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El Gordo de Navidad - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

El Gordo de Navidad

 

       No importan el credo, la ideología, las aficiones musicales, la tribu urbana a la que uno pertenezca… Si en algo nos hemos puesto todos de acuerdo en este país es en la destrucción masiva de nuestras raíces culturales. La primera en sufrir las consecuencias de dicha destrucción sistemática ha sido nuestra lengua, con continuas injerencias del Inglés en su vocabulario y giros lingüísticos. Y es que nos hemos vuelto unos modernos. Quizá no hayamos aprendido aún a hablar la lengua de Milton, pero estamos consiguiendo hablar igual de mal la nuestra propia, introduciendo innecesariamente en ella vocablos que lo único que tienen de castellano es su pronunciación ibérica.

     Lamentablemente, no es la única. También están quedando obsoletas –sobre todo para la gente más joven- fiestas y celebraciones que nuestros ancestros nos legaron. El caso más claro es la fiesta de Tos Santos, Día de los Difuntos o, llanamente, Los Muertos, momento espiritual de acercamiento a quienes tuvimos cerca y se nos fueron, día para recordar a quienes tanto quisimos. ¿Y a cambio de qué? De esa fiesta hortera que llaman Hallowe’en, en la que los difuntos sirven de mera excusa para el susto y la hilaridad. ¡Ay, en qué profundas simas del alma nos está sumergiendo la edad contemporánea, qué recónditos rincones nos enseña a explorar!

      Detesto al Gordo. Con toda mi alma desprecio su visita. Y no por ser símbolo anglosajón, sino como el mezucón que quiere adueñarse de nuestras costumbres. Lo veo más bien como un black bass, un cangrejo rojo americano o el infatigable eucaliptus: un intruso que ha venido para quedarse y desplazar a los autóctonos. Me parece fantástico, y bello, que vaya por los hogares septentrionales en su trineo tirado por renos y se cuele por las chimeneas -qué pocas creederas tiene eso-. Cada pueblo, cada lugar, tiene su idiosincrasia y sus costumbres son una adaptación de su realidad. En Sevilla, por ejemplo, nos gusta tomarnos la cervecita en la calle, porque podemos, porque el clima nos lo permite. Pero no, tenemos que adaptarnos a la vida del norte y divertirnos en espacios cerrados o bebedódromos habilitados para tal fin. En los países fríos los símbolos que acompañan a Papá Noel resultan apropiados, pero cuál es nuestra relación con los abetos, la nieve, los renos o los trineos.

        Cierto es que en España no tenemos mucho contacto con los camellos –bueno, quiero decir…, los de joroba-, pero sí lo han tenido las fuentes de las que históricamente hemos bebido: el Mediterráneo europeo y africano; y con palmeras, y con tres sabios que vinieron a adorar al niño, a adorar al niño, que ha nacido ya. Nada tenemos que ver con los otros símbolos navideños. Y no nos engañemos: no han venido para convivir con nuestros portales y nuestros reyes, sino para desplazarlos y adueñarse de nuevas tierras. De hecho, de seguir así, después de dos mil años trayendo ilusión a los niños, no creo que a Melchor, Gaspar y Baltasar les queden más de unas pocas décadas de vida antes pasar a ese limbo de la Historia donde habitan las cosas que un día fueron importantes. Es un proceso similar al de los antiguos imperios, que “evangelizaban” a los colonizados destruyendo sus primitivos dioses y acabando con sus costumbres “arcaicas y salvajes”.

        En nuestros días, esta invasión tiene la impagable ayuda de la televisión y del cine. No nos obligan, como antaño, a abjurar de nuestras costumbres, que para eso somos libres, sino que nos bombardean desde la mañana hasta la noche –incluso en sueños- con la forma de vida normalizada de la clase media americana, series donde se diseñan los personajes al milímetro para que haya representación de todos los sectores: WASP (White Anglo-Saxon Protestant), negros, asiáticos, hispanos, indios, obesos…, pero todos con la misma mentalidad, la misma forma de vida y las mismas costumbres. No es, por tanto, de extrañar que los chicos vean normales y hagan propios dichos hábitos y modas y vayan paulatinamente sustituyendo el serranito y la tapita por la hamburguesa, la tasca por el Borriquín, el pelo negro por el rubio y los Reyes Magos por Papá Noel.

        No es un proceso que venga del contacto de los pueblos ni del hermanamiento de sus gentes, sino de la imposición de costumbres por parte de los poderosos, de las necesidades comerciales de las grandes empresas. Como sabéis, Papá Noel iba antes vestido de verde, pero por exigencia de la empresa Coca-Cola cambió los colores de su indumentaria. Siempre se venderá más si el ámbito no es un país ni un continente, sino el mundo entero. Todo ello nos lleva inexorablemente, como siempre, al pensamiento único, a los gustos y costumbres uniformes, a tener aún más motivos para comprar y despilfarrar. Si queremos tirar la casa por la ventana y mimar a nuestros hijos, ya no tenemos por qué limitarnos al seis de enero; también tenemos el veinticinco de diciembre.

       Siempre me ha interesado conocer otras culturas, saber que hay otras formas de hacer las cosas y que son tan válidas para ellos como las nuestras para nosotros, por lo que no creo que debamos ser cerrados ante costumbres ajenas ni impermeables a su influencia, pero mucho me temo que la tan cacareada aldea global, en la que todos íbamos a ser ciudadanos del mundo, cosmopolitas porque el mundo es un pañuelo, se ha convertido en un mercado global en el que las multinacionales venden sus productos en los rincones más escondidos del planeta. ¿Qué otras costumbres va a conocer el viajero avezado si todos tenemos las mismas?

Fernando Rivero García

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Diego 01/16/2014 23:00

¿Qué otras costumbres va a conocer el viajero avezado si todos tenemos las mismas?. No puede cerrase mejor...
Gracias Nando

Antonio Jiménez 12/19/2013 20:21

Hombre, a mi no me importaría que el otro gordo de navidad, el de los niños que cantan premios, me hiciera un hueco en su agenda.

antonio jimenez 12/20/2013 21:58

Pues estamos listos entonces porque jyego el mismo numero que tu. Comentaremos el dia22 lo importante que es tener salud.

Fernando Rivero 12/19/2013 21:46

Pues si juegas el mismo número que yo (aunque lo hayas comparado tú), estás listo, porque a mí nunca me toca nada.