Blog de educación y de crítica social y política que busca luchar contra la estulticia y falta de sentido común instalados en nuestra sociedad.
19 Septiembre 2013
Preguntado el otro día Alfonso Guerra por la calidad humana e intelectual de la clase política, contestó que la diferencia entre los de su generación y la actual, mucho mejor preparada, es que entonces entraban en política los mejores de cada profesión, mientras que los que eligen ahora ese mundo son los peores. No sé si la primera parte de su afirmación es cierta, pero la segunda sin duda lo es.
Me produciría zozobra y vergüenza ver cómo dirimen sus disputas si no fuera porque son vuestros representantes –que no míos-, los que proponen leyes y hacen que se cumplan, los que manejan nuestro dinero y hacen que el país y las comunidades naveguen, naufraguen más bien, por los mares de su elección. Dada su responsabilidad, más que vergüenza, sus palabras y actuaciones me producen una mezcla entre asco y desazón, absoluta desesperanza en un país en el que un día creí.
Cuando dos niños se pelean y el único argumento que esgrimen para tener más razón que el contrario es que el otro lo ha hecho peor, la paja en el ojo ajeno, se les afea su actitud y se les hace ver que ellos son responsables de sus propios actos, independientemente de lo que el otro haya hecho. Reprobamos no sólo sus actos, sino también la manera en que esquivan su responsabilidad ante los hechos.
Pues éste es precisamente el panorama que tenemos en el Parlamento, lugar donde nos han enseñado que reside la soberanía popular. Es un modus operandi que por repetido se nos revela evidente como estrategia, pero, también por repetido, el pueblo ha interiorizado y por tanto normalizado, es decir, que sabemos a priori que la respuesta de un político cuando es cogido en falta, cuando no en flagrante ilegalidad, va a ser el consabido y tú más y el debajo de mi cama tengo una luz, todo lo que me digas eres tú, y lo aceptamos como mal inevitable. Esta estrategia usada por el PSOE y el PP fundamentalmente tiene otro apoyo importante: el seguidismo ciego e irracional de los diputados del partido y de sus votantes acérrimos. Y ellos, los dirigentes, como es fácil y les da buenos resultados, siguen con su política pueril y ridícula.
Cuando a un político del PP se le pregunta por Bárcenas u otro de sus muchos casos de corrupción, contesta indefectiblemente hablando de los EE.RR.EE. de Andalucía; cuando se inquiere a uno del PSOE, responderá con el caso Gürtel. Si hablamos del paro, el problema será la herencia recibida, si hacen una reforma laboral inmoral y asfixiante, el otro partido también la hizo. Y mientras, el parado sigue en paro, el trabajador sigue perdiendo derechos, se siguen privatizando servicios públicos esenciales –para lo cual antes se han dictado normas que redunden en su mal funcionamiento-, se sigue permitiendo la deslocalización de empresas importantes y subvencionadas y los bancos –los máximos culpables de la crisis- se siguen yendo de rositas. Es como si se hubieran parado para pelearse a mitad del túnel y se hubiesen olvidado de buscar la luz.
En el sueldo de un político o de cualquier alto cargo se paga la responsabilidad que asume. Esto quiere decir que cuando las cosas salen mal, aunque no seas culpable de la situación, debes cuando menos presentar tu dimisión. No serás el culpable, pero sí el responsable de lo que ha sucedido. Así son las cosas y por ello ganas más dinero. Sin embargo, en este país, no muy ducho al parecer en actitudes democráticas, asumir la responsabilidad de un hecho que haya acaecido significa que eres culpable del mismo, y así serás juzgado por la prensa hostil. Dimitir es una prueba fehaciente de que estás implicado en un caso de corrupción y por ello el político se defiende como gato panza arriba y no dimite hasta que no está con el agua al cuello, argumentando en ese caso que son motivos personales, como Griñán, los que lo han llevado a ello. Es absurdo; uno debería dimitir como paso natural cuando él o su departamento están bajo sospechas fundadas, al margen de la calumnia y la difamación a la que nos tienen acostumbrados los políticos contrarios.
Los servidores públicos, dada su responsabilidad, deberían ser las personas más generosas con su tiempo y con sus actos, las mejor formadas y las superiores desde el punto de vista moral. Sin embargo, en ese mundo encontramos una mayoría aplastante de personas egoístas a las que lo único que interesa es su propio beneficio, el de su partido y el de sus amigos pudientes (que ya me caerá algo), gente que más que en su formación intelectual se ha esmerado en su saber estar y medrar en ese mundo despiadado e implacable que es la política, en el funambulismo de andar por la cuerda floja y subir y subir y no caer (aunque bien saben que si caen tendrán la red de otro cargo esperando), personas cuya altura moral no es superior a la de un hincha en un partido de fútbol, con su doble rasero y sus dos diferentes varas de medir de acuerdo con quien sea el imputado: si un caso de corrupción afecta a alguien de su partido, dirán que hable
Mientras tanto, el Pueblo observa estas peleas estériles atónito y desesperanzado con la descorazonadora certeza de que España se está yendo a pique y que esos de las recetas magistrales no sólo no saben ni freír un huevo, sino que además están envenenando nuestras depauperadas sopas.
Fernando Rivero
Preguntado el otro día Alfonso Guerra por la calidad humana e intelectual de la clase política, contestó que la diferencia entre los de su generación y la actual, mucho mejor preparada, es que entonces entraban en política los mejores de cada profesión, mientras que los que eligen ahora ese mundo son los peores. No sé si la primera parte de su afirmación es cierta, pero la segunda sin duda lo es.
Me produciría zozobra y vergüenza ver cómo dirimen sus disputas si no fuera porque son vuestros representantes –que no míos-, los que proponen leyes y hacen que se cumplan, los que manejan nuestro dinero y hacen que el país y las comunidades naveguen, naufraguen más bien, por los mares de su elección. Dada su responsabilidad, más que vergüenza, sus palabras y actuaciones me producen una mezcla entre asco y desazón, absoluta desesperanza en un país en el que un día creí.
Cuando dos niños se pelean y el único argumento que esgrimen para tener más razón que el contrario es que el otro lo ha hecho peor, la paja en el ojo ajeno, se les afea su actitud y se les hace ver que ellos son responsables de sus propios actos, independientemente de lo que el otro haya hecho. Reprobamos no sólo sus actos, sino también la manera en que esquivan su responsabilidad ante los hechos.
Pues éste es precisamente el panorama que tenemos en el Parlamento, lugar donde nos han enseñado que reside la soberanía popular. Es un modus operandi que por repetido se nos revela evidente como estrategia, pero, también por repetido, el pueblo ha interiorizado y por tanto normalizado, es decir, que sabemos a priori que la respuesta de un político cuando es cogido en falta, cuando no en flagrante ilegalidad, va a ser el consabido y tú más y el debajo de mi cama tengo una luz, todo lo que me digas eres tú y lo aceptamos como mal inevitable. Esta estrategia usada por el PSOE y el PP fundamentalmente tiene otro apoyo importante: el seguidismo ciego e irracional de los diputados del partido y de sus votantes acérrimos. Y ellos, los dirigentes, como es fácil y les da buenos resultados, siguen con su política pueril y ridícula.
Cuando a un político del PP se le pregunta por Bárcenas u otro de sus muchos casos de corrupción, contesta indefectiblemente hablando de los EE.RR.EE. de Andalucía; cuando se inquiere a uno del PSOE, responderá con el caso Gürtel. Si hablamos del paro, el problema será la herencia recibida, si hacen una reforma laboral inmoral y asfixiante, el otro partido también la hizo. Y mientras, el parado sigue en paro, el trabajador sigue perdiendo derechos, se siguen privatizando servicios públicos esenciales –para lo cual antes se han dictado normas que redunden en su mal funcionamiento-, se sigue permitiendo la deslocalización de empresas importantes y subvencionadas y los bancos –los máximos culpables de la crisis- se siguen yendo de rositas. Es como si se hubieran parado para pelearse a mitad del túnel y se hubiesen olvidado de buscar la luz.
En el sueldo de un político o de cualquier alto cargo se paga la responsabilidad que asume. Esto quiere decir que cuando las cosas salen mal, aunque no seas culpable de la situación, debes cuando menos presentar tu dimisión. No serás el culpable, pero sí el responsable de lo que ha sucedido. Así son las cosas y por ello ganas más dinero. Sin embargo, en este país, no muy ducho al parecer en actitudes democráticas, asumir la responsabilidad de un hecho que haya acaecido significa que eres culpable del mismo, y así serás juzgado por la prensa hostil. Dimitir es una prueba fehaciente de que estás implicado en un caso de corrupción y por ello el político se defiende como gato panza arriba y no dimite hasta que no está con el agua al cuello, argumentando en ese caso que son motivos personales, como Griñán, los que lo han llevado a ello. Es absurdo; uno debería dimitir como paso natural cuando él o su departamento están bajo sospechas fundadas, al margen de la calumnia y la difamación a la que nos tienen acostumbrados los políticos contrarios.
Los servidores públicos, dada su responsabilidad, deberían ser las personas más generosas con su tiempo y con sus actos, las mejor formadas y las superiores desde el punto de vista moral. Sin embargo, en ese mundo encontramos una mayoría aplastante de personas egoístas a las que lo único que interesa es su propio beneficio, el de su partido y el de sus amigos pudientes (que ya me caerá algo), gente que más que en su formación intelectual se ha esmerado en su saber estar y medrar en ese mundo despiadado e implacable que es la política, en el funambulismo de andar por la cuerda floja y subir y subir y no caer (aunque bien saben que si caen tendrán la red de otro cargo esperando), personas cuya altura moral no es superior a la de un hincha en un partido de fútbol, con su doble rasero y sus dos diferentes varas de medir de acuerdo con quien sea el imputado: si un caso de corrupción afecta a alguien de su partido, dirán que hable
Mientras tanto, el Pueblo observa estas peleas estériles atónito y desesperanzado con la descorazonadora certeza de que España se está yendo a pique y que esos de las recetas magistrales no sólo no saben ni freír un huevo, sino que además están envenenando nuestras depauperadas sopas.
Fernando Rivero