Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
20 Diciembre 2012
Es lógico pensar que la cultura que domina en una determinada época influya en las demás y que dicha influencia se haga evidente en la manera de vestir, de comer, en el pensamiento, las artes y la lengua, en la forma de vivir, en definitiva. Vivimos una época de clara hegemonía norteamericana y eso se está notando en todos los aspectos mencionados. Sin embargo, me apena ver cuán unidireccional es la relación que mantiene la Europa meridional con los Estados Unidos en este sentido. Los anglosajones no se han caracterizado nunca por asimilar y hacer suyas las características idiosincrásicas de los lugares que han dominado, sino, más bien, por intentar aniquilar esas culturas que consideran inferiores. El caso actual es aún más grave, pues no es Norteamérica quien está moviendo los hilos de la absorción cultural, sino las grandes multinacionales, buscando únicamente beneficios económicos.
De nuestra forma de vestir, no creo que haya que poner demasiados ejemplos; con respecto a la gastronomía, estamos importando –sobre todo la gente más joven- una cocina mucho más pobre y menos saludable que la nuestra: en el país de las tapas los chicos prefieren ir a McDonalds o al Borriquín; de la influencia del inglés en nuestra lengua (más aún en Hispanoamérica), es decir, de los anglicismos, prefiero no hablar, pues ahí hay -¡ay, qué desazón!- suficiente enjundia para un artículo monográfico, que os prometo. Lo que me aterra es que esta influencia y consiguiente aniquilación de nuestros hechos culturales se está acelerando enormemente en estas dos últimas décadas. En este país se ha celebrado desde época inmemorial el día de Todos los Santos, momento místico de reencuentro con las personas que amamos y se fueron, momento para la nostalgia y la tristeza. Ahora se celebra la fiesta hortera de Halloween, en la que los muertos son esos seres que dan miedo, y también risa, en vez personas a las que quieres sentir cerca. Preguntad a los chicos, si no, qué es eso de Todos los Santos. Tres cuartos de lo mismo acabará sucediendo con los Reyes Magos, que llevan los pobres dos mil trece años haciendo el mismo viaje y les vamos a pagar con la falsa moneda del olvido, en favor de ese individuo que nada tiene que ver con nosotros. Si seguimos así, me temo que a los Sabios de Oriente les queda poco de vida. Quizá sea mejor para ellos por fin descansar de tanto trajín. Y digo yo que aquí en Sevilla, ¿qué tenemos que ver con renos, trineos, abetos y nieve?
El clima de un lugar condiciona en gran medida la forma de vida de su gente. Por ello aquí en España hemos sido siempre muy callejeros, porque nuestro clima nos permite y aun alienta a estar en la calle. Sin embargo, últimamente da la impresión de que para muchas personas la calle es una fuente de peligros y conflictos que van a acabar con nuestra tranquilidad. Preferimos que nuestros hijos malgasten sus horas delante del televisor o de algún videojuego antes que dando tumbos por la calle, donde nada bueno pueden aprender, a ver si me lo van a pervertir con lo que me ha costado que me lo eduquen, sí, en casa mejor, protegido de todos los males que acechan en la calle, que si por mí fuera la prohibiría, con lo a gusto que se va en coche a todas partes, y si sale, que ya me lo pide, mejor que vaya a un centro comercial, el famoso “mall”, y yo lo recojo a las cuatro o cuando haga falta, que se oye cada cosa que pone los vellos de punta.
Estamos negando la vida a nuestros hijos, el imprescindible aprendizaje que se obtiene pateando las calles. Es verdad que te pueden pasar cosas indeseables, pero si vives con miedo, ya te ha ocurrido la peor de todas: que no vives. Si pensamos que ciertas esquinas son malas, enseñemos a nuestros hijos a identificarlas y a no pararse en ellas, pero si, encerrados en casa, les hurtamos un aprendizaje tan valioso como es el que se obtiene en la calle, los estaremos haciendo débiles, los dejaremos indefensos.
Quiso implantarse en España el sistema absurdo del “bebedódromo” (me pregunto si el botellón difiere mucho de ello), lugar a las afueras donde los chicos van y vuelven en autobús y se cogen la tranca padre. Todo muy seguro, muy aséptico. Todos tranquilos. La idea no es salir para llenarte de alcohol hasta los tuétanos, sino, más bien, departir un rato con tus amigos –copita por delante, claro- y callejear un rato por esa Sevilla mágica, con El Salvador a la espalda, o inmerso en la angostura de Las Siete Revueltas. Y, por supuesto, que te ocurran cosas que te puedas llevar a la memoria indeleble del alma.
La mayoría de nosotros hemos adoptado la forma de vida burguesa del sofá y el silencio del televisor, aniquilador de las conversaciones, anda ya, descansadito para poder rendir mejor mañana en el trabajo, encerrados en nosotros mismos pero sin reflexionar siquiera acerca de nosotros mismos, sólo absorbiendo lo que otros quieren que interioricemos, silencio, que no escucho lo que dice ése, ya hablaremos, que me interesa mucho esta bazofia, y mejor nos quedamos en casa, que para eso hemos puesto la calefacción, así, tan calentitos, ¿para qué vamos a salir, si en casa tenemos todo lo que necesitamos?
De repente, hace una década, a mucha gente le dejó de apetecer salir, y la noche fue muriendo en muchos lugares, bombilla que se vuelve paulatinamente más tenue hasta que su luz desaparece. Llamadme neurótico, si queréis, pero estoy convencido de que ésas son campañas orquestadas desde altas instancias, tan sibilinas que las personas creen que obedecen los dictados de sus propias voluntades. Y en ésas estamos. Menos mal que, al menos, el sofá que nos compramos en IKEA es comodísimo.
Fernando Rivero