra). El Nuevo Estado Postmoderno, sometido sin recato al servicio del Capital, quiere ahora convertirnos, bajo amenaza de una crisis perpetua, en masas de consumidores, que por tanto cumpliremos mejor o peor con nuestros deberes cívicos en la medida en que consumamos, no importa qué ni para qué. Desde esa perspectiva, tampoco importa qué ofrezcan las empresas, sino que se consuma lo que ofrecen: se “crea empleo”, se “activa la economía”... Cuando oigo esgrimir tales argumentos, pienso si quienes los defienden estarían igualmente de acuerdo en el caso de que la oferta de servicios tuviera que ver con la prostitución o el suministro de drogas (con el tráfico de armas no me atrevería a preguntarles, pues temo que la respuesta fuera hoy claramente afirmativa).

Si el Estado está hoy, como lo está, al servicio del Capital, habremos de concluir que lo está al de esa Empresa deshumanizada cuyo objetivo único es la obtención de dinero, de cantidades ingentes y crecientes de dinero (y, si la población de consumo no ha aumentado, ese crecimiento tiene que repercutirse necesariamente sobre los precios), que en la prestación de servicios u oferta de productos ven exclusivamente el medio o instrumento para su único objetivo, o que directamente prescinden de esa prestación de servicios pues su única misión – diría que de nueva metafísica – es la de “generar dinero” en ese insondable pozo ciego de la ética que llamamos “Bolsa” o “Mercado de Inversión”. El Estado mima esas Empresas cuyos Consejos de Administración – ésos sí privados y aun secretos o por lo menos opacos – toman decisiones de clara repercusión pública, política, Empresas que gobiernan con palmaria ilegitimidad. A esas Empresas no me pidan que las apoye, aunque creen puestos de trabajo: a ellas les dedico mi recelo, mi desapego más cordial.

 

  Luis Rivero García.

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Antonio Jiménez 09/28/2013 13:56

¿Cuando hablas de esas empresas mimadas por el Estado, te refieres a las que iluminan nuestras casas...? Tres subidas de la electricidad en este año y la ignorancia del sagrado principio liberal de la "competencia" - puesto que acuerdan precios para castigar nuestros bolsillos- permitidas, bendecidas y justificadas por el ministro Soria las ponen en mi disparadero. Y no demasiado lejos de las que nos llenan el depósito de carburante. Esas no son empresas, sino contubernios mafiosos y extractivos, donde los altos cargos políticos que las favorecieron se refugian en su despedida de la gestión pública. Pero ellos gobiernan nuestras vidas. Así nos va.

Luis 09/29/2013 11:26

Como puedes imaginar, Antonio, no me faltaban ejemplos para ilustrar el hecho en sí, y los dos tipos de empresas que has mencionado son paradigmáticos: estamos sufriendo a diario su prestación de servicios abusiva, y la cosa pública (esto es, de nuevo nosotros) está sufriendo sus políticas ilegítimas, por ejemplo en cuestiones medioambientales: piénsese en las energías renovables, piénsese en la refinería proyectada en mi tierra y sus comunicaciones marítimas a través de Doñana...

Fernando Rivero 09/27/2013 17:33

Hay una cosa que no entiendo: el apoyo que se dio a la venta de coches, productos que en su mayoría no se hacen en España. Aquí lo único que se gana es con el sector servicios, es decir, la compra del automóvil, pero no su fabricación. Por tanto, ¿por qué se apoya tanto un producto que contamina y aquí no crea riqueza? Tampoco entiendo el libre mercado, sin aranceles, de productos de países que sí los tienen y además compiten de forma desleal, con sueldos de esclavitud y sin protección social. Creo que los gobiernos deberían airear las listas de las empresas deslocalizadas después de haberse beneficiado no nuestros mimos. Y lo que menos entiendo es que los consumidores no castiguemos a todos ellos.

Luis 09/27/2013 20:48

Sí, Nando, puedes encontrar esa extrañeza y otras mil, precisamente porque lo que prima es que se compre y venda, lo que sea y al precio (social) que sea. Pero lo que más me preocupa es la carga política de todo este asunto, la ilegitimidad con que algunos gobiernan mientras los demás callamos.