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El negro que el mar no tragó - Prometeo Liberado

Publicado por Fernando Rivero García

El negro que el mar no tragó

En su incansable ansia por mejorar, el hombre se ha dedicado a lo largo de la Historia a buscar nuevas tierras que le ofrezcan una vida mejor, mayores posibilidades. Ése fue, sin duda, el afán que llevó a Pizarro, Cortés y Alvarado a explorar las ignotas tierras que llamarían las Indias. Siempre ha habido movimientos humanos y han producido un mestizaje cuya influencia ha sido muy beneficiosa para el desarrollo cultural de los pueblos. Además, históricamente, han sido movimientos imparables, por muchas puertas que se haya querido poner al campo, porque el hambre es difícil de dominar.

En España hemos pasado de ser un país de emigrantes -¿quién no tiene un pariente más o menos cercano que se fue a Suiza, Alemania o a hacer las Américas?- a ser país receptor de personas que buscan una oportunidad. Hemos vivido una década en la que se nos ha hecho creer que éramos ricos, que el país tenía una sólida economía (ahora sabemos que era más bien un castillo de naipes) que nos permitía por fin entrar en el ansiado club del vergel, y nos hemos apresurado a cerrar nuestras puertas, porque los clubes privados no se comparten.

Es curioso que hayamos olvidado en tan poco tiempo que no hace tanto éramos nosotros los que, dejando una familia atrás, buscábamos una vida mejor para los nuestros en países más septentrionales, lugares que no siempre nos trataron bien, a pesar de que ayudamos con nuestra mano de obra a levantarlos. En los años sesenta había en Londres tiendas con carteles que decían “no robar” en castellano, en Alemania o Suiza éramos los parias, los que vivíamos en pobres condiciones y no gastábamos un duro, porque preferíamos enviar todo lo que podíamos a nuestras familias en España, y en Cataluña éramos charnegos, expresión que humilla más al que la usa que al humillado.

Nuestro país, que siempre había sido solidario, decidió que aquí ya no entraba nadie más, que las nuevas riquezas eran exclusivamente para nosotros y no se compartían, que “se siente, haber nacido en España y con una piel más clarita y sin esos rasgos indios, porque, si no, seguro estás aquí para robar, violar, matar, o, peor aún, quitarnos nuestros puestos de trabajo”. Los españoles nunca hemos sido racistas; bueno, sólo con los gitanos, porque esos… y afeábamos el color de la piel de los pocos negros que osaban criarse junto a nuestros hijos. En estos días que hemos de convivir, sin embargo, con tantas razas y nacionalidades diferentes, quizá sí estemos demostrando una aversión no explícita, válgame el cielo, contra los que no son como nosotros.

Ahora se quiere dar otra vuelta de tuerca en la insolidaridad, negándoles el pan y el agua (creí que los cristianos no se lo negaban ni a sus peores enemigos). El Partido Populista, cuya varita mágica se antoja más bien rayo destructor, quiere, con la excusa del ahorro, imponer una nueva medida que acabe con la asistencia sanitaria a los inmigrantes ilegales. ¿Y si enferman? Pues muy fácil, que se mueran. Y no se perderá gran cosa, porque si a un negro se le da en su país una carrera universitaria –que ya es darle- y él opta después por reunir todo el dinero de su familia, cruzar el desierto del Sahara en penosa travesía, dar dicho dinero a unos traficantes, montarse en una patera, vencer al proceloso mar que quiere devorarlo y eludir a los guardias civiles que lo esperan, sólo para robar, violar, matar, y, peor aún, quitarnos nuestros puestos de trabajo, debe de ser una persona muy mala. Pero, por favor, si se muere, que no sea de una enfermedad contagiosa, que se muera mejor de miseria. Eso sí, no vamos a decirlo tan a las claras; mejor que el portavoz en el congreso, Alfonso Alonso, les conmine vehementemente a que vuelvan a sus países, de donde nunca deberían haber salido.

Es increíble que personajes tan grises como Rajoy y sus secuaces estén resultando tan creativos en eso de joder al pueblo. Parecen pensar, como el violador, que cuando decimos no, en el fondo queremos decir, pero nos hacemos los estrechos y bueno, si seguro que al final les gusta y ya nos lo agradecerán. Da la impresión de que estos individuos usan esas corbatas y americanas de coloridos y tenues tonos pastel para disimular sus acerados dientes de lobo ávido y despiadado y dar un poco de color a sus almas grises. En vez de tanta misa y comunión diaria, ya podrían leerse la Biblia y meterse en la piel del buen samaritano.

Antes que buscar la infelicidad de los inmigrantes, más le valdría al señor Rajoy proporcionar mejores condiciones de vida y alguna oportunidad de trabajo a los muchos jóvenes preparados de este país, tantos cerebros cualificados que se están yendo hacia el norte huyendo del estancamiento personal y profesional. Esperemos, al menos, que esta vez no se los considere charnegos y no se nos mueran de un resfriado.

Fernando Rivero

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