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El chalet de Carrillo - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

El chalet de Carrillo

     Cuando hace año y medio Sánchez Gordillo -al que profeso más bien poca devoción- entró en un supermercado para llevarse productos que luego repartiría entre gente necesitada, fue entrevistado en un programa de Telecinco. Toda España puso el grito en el cielo, pues su simbólico gesto abría las puertas al pillaje y a la rapiña. Un atentado en toda regla contra la propiedad privada. No voy a entrar a valorar el hecho, al menos ahora, pero recuérdese que ya había gente pasando auténtica penuria, circunstancia que se ha ido agravando con el tiempo.

     Lo que me trae aquí es la presencia de Gaspar Llamazares en el programa. Aparecer en televisión con tiempo para poder exponer tus ideas es una tentación grande para cualquier político, pero me temo que Llamazares eligió mal el medio, ya que más que entrevista fue un auténtico linchamiento en el cual el entrevistado no pudo exponer sus razones, mientras las arpías tertulianas le escupían su secular rencor. No, Gaspar, no todo vale y no se puede acudir a cualquier programa, menos aún si está moderado por un tal Jordi González, periodista que un día supuse serio, apreciación, sin embargo, que él mismo se ha encargado de desmentir. Creo que deberíamos acuñar otro adjetivo para definir esta prensa, pues “amarilla” se ha quedado corto. Son tantos los improperios, gritos, insultos, graznidos y lenguas viperinas, que, más que el amarillo, el color que mejor la define es el amarillo chillón.

      Había una rubia recién llegada de Pachá -perdonad que no recuerde el nombre, pero de la medianía no me suelo acordar- que con indecible acritud le echaba en cara que tenía posesiones, un par de casas creo que eran. Tanto hablar de los pobres, hipócrita, y vives tú como un marqués.

     La visión de ese linchamiento Popular me transportó en volandas hasta hace treinta años y me dije qué poquito ha cambiado la caverna de este país de mierda. Recordé los comentarios de algunos nostálgicos de mejores tiempos y un gallego acerca de ese diablo vestido de diputado, ese Satán de Paracuellos que se paseaba -¿puedes creerlo?- libremente por las calles de Madrid, mi Madrid, y encima poseía un chalet (imagino que no en Paracuellos). Yo, hombre de orden, de misa y de bien en un pisito y ese sátrapa comunista, escoria del mundo, en un chalet. ¿Para esto hemos ganado una guerra, tanta gloriosa Cruzada para ver al hombre del saco en el Parlamento y viviendo en un chalet?

     No ha pasado el tiempo, en nada se distinguen las mentalidades de antaño y de hogaño, y me temo que son reminiscencias de la Represión, época en que los represaliados que no murieron vivieron como parias de la sociedad, y da gracias porque te hemos perdonado la vida, cabrón, pero no quieras encima vivir bien, que para eso estamos los vencedores, y más vale que ni píes.

      Revanchismos aparte, a las personas progresistas se les exigen códigos éticos inflexibles. Quiero decir que si un mismo acto delictivo lo cometen un sindicalista y un empresario, toda la sociedad juzgará con más severidad al primero. En este caso existe una hipocresía evidente por parte de quien se muestra al mundo de otra manera, pero el hecho es de igual gravedad delinca quien delinca.

     Volviendo al tema principal, es decir, si una persona progresista puede ser a la vez adinerada, debemos primero delimitar qué es ser de izquierdas. En España las dos opciones fundamentales que tenemos son el liberalismo y la socialdemocracia, bien asentados ambos en el sistema capitalista que padecemos, e izquierda hay muy poca. La pregunta es: “¿puede Llamazares tener dos casas y desayunar croissants?, ¿puede Méndez tener un Rólex?” Y los que quiera, siempre y cuando el dinero con que se adquieran haya sido obtenido de forma legítima. ¿Quiénes somos para decir a alguien cómo ha de gastar su propio dinero? Sobre este tema me ofreció una visión muy esclarecedora el canario Héctor Lorenzo, amigo con el que disfruto mojando en ron las palabras. La cuestión no es qué haces con tu dinero privado conseguido honradamente, sino qué políticas sigues, a qué grupos sociales tratas de beneficiar cuando accedes a un cargo de responsabilidad, si eres ecuánime en la empresa que diriges o pagas peor a las mujeres, si intentas menoscabar los derechos de los trabajadores, si tus políticas buscan una verdadera equidad o son sólo palabras. En eso nuestra crítica sí debe ser mordaz.

      Trabajando para Forem, grupo perteneciente a Comisiones Obreras, una amiga mía pidió una reducción de jornada por hijos menores de tres años, derecho por el que había luchado ese sindicato. Malo fue que no se lo concedieran, pero peor fue el argumento con que se lo denegaron: “No confundas, le dijeron, Comisiones sindicato con Comisiones empresa”. Esa frase da mucho que pensar porque deja al descubierto dos discursos diferentes. Cualquier otra respuesta me habría parecido más de recibo, no tenemos dinero, la organización actual no lo permite, lo siento mucho…, pero no ahora estoy del lado de los cabrones. Si juegas en dos bandos y tu discurso es distinto en uno y otro, eres un hipócrita y nada de lo que digas -desde un punto de vista político- será creíble, pues das en el fondo por bueno que una empresa actúe contra sus trabajadores.

     En este país estamos habituados a políticos como Piqué, que convirtió en empresa su casa para pagar menos impuestos; otros que cobran por residir en Madrid, teniendo ya vivienda; infantas que se alquilan a sí mismas su propio palacio, como poco; deportistas como Arantxa, que vendía la marca España mientras tenía su domicilio fiscal en Andorra; ministros que apoyan la avaricia de las grandes empresas a costa del erario público y de los derechos de los trabajadores y consumidores… Y lo que nos preocupa es el desayuno de Llamazares, que, por cierto, hizo mal al desmentirlo y dar explicaciones a los rastreros.

      Las incongruencias de una persona de izquierdas en la vida pública -tanto en política como en la empresa- son indefendibles, pero en la privada, reitero, siempre que se haga de forma legítima, nada debemos reprochar ni desde el punto de vista legal, ni político, ni moral.

Fernando Rivero García

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