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Cuando seas padre - Prometeo Liberado

Publicado por Prometeo Liberado

Cuando seas padre

       Cuando era pequeño me gustaba ver una serie de televisión que narraba la vida de un niño encontrado por la tribu bantú. Al llegar a la adolescencia, Orzowei y sus amigos debían superar una prueba que me impresionó: antes de ser considerados adultos, tenían que demostrar su valor matando un león. Mientras tanto, seguirían siendo personitas a las órdenes de los mayores, a quienes debían respetar por el mero hecho de serlo.

         A nosotros no se nos exigía tanto, si bien el respeto a los mayores estaba socialmente fuera de cuestión, menos, eso sí, que el de nuestros padres hacia los suyos. Ahora me ruboriza pensar que en mi infantil inocencia creía que todos los adultos eran, por definición, interesantes e inteligentes, cualidades inherentes a la madurez. Terrible fue mi decepción cuando crecí y supe que eso no era cierto, que, como decía Facundo, el que es pendejo aquí lo es allá y no hará más que pendejadas.

         Una tarde cuando mi hijo contaba con dos o tres años, un borracho del barrio empezó a hacer payasadas para que los niños se rieran de él -no con él- y ellos hicieron lo propio. Reme y yo vimos en ese hecho una buena oportunidad para enseñarle que de una persona mayor jamás debía reírse y ninguno de nuestros hijos lo ha hecho jamás.

         No pocos padres de los últimos veinte o veinticinco años, no sé si por un equivocado concepto de la libertad, por desidia o por simple mal hacer, no han sabido o querido dotar a sus hijos de esa destreza social básica que es mantener una actitud de respeto hacia sus mayores o sus semejantes, lo que supone una lacra absoluta en sus relaciones personales.

         Lacra, porque desde el exclusivo punto de vista del individuo no le permitirá tener unas relaciones sanas con el resto, además de acarrearle serios problemas. Pero también se puede ver desde el punto de vista de los demás, que no tienen por qué aguantar la falta de educación ajena, por no decir la violencia verbal o de otra índole. Imagino que cuando el padre de un individuo así lo ve salir a la calle sabe el regalito que manda.

         Mientras escribo este artículo veo a Juan Diego quejarse en Los Santos Inocentes de que el Quirce, hijo de Paco el Bajo, no le aceptó veinte duros, y renegaba de una juventud que no tenía ya respeto por nada ni nadie, a ver si el padre no me los iba a aceptar, claro que sí, y bien agradecido que estaba, pero a éstos, a éstos les daba yo una guerra. Me quedé apesadumbrado pensando que me había vuelto un fascista como el Señorito Iván y que, vencido por la edad, había abrazado las ideas conservadoras. Pero el Señorito Iván no buscaba respeto, sino sumisión, ni era por su edad por lo que debía ser respetado, sino por su clase social, su alcurnia: ese niño dando limosnas a los criados por su cumpleaños y ellos felices y agradecidos ante tanta magnanimidad. No estoy hablando de eso. Me pregunto de cuándo no educar, no enseñar, ha sido una idea progresista.

        Tampoco estoy hablando de matar la rebeldía de los niños. De hecho, en el futuro les será más fácil ser rebeldes si han conseguido dominar ciertos impulsos y formas de expresarse. No hace falta ser autoritario para educar a tus hijos; creo, en efecto, que una buena conversación es mucho más productiva. Prefiero que mis hijos y mis alumnos teman mi decepción antes que mi castigo. Lo segundo para poco sirve, sobre todo a ciertas edades. No hay que ser autoritario, pero sí serio y constante, no un veleta para quien las cosas están bien o mal a conveniencia.

         Hay una frase ya gastada por las madres, que son las que suelen venir a los institutos, que me pone de mal humor: “porque si tal profesor quiere que lo respeten, él tendrá que respetar a los niños antes”. Uff, respiro antes de contestar. La respuesta es muy fácil: esa madre alguna voz le ha dado alguna vez a sus hijos, y hará mal en permitir la reciprocidad, simplemente porque no somos iguales y darle a un niño que está formándose el poder de llevar las riendas es muy malo para él. No, mi niño, no; cuando seas padre comerás huevos, y si me he equivocado o extralimitado, no tendré inconveniente en disculparme, pero la voz no me la levantas. Cierto es también que hay profesores –igual que padres- que son para echarles de comer aparte y que hay niños que se han criado en esa violencia verbal que ellos después transmiten. Por mi parte, no creo que el autoritarismo ni el desprecio sean la mejor opción. Para mí no son siquiera una opción. En general, siempre he tenido buena relación con mis alumnos pero en mi clase las riendas las llevo yo.

Recuerdo que en el CAP, magnífico curso que te capacitaba para ser profesor, en el que quiero pensar que alguna vez alguien aprendió algo, nos enseñaban que el profesor debía ser uno más de la clase, uno cuya misión era simplemente monitorizar el aprendizaje de los alumnos. De aquellos polvos vienen estos lodos. Muchos de los males que padecemos surgieron de esa simpleza, de esa bazofia de los teóricos sin tiza en las manos, porque, como dice Emilio Calatayud, el juez de menores de Granada, si un padre es colega de sus hijos, si lo es un profesor de sus alumnos, los están dejando sin padre y sin profesor, puesto que su papel es otro y muy distinto. ¡Cuántas sandeces de ese tipo hemos tenido que soportar en los últimos tiempos, cuánta demagogia barata! Si la estupidez es el precio que hay que pagar por ser moderno, cuán cara sale la modernidad, y cuán inútil.

Ahora, entre las diversas patologías y trastornos que presentan los alumnos, está el Trastorno Negativista Desafiante, al que antes llamábamos de otra manera. Se nos pide que tratemos a dichos alumnos con comprensión y benevolencia, que no nos enfrentemos. Para mí, más que psicológico, éste es un problema de falta de educación, de la adecuada guía por parte de padres y otros consentidores, y ya en la adolescencia es difícil de corregir. No va a ser la indulgencia el mejor tratamiento, sino más de lo mismo, ni seré yo quien lo aplique. Con respecto a esos padres, profesores, psicólogos, pedagogos, educadores y, en general, abogados de esa pedagogía de cortas miras, les recomiendo que lleguen ellos mismos a la madurez antes de emprender la ardua tarea de educar a un niño.

 Fernando Rivero 

         Cuando era pequeño me gustaba ver una serie de televisión que narraba la vida de un niño encontrado por la tribu bantú. Al llegar a la adolescencia, Orzowei y sus amigos debían superar una prueba que me impresionó: antes de ser considerados adultos, tenían que demostrar su valor matando un león. Mientras tanto, seguirían siendo personitas a las órdenes de los mayores, a quienes debían respetar por el mero hecho de serlo.

         A nosotros no se nos exigía tanto, si bien el respeto a los mayores estaba socialmente fuera de cuestión, menos, eso sí, que el de nuestros padres hacia los suyos. Ahora me ruboriza pensar que en mi infantil inocencia creía que todos los adultos eran, por definición, interesantes e inteligentes, cualidades inherentes a la madurez. Terrible fue mi decepción cuando crecí y supe que eso no era cierto, que, como decía Facundo, el que es pendejo aquí lo es allá y no hará más que pendejadas.

         Una tarde cuando mi hijo contaba con dos o tres años, un borracho del barrio empezó a hacer payasadas para que los niños se rieran de él -no con él- y éstos hicieron lo propio. Vi en ese hecho una buena oportunidad para enseñarle que de una persona mayor jamás debía reírse y ninguno de mis hijos lo ha hecho jamás.

         Muchos padres de los últimos veinte o veinticinco años, no sé si por un equivocado concepto de la libertad, por desidia o por simple mal hacer, no han sabido o querido dotar a sus hijos de esa destreza social básica que es mantener una actitud de respeto hacia sus mayores o sus semejantes, lo que supone una lacra absoluta en sus relaciones personales.

         Lacra porque desde el exclusivo punto de vista del individuo no le permitirá tener unas relaciones sanas con el resto, además de acarrearle serios problemas. Pero también se puede ver desde el punto de vista de los demás, que no tienen por qué aguantar la falta de educación ajena, por no decir la violencia verbal o de otra índole. Imagino que cuando el padre de un individuo así lo ve salir a la calle, sabe el regalito que manda.

         Mientras escribo este artículo veo a Juan Diego quejarse en Los Santos Inocentes de que el Quirce, hijo de Paco el Bajo, no le aceptó veinte duros, y renegaba de una juventud que no tenía ya respeto por nada ni nadie, a ver si el padre no me los iba a aceptar, claro que sí, y bien agradecido que estaba, pero a éstos, a éstos les daba yo una guerra. Me quedé apesadumbrado pensando que me había vuelto un fascista como el Señorito Iván y que, vencido por la edad, había abrazado las ideas conservadoras. Pero el Señorito Iván no buscaba respeto, sino sumisión, ni era por su edad por lo que se le debía respeto, sino por su clase social, ese niño dando limosnas a los criados por su cumpleaños y ellos felices y agradecidos ante tanta magnanimidad. No estoy hablando de eso. Me pregunto de cuándo no educar, no enseñar, ha sido una idea progresista.

         Tampoco estoy hablando de matar la rebeldía de los niños. De hecho, en el futuro les será más fácil ser rebeldes si han conseguido dominar ciertos impulsos y formas de expresarse. No hace falta ser autoritario para educar a tus hijos; creo, en efecto, que una buena conversación es mucho más productiva. Prefiero que mis hijos y mis alumnos teman mi decepción antes que mi castigo. Lo segundo para poco sirve, sobre todo a ciertas edades. No hay que ser autoritario, pero sí serio y constante, no un veleta para quien las cosas están bien o mal a conveniencia.

         Hay una frase ya gastada por las madres, que son las que suelen venir a los institutos, que me pone de mal humor: “porque si tal profesor quiere que le respeten, él tendrá que respetar a los niños antes”. Uff, respiro antes de contestar. La respuesta es muy fácil: esa madre alguna voz le ha dado alguna vez a sus hijos, y hará mal en permitir la reciprocidad, simplemente porque no somos iguales y darle a un niño que está formándose el poder de llevar las riendas es muy malo para él. No, mi niño, no; cuando seas padre comerás huevos, y si me he equivocado o extralimitado, no tendré inconveniente en disculparme, pero la voz no me la levantas. Cierto es también que hay profesores –igual que padres- que son para echarles de comer aparte y que hay niños que se han criado en esa violencia verbal que ellos después transmiten. Por mi parte, no creo que el autoritarismo ni el desprecio sean la mejor opción. Para mí no son siquiera una opción. En general, siempre he tenido buena relación con mis alumnos pero en mi clase las riendas las llevo yo.

Recuerdo que en el CAP, magnífico curso que te capacitaba para ser profesor en el que quiero pensar que alguna vez alguien aprendió algo, nos enseñaban que el profesor debía ser uno más de la clase, uno cuya misión era simplemente monitorizar el aprendizaje de los alumnos. De aquellos polvos vienen estos lodos. Muchos de los males que padecemos surgieron de esa simpleza, de esa bazofia de los teóricos sin tiza en las manos, porque, como dice Emilio Calatayud, el juez de menores de Granada, si un padre es colega de sus hijos, si lo es un profesor de sus alumnos, los están dejando sin padre y sin profesor, puesto que su papel es otro y muy distinto. ¡Cuántas sandeces de ese tipo hemos tenido que soportar en los últimos tiempos, cuánta demagogia barata! Si la estupidez es el precio que hay que pagar por ser moderno, cuán cara sale la modernidad, y cuán inútil.

Ahora, entre las diversas patologías y trastornos que presentan los alumnos, está el Trastorno Negativista Desafiante, al que antes llamábamos de otra manera. Se nos pide que tratemos a dichos alumnos con comprensión y benevolencia, que no nos enfrentemos. Para mí, más que psicológico, éste es un problema de falta de educación, de la adecuada guía por parte de padres y otros consentidores, y ya en la adolescencia es difícil de corregir. No va a ser la indulgencia el mejor tratamiento, sino más de lo mismo, ni seré yo quien lo aplique. Con respecto a esos padres, profesores, psicólogos, pedagogos, educadores y, en general, abogados de esa pedagogía de cortas miras, les recomiendo que lleguen ellos mismos a la madurez antes de emprender la ardua tarea de educar a un niño.

Fernando Rivero

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antonio 07/16/2013 18:54

Estimado Fernando : Como persona mayor que soy le entiendo perfectamente y como padre de un profesor y psicopedagogo tambien , ( te hablo de tu porque parece que en este medio hablar de usted suena mal ) En el aula la autoridad debe de ser el profesor , y este enseña , el niño es el alumno y escucha y trabaja y cuando tenga dudas que pregunte.
Un saludo de
Antonio Martinez

Luis 05/25/2013 20:15

¡Nando, pordiós, cuida esas formas de ironía, que por un momento me parecía que hablabas bien del C.A.P.!