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Hemos perdido la guerra - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

Hemos perdido la guerra

          El libro que estoy leyendo, Contra la ceguera, me está acercando bastante a Julio Anguita, personaje por el que siempre he sentido mucho respeto y simpatía. En él se hace un recorrido por la vida política del exalcalde de Córdoba y él mismo se toma tiempo para explicar sus posicionamientos y muchas otras cosas que los medios de manipulación no le permitieron exponer con objetividad y claridad en su momento.

         Las personas de izquierda no entendían en los años ochenta y noventa que no hubiera una gran alianza entre partidos afines. El error consistía en pensar que existía tal afinidad. Cuando Felipe González obligó a su partido a abjurar del Marxismo tenía muy claro que el ideario y la acción política del PSOE debían buscar la semejanza con el Partido Demócrata de Estados Unidos, diferenciado del Republicano en la política social, pero asumiendo en su ideología la política económica más liberal. Julio Anguita había conseguido aprobar un programa debatido y redactado por la militancia, no impuesto desde Arriba. Por tanto, dejarlo de lado para poder llegar a acuerdos con quien prefiría pactar con CiU habría supuesto una deslealtad no sólo hacia los militantes del PCE e Izquierda Unida que habían elaborado el programa, sino hacia la esencia misma de ambos partidos.

         La visión que de aquella época quedó fue, claro está, la de un ser engolado, mesiánico e inmovilista. Es lógico: todos los medios afines a la derecha neoliberal y a la socialdemócrata lo querían ver en la picota, pues Anguita ponía delante de estos últimos el espejo que mostraba sus miserias y traiciones. Éste es el punto crucial. Llevo tiempo queriendo escribir sobre la izquierda acomplejada y hoy me doy cuenta de dónde nace ese complejo: de la traición cometida por el PSOE contra su propia esencia, aceptando como buenas y, en palabras de González, como las únicas posibles políticas económicas y belicistas neoliberales, como país al servicio del imperio. Hoy, tres décadas después de su llegada al Poder, vemos adónde han llevado al Pueblo las políticas socialdemócratas, que en su base en nada se diferencian de las liberales.

        “Hemos perdido la guerra”, dice Julio en uno de los capítulos. Y la guerra no es sólo el paro, la pérdida de derechos de los trabajadores, la indignidad del trabajo, el incumplimiento de los derechos humanos…; hemos perdido la guerra porque, del mismo modo que aceptamos en el pasado la bonanza como un regalo del cielo, por nuestra cara bonita, aceptamos ahora la indignidad porque hemos pecado y nos merecemos el castigo divino. ¡Cuánto daño ha hecho la frase “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”!

         Tan falaz era la bonanza como esta visión que nos lleva al sentimiento de culpa que nos han inculcado. La realidad es muy distinta y tiene que ver con un cambio de modelo social diseñado por el Poder real, con el beneplácito e inacción de una clase política inerte e iletrada, más preocupada en unos casos por llevar a cabo acciones sobre-cogedoras y en todos por beneficiar a quienes están machacando a la gente, partidos y políticos a los que se podría acusar de alta traición, pues habiendo sido elegidos por el Pueblo, su misión principal es ayudar a los enemigos de éste en su contra y llevar nuestro barco a la deriva.

        Julio habla del doble Poder, del que aquí venimos escribiendo hace ya tiempo, el que hace que la democracia sea una patraña y a mí me ha alejado de las urnas desde mi juventud. Hay un poder oculto –aunque cada día más evidente- que no tiene su sede ni en el Parlamento, ni en Moncloa, ni en Zarzuela, sino en la plaza de la Lealtad, en el Palacio de la Bolsa. Ellos son los que verdaderamente mueven los hilos, los que diseñan las estrategias y le dicen al presidente de turno qué ha de hacer. Todo lo demás es filfa y pantomima. Volveré a las urnas cuando me dejen votar a quien de verdad manda y os aseguro que mi voto irá para el Presidente de la Coca-Cola; con ron, claro.

         Hemos perdido la guerra porque no tenemos futuro ni esperanza, pero, sobre todo, por ese sentimiento de culpa que nos lleva a la resignación, a poner la otra mejilla -que ésta aún no me duele lo suficiente- y la espalda para soportar toda la carga con que nos quieran seguir aplastando. Es el afán irracional del esclavo que claudica antes de pelear porque entiende el estado en que se halla como un sino, un negro destino merecido por su mala cabeza.

         Pero de entre las cenizas nace tímidamente el Pueblo. No es el rescoldo que se extingue, no la llama que languidece por falta de oxígeno y aliento, sino otra que está latente y tiene vocación de antorcha que alumbra y guía a las gentes en el camino de nuestra propia liberación. Y esto es lo importante: Julio Anguita no lo plantea como un vótame y yo te haré salir del bache, con promesas que ni él mismo se cree. Es más bien un andemos el camino juntos y busquemos entre todos otra realidad y otras reglas del juego, que para eso somos mayoría.

          Pero éste será el motivo de mi próximo artículo, que escribiré con la esperanza de que sea sólo una batalla lo que hayamos perdido y al final ganemos la guerra, no sólo porque la razón esté de nuestra parte, sino por puro instinto de supervivencia.

 

Fernando Rivero García

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