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El Maestro - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

El Maestro

     Me gusta pensar que soy quien guía tus pasos en la vida y te ayuda a levantarte cuando caes, quien te enseña una materia y, a la vez, te habla de las trampas que te esperan, quien busca tu excelencia en ese talento que demuestras o, al menos, te empuja a ser cada día mejor, a sacar lo bueno que haya en ti y hacerte consciente de aquello que pueda ser un freno. Quiero ser quien te regale el billete para ese tren que nunca para, la azada con que cultivas tu alma. Quiero entregarte, estate atento, la llama que un día recibí de mis ancestros; no para ti, no sólo, sino para que tu mano, ávida de fuego, ceda a otras manos el testigo. Así construiremos entre todos un mundo mejor, más justo y menos necio. Enemigo soy del pan y el circo, la voz que te impele a abandonar el redil que entre todos preparamos para ti. Si todas esas cosas soy, no me llames “profesor”, que yo quiero ser maestro.

 

     Siempre he tenido en muy alta estima mi profesión y, por esa misma razón, no entiendo muy bien su carácter profesional. Soñáis si con esto pensáis que abogo por que nos quiten el sueldo, que mi sueldo no se toca (aunque últimamente le están pegando sus buenos pellizcos). Sin embargo, creo que éste es un trabajo en el que la vocación debe estar por encima de todo, que estás aquí porque realmente tienes ese afán de regalar el fuego de la sabiduría a los demás y no porque no te queda otra o porque fuera la salida más evidente de lo que antaño estudiaste.

 

      Los que deberían mimar la Enseñanza la han bastardeado de tal manera que muchas veces es difícil enseñar siquiera tu materia, pero nuestra función en esta cadena debe ser la del tutor que guía los pasos de la persona que se está formando, no sólo quien prepare al alumno y le regale ese conocimiento que de su materia debe tener. Debemos ser instructores y tutores. El problema es que nos estamos convirtiendo en meros educadores, gracias a esos que diseñaron el Sistema y a una sociedad que moralmente hace aguas.

 

     No entiendo esa forma de pensar que ve al alumno como el enemigo que debemos vencer, por muy malos ratos que a veces te dé. Debe de ser muy frustrante tener que entrar en clase diariamente con coraza y escudo, e inútil siempre para todos. Pero bueno, hay más trabajos en el mundo… En cualquier caso, sé de profesores que reconocen que no les gusta la Enseñanza, pero son magníficos profesionales que saben atraerse al alumno y enseñarle. ¡No! ¡No os confundáis! Si pensáis que abogo por el profesor que es colega del alumno, estáis muy equivocados, que yo mala leche rezumo por los cuatro costados. Me decía, sin embargo, un compañero de Pilas, ese pobre al que engañé para que me sustituyera en la Jefatura de Estudios –uno de los mejores profesores que he conocido-: “Mira Jefe (así me llamaba). Tú y yo somos los que más nos enfadamos y más voces pegamos y, sin embargo, los alumnos nos quieren, porque uno siempre sabe si la bronca te la está echando quien te quiere o quien no te quiere”. Yo le contestaba que no, que era porque nosotros éramos más guapos. El alumno no es mi enemigo, se ponga como se ponga, sino el que, quiera o no, debe recoger la llama que le ofrezco –ya sabéis lo pesado que soy cuando quiero algo-.

 

   Tampoco entiendo esa diferencia que se hace entre los profesionales de las distintas etapas de la Enseñanza. ¿Es menos importante el maestro que yo y yo que el que imparte clases en la Universidad? Me pregunto qué sería de mí, como profesor, si no se hiciera una buena labor en Infantil y en Primaria, qué del profesor universitario de alumnos que no saben nada. Me gusta pensar que todos somos Maestros, pues la palabra “profesor” me suena hueca al lado de “magíster”. Todos hacemos una labor esencial, cada uno en su nivel y con sus herramientas. Pero no creo que todos nos merezcamos ese nombre; precisamente porque tengo en muy alta estima mi profesión, creo que ése, maestro, es un nombre que hay que ganarse día a día en las aulas y los pasillos, que el alumno, tu pupilo, sepa que estás ahí y te permita ser esa referencia adulta necesaria.

 

     Por mi parte, recuerdo a Don Germán, con el que tanto aprendí, y a la Señorita Irene -responsable en gran medida de mi forma de escribir y mi apego por la lengua-, a Mª Dolores -mi madre-, a Rafa Arciniega, a Perico y a Cayetano en el instituto, y a Portillo, Comesaña y Mª Luisa Venegas en la Universidad. Y no sólo los recuerdo porque me enseñaran Historia, Lengua, Griego o Inglés, sino por lo que sus personas transmitían, ese halo intangible e indescifrable que se te va metiendo dentro y se queda, huésped deseable, de por vida.

 

     Hace poco murió en mi barrio El Peregil (él lo escribía con “g”), cantante de Sevillanas, y se recogieron firmas para que se le diera, merecidamente, su nombre a una calle. Yo me pregunté por qué hay profesiones cuya proyección social parece suponer un mayor beneficio para la sociedad. ¿Por qué no nos planteamos nombrar una calle, por ejemplo, Paula Mate, maestra que ha enseñado a leer y le ha dado herramientas básicas de matemáticas y arte a treinta promociones de sevillanos? ¿O Blas o Luis Rivero, o tantos otros que han posibilitado que muchos de los niños que iban a sus colegios o institutos se convirtieran en hombres y mujeres formados, en barrios donde muchas oportunidades no tendrían sin su escuela? Deberían haber elegido la guitarra y el micrófono.

     Yo creo en ese maestro de cualquier nivel que se preocupa de verdad por llenar la cabeza y el alma de sus alumnos, por hacerlos libres en cuanto cultos y preparados. Creo, en definitiva, en ti, que recogiste el testigo de Prometeo.

Fernando Rivero

 

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